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Miguel Pasquau - Entrevista

Nació en Úbeda, Jaén, en 1959.

Es magistrado de la Sala Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía en Granada.

Tiene cuatro novelas publicadas: Recuerda que yo no existo, Cuando no era verano, Casa Luna y Aunque todo se acabe.

Entrevista realizada por Begoña Curiel para ELD.

Creo que dejé claro mi pasmo, para bien, con Aunque todo se acabe y aunque no sea la primera buena crítica que recibe desde su publicación, ¿se siente más satisfecho según pasan los meses de lo que ha escrito? ¿O transcurrido el tiempo cambia la percepción?

Para qué voy a decir otra cosa, más que satisfecho estoy impresionado de cómo no pocos me están diciendo que la novela les ha hecho diana. Yo soy un escritor aficionado, me gusta perseguir una historia, cuidarla, buscar las mejores palabras a mi alcance para contarla, tropezarme con hallazgos que mejoran mis primeras ideas, ver cómo los personajes acaban pidiéndote su sitio. Pero luego llega el momento de la verdad, que es cuando das el libro a otros. Es inevitable sentirte inseguro, y ahí es cuando te das cuentas de si tiene o no sentido añadir el tuyo a ese océano de libros que encuentras en cualquier librería. Y si compruebas que la novela ha llegado a enredarse en la vida de algunas personas, algunas de las cuales ni siquiera conocías, te dices: “sí, claro que ha tenido sentido”. Reseñas como la tuya, Begoña, son un gran regalo.

–¿Cuánto hay de Miguel Pasquau en Martín Godoy, protagonista de la novela?

No tengo su carácter ni su manera de ser, aunque sí compartimos un equipaje común (las Escuelas de las que ambos fuimos alumnos). Alguna vez he pensado que Martín Godoy es quien yo no he llegado a atreverme a ser.

–¿Cómo fue el trabajo de documentación? Largo, supongo...

Largo y… Divertido. Porque inmiscuirte en una época lejana pero alcanzable (los finales de los 60, y los 70) es ir encontrando piezas que te llevan unas a otras. A veces me interesaba más saber lo que pasó que lo que yo quería que pasase. Pero imagina lo interesante que es hablar con testigos vivos, ir de la mano de ellos a aquel tiempo, y encontrar documentos (actas de reuniones, sentencias de tribunales, informes de presos o de militantes en la clandestinidad, expedientes policiales) que te dan certidumbres desde las que imaginar hipótesis. También para esto conté con ayuda. En este caso, la de la doctora Marta Ruiz Jiménez, que me facilitó documentos de mucho valor que yo no habría podido encontrar.

Ha contado en alguna ocasión que aunque la novela no sea breve precisamente, tuvo que recortar muchas páginas. ¿Cuánto le dolió eso?

No fue recortar, fue seguir escribiendo. Pulir, elegir, abreviar, tensar la narración es seguir escribiendo. Y por tanto, fue seguir disfrutando. Quizás me dolió prescindir de muchas escenas de la primera parte que para mí tenían sentido personal, pero demoraban mucho el arranque de la trama, es decir, París.

El invento de Galia Lenoir –dentro de su novela– con perfil en tuiter todavía me tiene fascinada. ¿Cómo surgió la idea?

No es mía. Mía fue la fascinación cuando me lo propuso Maite Sanz de Galdeano (@PintasMucho). Vi que podría servir para prolongar la novela más allá de su punto final y fuera del libro. Alrededor de Galia Lenoir se ha creado una comunidad de amigos en Twitter (son ya más de 4.000) que son un entorno privilegiado para la novela. Además, me permite hablar de la novela sin saturar mi propia cuenta de Twitter con “mi libro”…

Tengo pendiente leer sus otras novelas. ¿Esta última es la que más alegrías le está dando?

