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El aprendiz del Maestro Lippershey

“Eureka” por Miguel Ángel Pérez Oca.

El aprendiz se había quedado solo en el taller. El maestro, como solía hacer todas las mañanas, había salido a la taberna a trasegar una buena jarra de cerveza.

El chico no sentía una especial inclinación por el trabajo de su maestro. Si era su aprendiz fue porque su padre lo había llevado de la oreja y lo había puesto bajo su mandato, a ver si hacía de él un hombre de provecho. Que no soportaba verlo en casa haraganeando.

-Ya ves - se decía el chico -, siempre puliendo vidrios hasta convertirlos en lentes, para después ponerlos en una montura y convertirlos en unas gafas que ayuden a los burgueses de la ciudad a leer los contratos o escudriñar las mercancías que compren…

Cogió una lente y contempló a su través el tejido de su camisa. La urdimbre se le manifestaba como si los hilos de lino fueran maromas de barco. Qué prodigio, pensó. ¿Y si lo miraba a través de dos lentes? Y se puso a jugar con las que estaban depositadas cuidadosamente sobre un lienzo en el mostrador.

-Miremos a través de una cóncava y una convexa - y con una lente en cada mano, puesta una delante de otra, intentaba mirar algún objeto cercano, cuando, de repente, lanzó un grito de terror, al mostrársele la cabeza enorme de un tigre a través de los dos cristales, que casi se le caen de las manos. Y al apartar las lentes, vio a Peluso, el gato del taller, que se lamía las patas sobre el tejado de la casa.

En eso entró el maestro.

- ¡Te he dicho mil veces que no quiero que juegues con las lentes! - le gritó, mientras alzaba la mano para propinarle una buena bofetada.

-¡Ay, patrón, no me pegue, que he descubierto una cosa muy importante! - se excusó el mozalbete, buscando el indulto. Y le explico su experiencia con el gato y las  lentes.

Pero el bofetón le cayó inapelable.

-Hala, vete a tu casa y no vuelvas hasta mañana - le dijo el amo -. Esta semana no te pagaré el jornal.

Cuando se fue el aprendiz, el maestro Lippershey se puso a hacer pruebas con las dos lentes y acabó fijándolas a los extremos de un tubo de cartón. Días después patentaba el primer telescopio de la Historia, que vendería al gobierno holandés como nuevo artilugio náutico y militar. Se hizo de oro y siguió dándole cachetes a su aprendiz, que nunca llegaría a ser óptico.

Solo un año más tarde, un profesor de la Universidad de Padua, llamado Galileo, vio un catalejo de Lippershey en manos de un capitán, en el puerto de Venecia, y lo mejoró consiguiendo un telescopio de 30 aumentos. Y en vez de mirar al horizonte para vislumbrar barcos enemigos, alzó su mirada hacia la Luna y descubrió que tenía montañas, y que Venus tenía fases como la Luna, y que alrededor de Júpiter pululaban cuatro satélites, y fundó así la Astronomía moderna.

Publicado el 9 de marzo de 2022
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