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Los Cien mil hijos

“Alicante es un libro” por Miguel Ángel Pérez Oca.

Alacant era la única capital de provincia que, en 1823, aún no había sido ocupada por los Cien mil hijos de San Luís. Llegaron noticias de que ya estaban a tan solo dos leguas de la ciudad, y el jefe de la guarnición de Alacant, comandante Iribarren, decidió salir a plantarles cara y se dirigió con sus escasas fuerzas hacia San Vicente del Raspeig, donde acampaba el general absolutista Samper. Pero la caballería de Samper los rodeó y ellos formaron en cuadro para resistir. Los alicantinos, que desde el castillo de Santa Bárbara vieron la maniobra de los realistas, salieron en tromba de la ciudad, armados con lo que cada uno tenía, y consiguieron desbaratar a los atacantes y liberar a Iribarren y los suyos, que regresaron con muy pocas bajas a la ciudad.

El 5 de agosto de 1823 llegaron refuerzos de mil hombres al mando del nuevo comandante militar de la provincia, don Joaquín de Pablo Txapalangarra, así como los soldados supervivientes de la división del coronel Bazán, muy castigada en las acciones de Valencia y Orihuela. Txapalangarra se ocupó de hacer acopio de  alimentos, pidió empréstitos para financiar la campaña, e incluso vendió las campanas de los templos a unos comerciantes italianos. Las tropas estaban muy mal equipadas, careciendo incluso de calzado adecuado.

Por esos días pasó por Alacant el heroico general Torrijos, que iba a Cartagena para hacerse cargo de su defensa.

El 3 de octubre, Alacant fue al fin cercado por los Cien Mil Hijos, al mando del vizconde de Bonnemains, y Txapalangarra solo pudo resistir treinta y tres días de asedio.

Al final, agotadas todas las provisiones para poder alimentar a una población de 21.000 personas, incrementada con las tropas y los refugiados valencianos, se acordó con los franceses, que ya se preparaban para el asalto final, una rendición sin lucha el 11 de noviembre de 1823. Los liberales alicantinos y los militares se embarcaron rumbo a Gibraltar y al exilio.

Ellos no lo sabían, pero tres días antes, el general Rafael de Riego, que había traído de nuevo la Constitución, malherido y abandonado por sus tropas, había sido deshonrosamente ejecutado en la Plaza de la Cebada de Madrid. Fue llevado al cadalso arrastrado en un serón, destrozado física y moralmente, y fue ahorcado y después decapitado, por el terrible delito de haber votado la incapacitación del Rey. La Historia le daría la razón: Fernando VII fue el peor y más incapaz  rey de nuestra Historia.

Txapalangarra sería asesinado años después mientras intentaba convencer a sus paisanos de que se unieran a él en la guerra contra los carlistas. En lugar de escucharlo, le dispararon. Bazán sería fusilado, con su hermano, con Bartolemé Arques y otros patriotas liberales, tras intentar un desembarco de constitucionalistas en Guardamar del Segura. Y Torrijos, el héroe de la Guerra de la Independencia, sería también fusilado por orden del Rey Felón. La sobrecogedora imagen del fusilamiento de Torrijos y sus compañeros se puede admirar en el cuadro del pintor Gisbert que se muestra en el Museo del Prado.

Alicante fue la última capital donde tuvo vigencia la Constitución de 1812, tal como en el siglo siguiente sería la última capital donde rigiera la Constitución de 1931, de la II República.

Con las tropas francesas ocupantes había llegado el que sería nuevo Gobernador Civil y Militar de Alacant, el ser más sanguinario, despreciable, fanático y odioso que ha gobernado y cometido sus fechorías en Alacant: el brigadier Fermín de Iriberri, de triste recuerdo.

Publicado el 6 de julio de 2021
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