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El gato

“Notas de lluvia” por Aysha Singing In The Rain.

Y a los buenos días, gentecilla de las redes. Como os decía la semana pasada en particular y os recuerdo a menudo en general, la magia nunca debe perderse. Y, para mí, una de las cosas más mágicas de la vida es la posibilidad de seguir haciendo descubrimientos hasta que doblas la servilleta (expresión jovial para referirnos al triste hecho de abandonar este mundo). Creo firmemente que parte de la chispa de la vida radica en la capacidad de sorprenderse. Y yo me sorprendí en 2020 conociendo el que, hasta la fecha, ha sido mi amor más intenso. Vuelvo a llamar a Pablo López (por si no quedó claro hasta qué punto le adoro) para que os lo cuente.

 

<<Mi gato no tiene la culpa de tu cobardía,

no tiene complejo de psicoanalista;

no temas sus ojos ni sus siete vidas.

 

 

Brillante, camina despacio y esquiva gigantes.

De extraña mirada, de salto elegante.

Pequeño vestigio de fiera salvaje.

 

 

Mi gato no quiere septiembres que engañen al mundo,

no ahonda ciudades en comas profundos,

no entiende de rabia, no mata por gusto.

 

 

Por eso déjalo, no mendiga caricias, no precisa mi amor.

Sabe de mi arañazo, de mi boca felina.

 

Yo te engaño; te robo los días; te ensucio las manos;

me escondo y me pierdo; me vuelvo un extraño sin alma, culpable, que huye del sol.

 

 

Defendí tu vergüenza en los bares,

dormí en los portales,

pise los pedazos de tu corazón…

Mi gato es mucho mejor persona que yo>>.

 

Supongo que ya habréis deducido que soy una extraña mujer en deuda con su niña interior. Porque la miré a los ojos hace un tiempo y me dolió sobremanera su decepción y su tristeza. Mi niña interior fue una hija única que se sentía sola y que fue sepultando muchas cosas chulas para las que venía diseñada. Así que, tras salir del confinamiento, decidí hacerle, sin saberlo, el mejor regalo de su vida: un precioso gato negro llamado Trece. Y tan feliz la hice a ella y tan agradecida le estuve a él, que, ocho meses después, les regalé a ambos un encantador gatito blanco al que llamamos Shure. Buscadlos en mis redes, os van a encantar.

Me crie escuchando que tener animales era una guarrada y, como tantas otras cosas, lo asumí como mío. Pero no sabéis cuánto me alegro de haber cambiado de parecer. Y es que, cuando adoptas un gato, lo haces por salvar una vida pero, con el tiempo, te das cuenta de que no ha sido la suya, sino la tuya propia. Porque empiezas a ver lo que es el cariño sincero, despojado de los malos hábitos emocionales que tenemos las personas.

Y supongo que eso pasará con los demás animales pero, sinceramente, la elegancia del gato, a todos los niveles, no tiene parangón. Además, como dice aquí Pablo, no mendiga nada. Es un afecto equilibrado, sin necesidad, solo por placer. Corre por ahí el falso rumor de que los gatos son ariscos o convenidos. Pero creo que, en realidad, lo que ocurre es que hay que tener un carácter especial a la altura del suyo, para saber transmitirles el amor en su idioma y que ellos te premien con el suyo. ¿Para qué creíais que eran esos ojos tan increíbles sino? Pues para ver lo que de verdad importa y hablar sin palabras.

Así que hoy me despido con una reflexión a modo de bala: creo que ningún niño debería crecer sin hermanos y/o gatos.

Buenos y felinos días.

Publicado el 28 de abril de 2022
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