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En la cima del mundo

“Historias del abuelo Miguel” por Miguel Ángel Pérez Oca.

- ¿Por qué quiere usted subir a esa montaña? – le había preguntado un periodista.            Y George Mallory había respondido: “Porque está ahí”. Y ahí estaba al fin, después de varios intentos fallidos. Le iba a costar la vida, pero no podía volverse atrás, porque la cima del mundo, la cima del Everest, estaba ahí, casi al alcance de sus botas.            Hacia tan solo una hora - aunque le parecía un suceso remoto, perdido ya en la lejanía de los tiempos - que su compañero Irvine se había despeñado por un precipicio de roca y hielo y ahora yacía en el fondo del glaciar, roto e inalcanzable. Él había intentado evitar el desastre lanzándose a la ladera opuesta de la arista Noreste y clavando su piolet en la nieve blanda, pero la cuerda de cáñamo, helada y quebradiza, se había partido contra unas rocas afiladas como cuchillos.

Ahora Mallory estaba solo, estaban solos los dos, la cima y él. Y sabía que iba a morir congelado o despeñado. La cuestión era si la muerte le llegaría antes o después de coronar la cumbre. Sentía cómo la congelación se apoderaba de sus dedos hasta hacerle casi imposible manejar el piolet, y los pies ya aran dos carámbanos dentro de las botas. Sus pulmones apenas podían extraer oxígeno de aquel aire sumamente enrarecido; pero sus piernas todavía le impulsaban poco a poco, con pasos lentos y rotundos hacia una cima cuyos penachos de nieve en polvo se perdían sobre los valles vertiginosos.

Y al fin se vio en la cima, en la mismísima cima del mundo. Ya no había nada más alto que él en todo el planeta. Miró a su alrededor a través de sus gafas medio empañadas por su propio aliento congelado. A sus pies le rendían pleitesía los demás gigantes, el Nanga Parbat, el Canchenjunga, el Lotse, el Annapurna, hermanos menores del gran Chomolungma, el señor de los dioses, que los ingleses llamaron Everest.

No pudo tomar ninguna fotografía de aquel momento, pues la cámara la llevaba Irvine y se había despeñado con él. Sacó de su bolsillo un retrato de su esposa y lo enterró en la nieve, a sabiendas de que los vientos acabarían exhumándolo y llevándolo Dios sabe a dónde. Solo si volvía vivo al campamento base, podría enterarse el mundo de que el Everest había sido conquistado. Y esa esperanza le daba sus últimas fuerzas y alimentaba su voluntad. Pero su cuerpo había llegado a tal estado de extenuación que dudaba mucho que fuera capaz de desandar lo andado, él solo, por aquella nieve blanda y traidora y aquellas rocas negras y cortantes, azotadas por el helado ventarrón del Himalaya. Volvió sobre sus pasos cada vez más lentamente, más vencido, más débil, dejando sola a la cima en su tremenda inmensidad...

Mallory e Irvine no regresaron nunca al campamento base. El Everest fue conquistado oficialmente en 1953 - veintinueve años más tarde - por el neozelandés Hillary y el sherpa Tensing, que usaron botellas de oxígeno. En 1999 se encontró el cuerpo de Mallory a 500 metros de la cumbre; tenía una pierna rota y no llevaba consigo la fotografía de su esposa que quería dejar en la cima del mundo.

Publicado el 20 de septiembre de 2022
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