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El teatro hindú. 1ª parte.

Antes de Grecia II - Asia Meridional

“Teatro de Guardia” por Carmen De Arriba Muñoz.

¡Mis queridos durmientes! Tras esta larga y yerma ausencia, me complace devolverles a estos lares de la escena, que tanto alivian a un cohibido calendario de amilanadas fechas, de caricias prisioneras, de prófugos abrazos y besos exiliados, que mudos aguardan esa paz que no llega. Un novato y combativo anuario, que al repique de la última campana irrumpió a medianoche ante la Puerta del Sol, para tomar el espinoso testigo de su consumido y viejo hermano.

Mucho hemos vivido desde aquél día de Marzo, en el que se redujo nuestro espacio y aumentaron nuestros miedos. Mucho lo temido, lo ignorado y también lo aprendido. Hoy sabemos que el único futuro habita en las aristas de un instante, que el presente es más intenso y quebradizo de lo que nunca pensamos, que se puede estar hambriento de sol, de piel, de libertad o de un fugaz paseo bajo un cielo raso. ¿Quién lo iba a presagiar, siquiera en nuestros peores sueños? Quizá sea cierto que la realidad supera a la ficción y acaba siempre sorprendiéndonos. Menos mal, que hay quien tilda a este 2022, como de amable y portador de grandes cambios. Así lo afirma la numerología y no seré yo, quien contradiga a una madre las virtudes de su hijo.

Ruego me disculpen si me evado o desvarío, pero tiene tanto que contarles este lado de mi alma, que me enredo en reflexiones y olvido el cometido de este nuevo encuentro: Volar hacia los Alpes y los Cárpatos; los Balcanes y el Caúcaso; el Arábigo, el Índico y la Bahía de Bengala. Un viaje al corazón de los sentidos, que aún sin pretender, habrá de retar a uno de los cien mil refranes de nuestra insigne lengua castellana; uno que de cierto, habrán citado ustedes en más de una ocasión:

Segundas partes nunca fueron buenas”

Esta desalentadora sentencia, es la que aún a costa de caer ante el diestro refranero, me propongo desafiar para probar que sin embargo, sí pueden serlo. Si este duelo venzo, yo obtendré su beneplácito y ustedes a cambio, el resto de un mapa que por linde o cercanía, hermana con la madre y soberana de todas las murallas: China, nuestro anterior destino.

De Norte a Sur y de Este a Oeste, abrirán complacidas sus fronteras en La India, Nepal, Tailandia, Vietnam e incluso en Indonesia y Sri Lanka; pues aún separadas algunas de la gran nación central, todas son hijas del más vasto y poblado continente de esta tierra, Asia. A ellas, debemos en parte la arquitectura narrativa de nuestro tiempo, construida sobre los cimientos de un antiguo verbo; el de nuestros antepasados.

No olvidemos, que la idea de contar historias surge mucho antes de la oralidad o la escritura. Emerge del primer esbozo en las cavernas, de la comunión del fuego y de la tribu, del rito del chamán y de la representación imaginativa como antídoto contra la muerte y amuleto de vida. Así ha sido desde el comienzo de los tiempos y así será, por los siglos venideros. La figuración escénica forma parte de nuestra existencia y por ende, también de nuestro pensamiento. Ella puso en nuestros labios la palabra; la primera, la que dio origen a todas las demás y confirió a nuestra especie la más poderosa de las armas: el habla. Fue así, como nos arrancó del silencio y nos subió al pedestal del lenguaje y de la comunicación. Justo es que ahora, reemprendamos ese camino a la inversa en busca de los modelos incipientes, precursores del Teatro. Un Arte, que como dije alguna vez, se institucionaliza y asienta en Grecia; pero que quizá, cohabita e incluso germina, mucho antes y muy lejos de allí…

En esta ocasión y ante la complejidad histórica del subcontinente -acervo de tan dispares creencias y tradiciones, de sucesivos imperios y dominios coloniales-; dividiré esta entrega en cuatro grandes bloques, a fin de segmentar la información y no saturar al lector o lectora. Esto permitirá por un lado, abordar la interculturalidad de una nación, que no es una sola, sino la suma de sus múltiples comunidades y culturas; por otro, conocer la trascendencia del ritualismo brahmánico en el nacimiento del drama sánscrito; en tercer lugar, contextualizar la aparición del teatro poscolonial y su influencia en la producción del moderno y más contemporáneo y por último, presentar el primer gran tratado poético de las artes escénicas, legado imperecedero de la antigüedad; ya-śāstra. Un libro fundacional, sobre dramaturgia, escenografía, danza y música hindú; imprescindible para comprender la formación y solidez de una identidad artística tan extraordinaria como única en el mundo. No obstante, para quienes deseen profundizar y deleitarse en tan vertiginosa materia, existen al respecto numerosos ensayos e investigaciones que, como guía de curiosos y profanos, son dignas fuentes de consulta.

