Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content

El monje horticultor

“Eureka” por Miguel Ángel Pérez Oca.

          El orondo obispo se pavoneaba ante los monjes y les daba a besar su anillo episcopal.

          -Qué gran honor significa para este modesto monasterio la visita de Su Ilustrísima.

          Y el hombre gordo y presumido simulaba una falsa modestia adoptando un gesto condescendiente.

          -El honor es mío, señor abad. Hace meses que deseaba visitar estas instalaciones donde eminentes sabios y doctores en Teología y Literatura antigua desarrollan sus valiosos estudios.

          -No solo hay doctores en Teología y Literatura clásica, Ilustrísima, también hay estudiosos de las Ciencias Naturales – terciaba el abad, conduciendo a su huésped hacia los campos donde los frailes hortelanos trabajaban bajo el sol.

          -Y esto que me muestra, abad, ¿son jardines?

          -No del todo, Ilustrísima – contestó enigmático el abad -. Alguno de estos campos es más un laboratorio que un jardín. Mire, estos hermanos cultivan cereales, en busca de la variedad que dé las mejores harinas para hacer pan.

          -Interesante – comentó el obispo, reposando sus manos blancas y enjoyadas, entrelazadas sobre su prominente vientre de varón bien alimentado.

          -Y allá al fondo, tenemos a nuestro sabio.

          - ¿Aquel hortelano de las gafas que se inclina sobre las matas es un sabio? – preguntó, incrédulo, el prelado.

          -Ese es nuestro hermano, el eminente padre Gregorio Mendel.

          - ¿Y que cultiva con tanto esmero?

          -Cultiva guisantes, Ilustrísima.

          Y el gordo agitó su vientre en una serie de carcajadas contenidas.

          - ¿Y dice usted que es un sabio que cultiva guisantes? Ja, ja, ja…

          -No solo los cultiva, cruza especies diversas, y anota los resultados, en busca de las leyes de la herencia. El llama a su ciencia Genética.

          - ¿Y llama usted sabio a uno que pierde el tiempo observando guisantes? ¿Acaso busca producir los guisantes más grandes y sabrosos, como hacen sus compañeros con los cereales?

          -Oh, no, Ilustrísima. Lo que él quiere averiguar son las leyes que rigen la herencia y que también nos conciernen a nosotros, los seres humanos. El parecido de un hijo con sus progenitores, según dice el padre Mendel, obedece a unas leyes que se pueden investigar. Hay guisantes que nacen con un color o con una textura determinadas y al cruzarse con otros de distintas características dan como resultado una apariencia que obedece a que en la herencia se manifiestan caracteres que, unos son dominantes y otros recesivos, y que conforman al nuevo individuo, tanto en los vegetales, como en los animales y las personas…

          - ¡Qué tontería! Cada cual tiene la apariencia que Dios dispuso. Vaya pérdida de tiempo – comentó el obispo ante el enojo disimulado del abad.

          -Vamos – ordenó el prelado gordo -, no desperdiciemos la visita y enséñeme el templo y sus famosas tallas, obra de artistas eminentes.

          Y los dos regresaron al interior del edificio, el hombre gordo con pasos prepotentes y mirada engreída en su cabeza vacía, el otro encogido y enfadado por su imprudencia al mostrar quien no debía ante quien no sabía.

          -Como guste Su Ilustrísima. Esta abadía es muy rica en ciencia, pero en arte deja bastante que desear.

Publicado el 1 de febrero de 2022
Entrada relacionada con

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

crossmenuchevron-down