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El cachorro

“Eureka” por Miguel Ángel Pérez Oca.

El joven Alvan Graham Clark se llamaba como su padre, el famoso constructor de telescopios refractores Alvan Clark que, en 1895, construiría el refractor más grande jamás construido, el instalado en el observatorio de Yerkes, de 102 centímetros de diámetro, todavía en uso en la actualidad. La dificultad de construir telescopios refractores muy grandes estriba en que la lente del objetivo tiene que ser de un vidrio muy transparente y grueso, que resulta muy pesado y se deforma al estar sujeto solo por los bordes, produciendo aberraciones muy difíciles de corregir.

Pero no nos adelantemos a la Historia. Todavía para los Clark era 1862 y estaban probando un telescopio que iba a ser el de mayor diámetro de los Estados Unidos. El joven Clark observaba las estrellas para comprobar que la enorme lente no producía aberraciones. Había enfocado a Sirio.

-Vaya, papá, creo que esta lente tiene un defecto. Produce una aberración.

-¿Qué me dices? ¿Qué clase de aberración? – le interrogó, alarmado, Clark padre.

-Pues… es una especie de puntito a la izquierda de Sirio.

-¿Has comprobado si se produce también en otras estrellas? Mira Betelgeuse, o Rigel… A ver si ese puntito es la secundaria que ha supuesto Bessel por el balanceo de Sirio y se trata de una estrella muy pequeña.

-Pero ese puntito es demasiado pequeño para ser una estrella.

-Tú mira Betelgeuse.

Y el joven enfocó la constelación de Orión y subió hasta el hombro izquierdo del personaje mitológico, la gigante roja que llamamos Betelgeuse.

-Pues, no, con Betelgeuse no se ve la aberración… ni con Rigel, que tiene su secundaria, la de siempre, pero no el puntito que veo en Sirio.

-¡Porque no es una aberración, tontaina! ¡Acabas de descubrir Sirio B, el “Cachorro”, la secundaria de Sirio!

-Pero, ¿cómo es tan pequeñita?

Era tan pequeñita porque Alvan Graham Clark había descubierto, por casualidad,  la primera enana blanca de la Historia. Una enana blanca es el rescoldo de una estrella pequeña, como nuestro Sol, después de haber agotado su combustión nuclear del hidrógeno, que se fusiona para convertirse en helio. El núcleo de la estrella se apaga porque su masa, al no tener suficiente fuerza de gravedad, no permite nuevas combustiones de elementos más pesados, y lo que queda es un rescoldo muy caliente y minúsculo, del tamaño de un planeta, que antes ha expulsado sus capas exteriores en lo que se conoce como nebulosa planetaria. Si la estrella fuera mucho más grande, el resultado sería una explosión de supernova, cuyo rescoldo sería una estrella de neutrones, con una densidad millones de veces superior a la materia ordinaria (una cucharada de esa clase de cuerpo pesaría más que todas las montañas de la provincia de Alicante), y si aún fuera más grande, produciría un agujero negro, cuya fuerza de gravedad impondría una velocidad de escape superior a la velocidad de la luz. Nada puede escapar de un agujero negro.

Pero todo esto no lo sabían los Clark, ni nadie, en el siglo XIX.

Publicado el 24 de mayo de 2022
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