Así es la India. Imposible de conmensurar en las páginas de un libro; enigmática para estudiantes y académicos; sagrada para quienes la rezan; idílica para quienes la viven; eterna para quienes la sueñan. La teoría, el cine o las letras, son sólo una aproximación a su vasta amplitud cultural. Sólo ella puede mostrar su grandeza a través de la palabra. Cuando La India habla, el mundo calla para escuchar las voces del pasado.

Alcemos pues el vuelo y dejemos a estos vientos que nos mezan hacia el Este. Amables y mansos, posarán nuestros pies cuando avisten desde el cielo… esta inmensa tierra.

 

La India

P.S.No olviden añadir a su álbum una imagen de este mágico lugar.

 

 INTRODUCCIÓN

     … «Ayer tarde me preguntabas lo que la India podría enseñaros a vosotros, los occidentales. Mi amigo Surendranath, que es tu profesor y el gran filósofo de Bengala, te lo podía haber explicado mejor. ¿Por qué me lo preguntas a mí? Y, sobretodo, ¿por qué me lo preguntas estando un filósofo delante? Amigo mío, yo no soy más que un poeta pero un poeta indio. No puedo darte ni un sistema ni explicaciones. Pero sí puedo decirte algo que los filósofos no sabrían decirte: cómo vivir ycómo oponerse a la muerte, al agotamiento, al dogmatismo, a lo definitivo, a la rigidez del espíritu.La India puede descubrirle a Europa no una verdad sino una vía, y esa vía la estamos recorriendo nosotros aquí, en la India, desde hace cuatro mil años.

      … Puede enseñaros que la vida espiritual (¡ah, qué hueca y traidora es esa palabra! Pero tú ya sabes lo que entendemos os indios por vida espiritual) es alegría, es goce y danza, unas veces desenfrenada y salvaje, como las lluvias de Bengala, y otras serena y elevada, como las cumbres del Himalaya. La vida espiritual es inocencia y libertad, drama y éxtasis. Nuestra danza no es estética, tal vez ni siquiera sea hermosa, quién sabe, ¿pero has sentido su ritmo, has captado el estremecimiento de armonía cósmica que expresa extáticamente el danzarín en un movimiento cuyo misterio es impenetrable pero cuyo efecto en nuestra vida es enorme? Así es nuestra vida espiritual.

      «¡Oh, Europa! Con sus fábricas, con el Molok de su civilización. Vosotros, los europeos, sois cada uno una fábrica. Cualquiera diría que vuestro trabajo es una maldición. El nuestro es alegría, libertad, juego, es decir, creación. Esto todavía no se conoce en Europa. Allí el trabajo es crispación y sufrimiento.

      Vosotros creéis que la verdad es siempre solemne, que la alegría es frívola y que la danza y el canto son incompatibles con la educación científica. Errores puritanos que todavía perduran después de muerto el puritanismo. Para mí, todos esos aspectos se ensamblan entre sí, pues cada uno expresa el ritmo y la alegría de la vida, la diosa que canta y llora en cada gota de rocío, en cada brizna de hierba, en cada pensamiento y acción de nuestra vida. Eso es lo que puede enseñar la India a vuestra humanidad: que el primero y el último de los deberes es la realización consigo mismo, y eso se traduce en alegría, danza y éxtasis. »

 Rabindranath Tagore

Encuentro con Mircea Eliade en Shantiniketan, marzo de 1930

(Mircea Eliade “La India”Ed.Herder. Barcelona 1997, págs. 217 – 218.)

 

 

En este breve pero categórico fragmento, la voz del gran poeta bengalí; retratista de la sencillez y del mundo corriente, heredero de la filosofía, de la música de la pedagogía y la dramaturgia, laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1913; dibuja con precisión, la naturaleza de un pueblo que ajeno al tiempo y a la modernidad, no concibe el arte y la cultura, sino desde un plano orgánico y holístico de cuantos factores humanos y sociales conforman el vasto entramado de la vida.

Sumergirnos en la exuberancia y color de sus acentos, permitirá completar el imperfecto escenario de humanidad. Dicho de otro modo, sin La India, resultaría imposible componer el mapa sensitivo que traza nuestra mente al contemplar un cuadro o escultura, una función, un film, un paisaje o incluso, al escuchar un cuento en los labios de una madre justo antes de dormir. Emociones que creemos sólo nuestras, pero que sin embargo, según el propio Peter Brook, Orghast, (1971), subyacen en la existencia de un lenguaje icónico-gestual, que como especie de inconsciente colectivo, ha permanecido en la memoria de la psique humana, inalterable a los condicionamientos geográficos, sociales, políticos y culturales. La revelación simbólica, se manifiesta mediante un código de sonidos y de gestos que provocan en aquellos que la viven, es decir, del espectador, una análoga y pareja reacción. Podríamos decir, que existe una lengua universal de la belleza y del arte, capaz de abarcar todo el substrato de nuestro intelecto. Comprender esto, es aceptar que nosotros no fuimos los primeros, y que del sonido de sus ecos, proviene nuestra voz.

