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La calle

“Historias del abuelo Miguel” por Miguel Ángel Pérez Oca.

Yo vivo en la calle. Duermo en el zaguán de un banco, junto a los cajeros automáticos, enrollado en la misma manta sobre la que, ahora, pongo a la venta mis DVD falsificados.  A veces, mis pesadillas me devuelven a la patera, a la tempestad durante la cual cayeron al agua y se ahogaron algunos de mis compañeros, a las rocas que rasgaron mi piel, a los cañaverales donde me escondí mientras las linternas de la Guardia Civil seguían el rastro de mi sangre.

Otras veces sueño con mi pasado esplendoroso, con mis estudios de Filología Hispánica en Cambridge, con el lujo de mi casa en Senegal, con la cálida presencia de mi esposa y las niñas. Pero estos sueños también acaban en pesadilla, en el terror de la huída y la clandestinidad cuando mi padre cayó en desgracia y tuve que esconderme con mis abuelos y otros miembros de mi clan en las espesuras de la selva de Gambia. Las amenazas de nuestros enemigos, la miseria y  el hambre de los míos me empujaron a la patera y a los abusos de la mafia de los emigrantes. Y ahora puedo mandar un giro a casa de vez en cuando, mientras economizo todo lo que puedo, comiendo de los contenedores y durmiendo en los cajeros. Vivo en la calle, “en la puta calle”, como dicen los blancos pobres de aquí.

Vivo en la calle, como muchos otros de mis hermanos. Y me paso la vida huyendo de los policías que si me pillan me requisan la mercancía y me amenazan con deportarme a mi tierra. Mi tierra. Allí duraría bien poco. Allí descansa mi padre fusilado, al que no tardaría en hacer compañía. Aquí sobrevivo y ayudo a mi familia, mientras espero mejores tiempos. Aquí soy un negro que vende discos falsificados y vive en la calle, nada más.

Dicen que la frase “me voy a la calle” solo tiene sentido para los meridionales, para la gente que vive a orillas del Mediterráneo, o más al sur todavía. La calle para los anglosajones y nórdicos es solo un medio para trasladarse a las casas de los amigos, o a los comercios y espectáculos. Ellos solo salen a la calle para ir a algún sitio. Los meridionales, en cambio, hacen de la calle su ágora, su lugar de encuentro y de conversación. A mí antes me gustaba la calle, disfrutaba de las angostas medinas de mi tierra musulmana, donde la sombra de los muros alberga a menudo animadas charlas con amigos y parientes; aunque ahora la sufro con toda su crudeza y la habito como una rata de alcantarilla, como un animalito en su pringosa jungla de cemento. Estas calles europeas, anchas, rectas, sucias y frías me agobian con sus geometrías implacables, con los reflejos de sus paredes de vidrio, con el estruendo de sus automóviles, con la prisa neurótica de sus peatones ensimismados…

Cuando regrese, si algún día regreso y recupero lo que era mío, me compraré una casa muy grande, con un patio lleno de flores olorosas que perfumen mis noches, con habitaciones que se abran alrededor del jardín, desde las que se pueda escuchar los sonidos misteriosos de la selva, el rugido lejano de las fieras, la risa y los aullidos de hienas y chacales, el canto de las aves nocturnas, bajo la luz de la luna que aquí apenas veo en un cielo sucio y brumoso entre bloques de cemento y cristal. Cuando regrese y recupere a mi esposa y a mis hijas, habitaremos felices de nuevo en ese hogar grande, hermoso y aislado de una calle a donde nunca más volveré. Viviré para siempre en mis salones frescos, abiertos al patio, a la sombra de mis árboles, junto a mi estanque, y lejos, muy lejos de la calle. Y no saldré jamás de casa, nunca volveré a pisar la calle. Odio la calle.

Un compañero, desde la esquina, ha silbado. “Se acerca la pasma”, me está diciendo en nuestro lenguaje secreto de los proscritos. Recojo la manta y salgo corriendo calle arriba, no vayan a detenerme o a requisarme la mercancía. Maldita calle.

Publicado el 20 de julio de 2022
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