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El éter y la nada

“Eureka” por Miguel Ángel Pérez Oca.

          Alberto era un tipo gracioso, con su pelo alborotado, su gran bigote, sus ojillos pícaros y su constante sonrisa irónica. Siempre vestía el mismo traje gris y jamás llevaba calcetines. Distraído y ensimismado, salvo cuando se trataba de admirar a una mujer hermosa, se pasaba las horas, en las que había poco trabajo en la oficina, leyendo revistas científicas alemanas y tomando tazas y más tazas de café, que el portero le subía desde la cafetería de la esquina.

          Aquella tarde interminable, Alberto permanecía sumido en la lectura de un artículo que, por lo visto, le interesaba sobremanera, mientras tomaba notas y desarrollaba fórmulas en una servilleta de papel.

          -¡Eureka! – gritó de pronto, sobresaltándome hasta el punto de que se me cayó la probeta que sostenía en la mano derecha.

          -¿Qué te pasa, amigo? Pareces Arquímedes.

          -Es que lo soy, Giuseppe, lo soy. Acabo de descubrir que el éter no existe.

          -¿Qué éter? ¿El etílico, el quinto elemento de los clásicos…?

          -No. El éter físico, el medio por el que se supone se propagan las ondas de la luz – me respondió solemne, mientras se rascaba nerviosamente su nariz semítica.

          Y ante mi divertido asombro, desarrolló, seguramente por primera vez en la Historia, su teoría que había de cambiar para siempre los principios de la ciencia moderna.

          -Han vuelto a repetir el experimento de Michelson y Morley, esta vez con un interferómetro de 32 metros de recorrido, y da los mismos resultados que en 1887. Es decir, no da resultado alguno. Vaya la luz en la dirección que vaya, su velocidad es la misma, 299.792 kilómetros por segundo. Es como si el aparato, que han instalado en Cleveland, estuviera inmóvil en medio del espacio vacío, a pesar de que nuestro planeta viaja a 107.000 kilómetros por hora alrededor del Sol y a más de 1.000 alrededor de su eje, en la latitud del laboratorio. O sea: la velocidad de la luz es un valor absoluto. Siempre es la misma, independientemente de la velocidad de la fuente emisora, pero también del receptor. Así que… ¡no existe el éter…! Aunque, Giuseppe, ¡eso no es todo! Si esa velocidad es absoluta en todo el Universo, como proponía Galileo para el tiempo, debe ser el tiempo el que es relativo… Si viajásemos por el espacio a bordo de dos balas de cañón a velocidades distintas, mi tiempo y el tuyo no serían el mismo. ¿Me entiendes, amigo?

          -Pues no sé, Alberto… - le contesté desconcertado – Yo solo soy un pobre estudiante de Química.

          -No me llames Alberto; me llamo Albert, Albert Einstein, y aunque trabajo de modesto empleado en esta Oficina de Patentes de Berna, soy doctor en Física.

          -Bueno – me excusé –. Yo soy de Lugano, y mi lengua es la italiana. Así que tú, maldito sabihondo, para mí te llamas Alberto y eres un genio o un loco. No sabría decirte.

          Y los dos nos echamos a reír.

          Cuando ahora veo su imagen en las enciclopedias ya sé que era las dos cosas.

Publicado el 23 de febrero de 2022
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