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Empieza el horror

“Alicante es un libro” por Miguel Ángel Pérez Oca.

            El 17 de julio de 1936 se levantó el Ejército en Marruecos, en un baño de sangre, y al día siguiente, en la Península. Era un golpe de Estado organizado por el General Mola y otros compañeros de armas de los llamados “africanistas”, gente dura, acostumbrada a las crueldades de la guerra colonial. Uno de los confabulados era el general Franco, el que había sofocado la revolución de Asturias. El jefe supremo debía ser el general Sanjurjo, pero éste moriría en un accidente aéreo al salir de Portugal, rumbo a la España rebelde. Al final, por una serie de maniobras y carambolas de la suerte, sería Franco el “caudillo” de los sublevados en la larga guerra que sucedió al parcialmente fracasado golpe de Estado.

            En Alacant, los obreros y sus sindicatos montaban barricadas alrededor del cuartel de Benalúa y pedían armas para defender la República. El Gobernador Militar, general García Aldave, dudaba qué bando tomar. La oficialidad, casi en su mayoría, era partidaria del golpe y parecían esperar algo. Y es que, desde la Vega Baja, un numeroso contingente de falangistas se desplazaba hacia Alicante a bordo de varios camiones con el objetivo de liberar a José Antonio Primo de Rivera, que estaba preso, por desórdenes públicos, en una cárcel de la ciudad. Y a continuación se presentarían en el cuartel de Benalúa, se armarían y tomarían la ciudad. Pero fueron interceptados por la policía, que los detuvo tras un breve tiroteo en el que murieron 3 falangistas y 4 fueron heridos.

            El día 23, el coronel Rodolfo Espá se hizo con el control del cuartel y lo puso al servicio de la República. García Aldave y sus oficiales levantiscos fueron detenidos. Así que Alicante estaría ya en el lado republicano por toda la guerra.

            El día 26, el alcalde pedáneo de Santa Faz, Tonico Santamaría, y el vecino Vicente Rocamora, pusieron a salvo la venerada reliquia y la llevaron al alcalde Carbonell, quien la escondió en la Diputación, diciendo: “La Santa Faz es un sagrat del poble”. Carbonell no era creyente, pero amaba a Alacant y sus símbolos.

            Había que organizarse con vistas a una larga guerra, y don Eliseo Gómez Serrano se hizo cargo de la Oficina de Reclutamiento. Inmediatamente partirían varias columnas de milicianos alicantinos hacia Albacete, donde se había sublevado la Guardia Civil, al mando del teniente coronel Chápuli. Albacete quedaría también por la República, siendo detenidos 337 guardias civiles. Chápuli, al verse acorralado, se había suicidado.

            Una vez normalizada la situación, se formó un comité con representación de todos los partidos del Frente Popular para nombrar una nueva corporación municipal, y fue designado alcalde Rafael Millá del Partido Comunista, que sucedería a Llorenset.

            Y ahora viene lo más trágico y terrible de la historia: los asesinatos incontrolados y los muertos por fusilamiento en esta horrorosa guerra civil.

            El Gobernador Civil, Valdés Casas, trataba en vano de controlar la situación, pero se le había ido de las manos, pues ante las noticias que llegaban de Extremadura y Andalucía, con las masacres, violaciones y crímenes efectuados por los rebeldes, la indignación era general y todo desmán sobre presuntos rebeldes se veía más o menos justificado. Así que no fue hasta mediados de 1937 cuando las autoridades pudieron imponer el orden y cesaron en esta zona asesinatos y fusilamientos. Pero hasta entonces, no era raro el hallazgo de cadáveres de personas de derechas que aparecían de vez en cuando en las cunetas. Eran los famosos “paseos”, que a la gente de bien nos deben llenar de horror y vergüenza.

A lo largo de este tiempo de terror fueron asesinados en Alacant unas 135 personas, y fusilados por sentencias de Tribunales Populares creados al efecto, 125. Además hubo una saca de 52 derechistas que fueron sacados de la cárcel de Benalúa y fusilados en las tapias del cementerio. Esta fue una represalia por el bombardeo de “las 8 horas”, el primero importante, que a su vez había sido una represalia de los rebeldes por el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, el 20 de noviembre de 1936.

Otras sentencias de muerte del Tribunal Popular de Alicante, fueron: a los 53 falangistas de la Vega Baja, a 7 militares de Alicante (uno de ellos García Aldave), a 11 militares de Alcoy y a otros encausados en un total de 125 ajusticiados.

            Mientras esto ocurría, por el puerto escapaban a duras penas algunos refugiados, sobre todo en el barco Tucumán, de la Armada Argentina que, entre otros, se llevó al cuñado de Franco, Serrano Suñer.

            España había quedado sumida en un tsunami de sangre y horror que todavía hoy nos llena de espanto. Y todavía no había llegado lo peor: los bombardeos a la población civil (unos 500 muertos), el hambre y la venganza de la posguerra (724 condenas a muerte entre 1939 y 1945). Y una dictadura de 40 años que nos ha marcado a todos.

Publicado el 15 de octubre de 2021
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