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Hermanito - Amets Arzallus Antia; Ibrahima Balde

Reseña realizada por Begoña Curiel.

Ay, cuánto duele este Hermanito porque sus páginas no son de ficción. Cuántos relatos habré leído y escuchado de otros Ibrahimas que intentan hacerse oír entre flashes informativos de telediario. Libros-testimonio como este son necesarios una y mil veces; con brevedad es imposible entender el quinario del inmigrante que sufre todo tipo de martirios para conseguir lo que al resto nos ha sido dado. El caso de Ibrahima es una búsqueda, la de su hermano, pero tendrá que pasar por las mismas desgracias. Prepárense para un baño de realidad que sin embargo se narra con una inocencia y sinceridad que desgarra.

Al morir su padre, Ibrahima se convierte en cabeza de familia con trece años en su Guinea Conakry natal pero su hermano pequeño, Alhassane, al que llama Miñán, se ha marchado de casa, supuestamente a Libia. Coger el mapa para entender las distancias da cuenta ya de la dificultad de ponerse a la búsqueda pero no son los kilómetros sino la inhumanidad que se encuentra por el camino lo que desazona.

Da igual que queramos ponernos en su lugar, sólo podemos aproximarnos a una ligera idea de lo que se nos cuenta. No angustian sólo los robos y el engaño continuo de las mafias que trafican con personas, las esperas, el hambre, la sed, sino el drama del desaliento y la soledad que quita las ganas de vivir al que intenta lo imposible.

Es el tramo donde el nudo en la garganta aprieta más durante la lectura porque perder la esperanza es la mayor oscuridad para un ser humano. Y no hay que olvidar que estamos hablando de un joven acostumbrado a la carencia, no al cómodo sillón desde el que abrimos las páginas de este libro.

Sin embargo no crean que hay regodeo en el sufrimiento, dedos metidos en la llaga ni recovecos donde se exprime el dolor. El mérito de esta novela se encuentra en el latido de la narración porque es Amets Arzallus Antia quien se encarga de transcribir la voz en primera persona del protagonista, directa, sencilla sin dobleces, con cero artificios literarios. Es lo que eriza la piel.

La palabra escrita es un monólogo al aire, a pecho descubierto, sin resentimientos que como mínimo, serían lícitos para alguien que ha pasado por las experiencias que aquí se relatan. La pena que transmite Ibrahima acongoja. El respeto en la escucha que revela Amets Arzallus al poner por escrito su voz, admirable. El dúo conformado por el testimonio y la transcripción derivan en poesía, diría involuntaria. Si eso no es posible, lo cierto es que así lo he sentido. Con tristeza, mucha tristeza... Contar lo más complicado a veces resulta dolorosamente sencillo.

En la faja que cubre la novela dice Alba Flores: «No serás la misma persona después de leer este libro» y me gustaría creer que es cierto. En estos tiempos donde parte de la sociedad destila odio irracional como quien lanza piedras de forma gratuita y sin saber de lo que habla –porque la empatía es un bien escaso–, sólo aspiro a que conciencie al que se acerca a este libro por saber, al que no se ha parado a pensar en escenarios tan cruentos para el semejante, a quien es capaz de leer con mente abierta.

Sin perder la esperanza de que pudiera ser así, es lógico pensar que quien no esté dispuesto a probar el agua fría de este jarro, aunque sea durante unos párrafos, vaya a entender lo más mínimo de lo que cuenta Hermanito.

Publicado el 16 de mayo de 2022

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