En esta línea de pensamiento, para ciertos teóricos como Eugenio Barba o Richard Schechner, la convergencia entre la antropología social, cultural, y el teatro, es una realidad incuestionable. Tanto para Oriente como para Occidente, la base del entendimiento artístico nace de la presencia primigenia de un lenguaje pre-expresivo ligado a los orígenes perdidos del rito y de la representación; de ahí, nuestra necesidad de regresar a las fuentes una y otra vez, en busca de la primera semilla; del génesis actoral.

En cierta manera, la conciencia de este lado del planeta ha forjado el mito de los teatros asiáticos, como paradigma de un estilo depurado que sirvió de inspiración al teatro europeo; aunque indefectiblemente, el prejuicio hegemónico de éste último haya mantenido durante siglos su convicción de superioridad cultural sobre cualquier otro modelo de entusiasmo artístico orientalizante; un recelo eurocentrista, que vedó durante siglos sus prolíficos efectos sin comprender que en realidad, la hibridación cultural no es enemiga del particularismo, no imposibilita la preservación de lo propio ante la amenaza de lo externo; muy por el contrario, este intercambio proyecta nuestra mirada y la del otro, sobre un espejo de reconocimiento y universalidad. Por ello, debemos hablar de los "teatros orientales", del hindú, como es el caso, sin sustraernos a las diferencias de naturaleza histórica, religiosa, estética o social que, en contraposición con el teatro clásico europeo, difícilmente pueden generalizarse en los fundamentos de este arte.

La iluminación que el faro de Oriente ha proyectado en el marco de las artes escénicas, ha provocado un elevado interés por parte de Occidente, hacia los modelos originarios de India, China o Japón, durante los siglos XIX y XX. Este curiosidad, tan estrechamente vinculada a este lenguaje gestual y al arquetipo de actor entregado sin censura a sus emociones; nace en opinión de algunos de los más notables investigadores, directores y teóricos del teatro, como Brecht, Eisenstein, Yeats o Robert Wilson, de la necesidad de derribar ciertos moldes de nuestra cultura, en pro de nuevas formas de reinterpretación artísticas, hasta el punto de convertirse en el motor productivo de un nuevo y fusionado género; el teatro intercultural. Muchos fueron los autores impregnados por la estética y profundidad de este arte. De hecho, para el gran Antonin Artaud, este modelo ejemplifica la verdadera naturaleza de la representación teatral, como fiel exponente del lenguaje gesticular y del prototipo de actor entregado a sus conflictos, a sus anhelos y a sus más oscuras pasiones.

Así es esta gran península del tiempo; hija del color y las especias, del algodón y la seda, del sincretismo y la espiritualidad; capaz de asimilar y convertir las influencias externas en algo genuinamente indio. Así, su historia, determinada por su enorme geografía y franqueada por poderosas defensas naturales, que en el corazón de las fértiles llanuras del Indo y del Ganges, mantienen sin descanso el latido de una de las más antiguas e impulsoras civilizaciones de la humanidad.

Su caprichoso lienzo de dogmas, pensamientos, tradiciones y costumbres no es obra de un pigmento absoluto y monolítico, sino de la heterogeneidad más pura e integradora de cuantos valores sociales, filosóficos y espirituales confluyen en este paño de ecuménicas proporciones. Estos son los pinceles que tiñen sus hilos de infinitas realidades y éstas, las doctrinas que bien desde las -dhármicas o primigenias a las modernas o extranjeras, conforman las ramas de este árbol milenario convertido hoy, en columna vertebral inquebrantable.

Conocer el carácter de solemnidad y permanencia que determina a la India, permite por un lado, comprender su determinante resistencia ante las múltiples conquistas que invadieron su tierra y tomaron su suelo, sin lograr desraizarla ni alterar su organización teocrática o patriarcal –fenómeno del mundo antiguo, conservado en el Asia moderna; por otro, nos ayuda a entender el ancestral escenario donde la filosofía, la estética y el orden social, emergen como sólidas e indivisibles materias, sustentadas mayoritariamente en los principios místicos y metafísicos de un nutrido y afianzado ADN. Éste es el abono intelectual que ha permitido el nacimiento de fuertes y renovadas disciplinas, más libres y emancipadas respecto de las doctrinas iniciales y de los textos más conservadores; escuelas que a diferencia de las surgidas en Occidente y ya extintas, permanecen muy vigentes tanto en el desarrollo de la propia como de la ajena existencia.

