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Crimen pasional

“Historias del abuelo Miguel” por Miguel Ángel Pérez Oca.

No la puedo soportar. Se pasa el día mirando a mi chico y, lo que es peor, mi chico le corresponde. No puedo sufrir cómo la acaricia y como ella se agita conmovida por sus carantoñas. Siempre están juntos, en el sofá ante la tele, en la terraza, en verano, o en la alfombra frente a la chimenea, en invierno. Y yo me tengo que resignar y callarme, por miedo a que él se ría de mí y me acuse de celosa y de absurda. Cuando él se levanta y se va a la cocina o a su despacho, a ella le falta tiempo para acompañarlo y participar en sus correrías por la nevera o en sus aventuras informáticas.

Qué más quisiera yo que él me dedicara a mí la mitad de deferencias que a ella. Cómo la odio, cómo la desprecio. Además, ella me ignora olímpicamente, como si no existiera, como si yo no fuera la señora de la casa. Nunca me ha tenido en cuenta ni me ha mostrado el más mínimo interés. Para ella, solo él habita en la casa, y a él dedica todo su cariño. No la puedo aguantar. En lo más profundo de mi interior va creciendo, poco a poco, un impulso asesino, un ansia de destruir a quien me arrebata el cariño de mi pareja. Y no sé si seré capaz de contenerme y no hacer una barbaridad…

Ahora estamos las dos solas en la casa. Él se ha marchado a sus cosas y yo intento leer para pasar el rato. Ella ni siquiera se ha fijado en mí. Si al menos intentase alguna clase de acercamiento, un gesto amable, pero nada, ni se molesta en mirarme con displicencia. Me ha dado la espalda y se asoma a la ventana abierta a la calle. Por lo visto, lo que ocurre fuera es más interesante que yo.

Parece como si el diablo que todos llevamos dentro me tentase con palabras elocuentes:

-Esta es tu oportunidad, tonta, él no está y ella se encuentra distraída. Empújala ahora, y que se rompa la crisma contra las baldosas de la acera. Ahora puedes librarte de ella para siempre.

Me levanto con mucha cautela, tratando de no hacer ruido. Ella sigue asomada a la ventana, confiada en su impunidad, quizá anhelando el retorno de él, para que la acaricie y la llene de mimos. Sé que si la toco, se apartará, desdeñosa, rehuyendo mi presencia. Así que el empellón ha de ser repentino, inesperado. Y así lo hago, la empujo sin compasión y con todas  mis fuerzas, y la veo caer a la calle desde la mortal altura de un tercer piso. La veo retorcerse en el aire, lanzar un alarido de terror…

Pero, al llegar al suelo, sus cuatro nervudas patitas han sabido aminorar el impacto como si fueran cuatro resortes de acero, ha rebotado como una pelota y ha salido corriendo callejón arriba, bufando y mirándome desde abajo con un odio infinito. Así que no he conseguido acabar con ella. Ya se sabe que los gatos tienen siete vidas.

Publicado el 22 de junio de 2022
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