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El jefe de la tribu - Victor López

Reseña realizada por Begoña Curiel.

El periodismo de Manu Leguineche está muerto. Puede haber excepciones pero la certeza ratificada una vez más con El jefe de la tribu no rebaja la frustración. Las entrevistas y la documentación hacen del libro una travesía profesional y personal, entre el testimonio y la novela, de un grande del oficio.

El vizcaíno huyó de los focos que tanto adora el periodista-estrella de nuestros días queriendo ser protagonista de sus propias narraciones. O sea, lo más antiperiodístico y a la vez patético en esta profesión a la que se puede querer y odiar a la vez. Hay innumerables razones para defender el amor y el rechazo que por este mundo, especialmente el del reporterismo, se puede sentir.

El trabajo de Víctor López consigue remover ambos sentimientos, por separado y mezclados a quienes aún tenemos la suerte de ejercerlo. Pero no tiene por qué ser este libro sólo para los del oficio. Cualquiera, desde el más escéptico, desencantado, cabreado pero también el enamorado, admirador y curioso puede aprender y mucho con El jefe de la tribu.

Desconocía la faceta de empresario de Leguineche, cómo luchó por mantenerse en su sitio dentro de la selva mediática. Y eso que entonces no imperaba el universo de internet y las nuevas tecnologías que tanto han cambiado (para bien y para mal) las múltiples maneras de informar.

Leguineche formó parte de esa tribu en la que consiguió la “jefatura” por méritos propios dentro del colectivo de informadores que se la jugaron (con los medios de antes) no sólo en la guerra de Vietnam (en la que el reportero cosechó gran parte de su prestigio) sino en otros conflictos bélicos, esquivando muerte y locura.

Había que ser y tener una pasta especial para pisar esa “calle” donde otros también se la siguen jugando por dos duros, invisibles, ninguneados por explotadores, trajeados o no, que no salen del despacho y viven la realidad desde sus teléfonos y aparatos inteligentes.  Hasta Leguineche, por lo menos, tuvo la suerte del reconocimiento del mundo del periodismo. Todo tiene su cara y su cruz.

Conocer su doble rol de currito y jefe que lo hizo merecedor de tanto cariño y admiración –por si fuera poco su ejemplo de periodismo y la batalla por mantener su forma de entenderlo. En realidad de vivirlo– es una de las cosas que más me ha fascinado del libro.

También, me he quedado boquiabierta con la increíble, insólita aventura de la Trans World Expedition. Un recorrido loco por el mundo topándose con guerras e historias junto a otros periodistas que derivó en El camino más corto de Leguineche, una de sus muchas publicaciones donde relató, narró, describió su profesión que en realidad era una forma de vida con todas las consecuencias. Te puede gustar el periodismo, puedes trabajar en ello, pero esto es otra cosa. Son “titulares mayores”.

Víctor López nos remite también a su infancia, como si de alguna forma fuera el origen de la evolución personal y profesional de Leguineche. Se fue pronto de casa aunque no hubiese carencias. Cuenta o da a entender que el vuelo temprano del nido estaba relacionado con la falta de cariño (que el propio Leguineche mencionaba) y una mala relación con el padre. Aún así, está claro que volar y no parar era la esencia de Leguineche hasta que se lo impidió la enfermedad.

Impresiona su retiro progresivo en Brihuega, rodeado de naturaleza, papeles, un reducido número de vecinos y algunas visitas. La escapada del mundanal ruido al principio voluntaria, dio paso a la imposición de sus dolencias. Supongo que su fortaleza personal serviría para mantenerse entero y asumir la nueva etapa obligada hasta el final de sus días pero resulta duro sentir a lo largo de la lectura cómo se apagaba semejante faro de vitalidad.

Publicado el 2 de noviembre de 2022
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