Este humilde recorrido -minúscula fracción del universo indio-, pretende evidenciar el preponderante lugar que ocupa la imaginación en la creación artística y en el discernimiento de existenciales conceptos de la metafísica, la ética, la hermenéutica, la soteriología… Un fenómeno mental e ilusorio tan arraigado en su historia y tradición, que encuentra su propia deidad en māyā; diosa, que en función de las diferentes religiones adquiere uno u otro significado. Así, para la doctrina sankhya, es fuente de la materia; para la filosofía vedānta, caudal del universo visible; para la doctrina advaita, māyā nos mantiene en avidya (ignorancia), pues fruto de la diferencia entre este mundo fenoménico y las almas, es Dios -la única realidad-; según elshivaísmo, māyā es uno de los tres pāśas o nudos que atan al alma a este universo material, junto con el karma y el ego; para el hinduismo más primitivo, este concepto está reflejado en el término Indrajala, homólogo de la magia, el engaño y el fraude; para el budismo, es la duplicidad y una de las veinticuatro pasiones negativas menores; para la tradición, la madre de Siddhartha Gautama(Buda); para la mitología hindú, la personificación de la materia o energía ilusoria en contraposición con el espíritu; para la literatura puránica, māyā es hija de Ánrita (no-real, falso, falsedad); e incluso, hay quienes la identifican con la Diosa Durgá u otra diosa principal, cuyo divino cometido es alimentar y mantener la realidad física.

Resulta fascinante observar como un concepto tan abstracto e inmaterial, puede, a pesar de los diferentes significados según qué doctrina, mantener un mismo juicio a través de los tiempos, y éste es: la ilusión. Es tal su importancia y trascendencia, que de ella nació esta deidad de la facultad imaginativa, capaz de manifestar, perpetuar y gobernar tanto la ilusión, como el sueño de la dualidad en el universo de los fenómenos. Su entendimiento, acerca de que la conciencia y la materia física, la mente y el cuerpo, son en realidad un sólo universo, les lleva a alcanzar la autorealización espiritual y con ella, la iluminación.

Esta infatigable búsqueda de perfección y armonía, es el motor de indagación que ahonda en el naturalismo místico y en el conocimiento más profundo del Ser supremo; de su unidad con el individuo; de la fusión del alma humana con la noción infinita de la divinidad; de la liberación del cautiverio terrenal; de la gratitud a la vida y de la aceptación de la muerte; de la salvación individual; de la imbricación de la ciencia y la doctrina; de la exploración de lo finito  pero también de lo eterno; de la significación de lo tangible y lo incorpóreo… Un largo etcétera de pretéritos debates, sobre los que sin freno discurre su extraordinaria inventiva, vinculada estrechamente al discurso yóguico- contemplativo y al caudal de dos grandes manantiales; por una parte, de aquél que integra a esas nuevas corrientes filosóficas convergentes y contrapuestas, siempre en movimiento y por otra, de aquél que mece entre sus aguas al máximo exponente artístico de la espiritualidad y la sensibilidad indias: la poesía; perla de su gran literatura, que a intramuros de los colegios brahmánicos, florecía ya fértil y sublime, cuando todavía Occidente dormía entre las más oscuras tinieblas. Obras como el Mahabhárata o Mahābhārata –considerado el poema épico más largo y antiguo del mundo; El Bhagavad-gita o el Ramayana, son claros ejemplos de su calado e influencia en la vida y pensamiento de cuantas culturas han conocido nuestro mundo. Desde las primitivas a las contemporáneas, desde las clásicas a las más innovadoras, todas bebieron de sus letras haciendo de sus versos, la mejor inspiración para sus textos.

En esta pluralidad sin rival -gobernada por la mayor diversidad lingüística y religiosa del planeta-, es donde el Teatro Hindú toma su origen en el mito, constituyéndose como un género derivado tras su adaptación después de la epopeya. Unos inicios, que para la tradición india están íntimamente ligados a las creencias védicas, a los himnos o vedas; considerados como elementos originarios de la narración teatral y por tanto, como el germen de todos los textos que derivan finalmente en ella. Su amor por la naturaleza del entorno tropical, por la danza, la música y la poesía, alimentan la magia y la belleza del teatro indostánico; capaz de transportar la mente hacia una región inexplorada, donde los sentidos se entregan a merced del actor y su función. Esta conectividad sensorial que nos trasciende, es la que sin duda, eleva su arte a la categoría de excelencia.

 

Próxima entrega

 Del Ritualismo Brahmánico al nacimiento del Drama Sánscrito.

Publicado el 22 de abril de 2022
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