Sí. Todas, cada una en su momento fueron una muy buena experiencia, pero todo indica que ésta está llegando a más gente, y más hondo. Después del empujón inicial, que la ha llevado incluso al Instituto Cervantes de París y de Madrid, además de a Barcelona, Sevilla, Coruña, Málaga, Valladolid, Jaén, y por supuesto Úbeda y Granada, ahora es el libro, él solo, quien tiene que pasar de lector a lector, de amiga a amiga, de club de lectura en club de lectura. Esa es la hora de la verdad. Ahí es donde se ve si realmente un libro ha salido del ámbito propio de influencia del autor.

Siendo magistrado del Tribunal Superior de Justicia, ¿la literatura es para usted un momento de liberación de la escritura jurídica permítame, encorsetada? ¿Cuál es su manera de conciliar los “dos verbos”? ¿O tiene separados ambos chips cuando se sienta a construir sus novelas?

Están necesariamente separados, Begoña, y así creo que debe ser. Las sentencias se escriben, y las novelas también, pero una cosa es intentar “fijar la realidad” y argumentar y otra es “remover la realidad” y abrirla para crear una historia y provocar emociones y sentimientos. Ni siquiera creo que mi trabajo me haya ayudado, al menos hasta ahora, a encontrar tramas novelescas, aunque algunos casos darían mucho de sí.

En su web, concluye el apartado “Sobre mí” con esta frase: «Hay algo inequívoco debajo de todo esto: la necesidad de comunicarme». Y con «todo esto» se refiere a los contenidos que esta recopila: un blog y las secciones de ciudadanía, literatura y Derecho. ¿Hay un apartado en el que se sienta más seguro, donde mejor libere dicha necesidad o requiere de esta suma para ser Miguel Pasquau?

Debe ser así, la suma, porque esa mezcla de ciudadanía, literatura y Derecho no la he decidido yo, sino que me ha decidido a mí. Para mí es importante comunicarme en el terreno ciudadano de la opinión pública, me gusta enseñar Derecho en la Universidad y hacer entender la lógica de nuestro sistema de derechos y garantías frente a ciertos debates simplistas, y necesito también ahondar en la naturaleza humana y sus conflictos por medio de las novelas.

Hay autores que un día lo dejaron todo por dedicarse íntegramente a la literatura. ¿Cabría esa posibilidad en su caso?

Eso es algo que les pasa a otros. Y ni siquiera sé si es bueno. En mi caso es inimaginable, pero estoy convencido de que si se diera el caso, me atascaría a la primera, una vez que me quedase sólo ante la literatura.

Supongo que tiempo no le sobrará, ese mal tan de nuestros días, pero, ¿qué y cuánto lee?

Mi impresión es que leo poco. Desde luego, menos de lo que me gustaría. Cada año compruebo que he leído menos de lo que me había propuesto al empezarlo. En mi edad adulta salgo a menos libros por año que en la juventud. De muchos libros sólo he recorrido un pequeño tramo. Confieso que no he leído algunas grandes obras que todo el mundo conoce. A veces me entra ansiedad por saber que voy a morirme sin haber leído tantos libros que están esperando desde hace tanto tiempo, no ya en la Biblioteca de Babel, sino en la mía. Pero hay que desembarazarse de esa pegajosa sensación: es tanto lo que no podremos leer, que no importa el libro que no leamos, sólo importa el libro que estamos leyendo. ¿Qué libro estamos leyendo?: eso es lo importante.

–¿Qué tipo de lector es? ¿De los que intercalan diferentes temáticas, lector de varios libros a la vez, de los que abandonan si no le gustan o persiste por norma hasta el final?

Suelo alternar obras nuevas con clásicas (es decir, consolidadas). Nunca leo dos novelas al mismo tiempo, pero sí puedo combinar novela y ensayo. Y sí, he dejado no pocos libros a medias: unas veces porque no me gustaban, otras por cualquier azar: me cuesta retomar un libro que por alguna razón se quedó a medias.

Si tuviera que comparar el entusiasmo mostrado en la reseña que publicamos sobre su libro, ¿podría ponernos un ejemplo de otro que le haya causado sensaciones similares, independientemente de la temática?

Cuando un libro me “vence”, se queda ahí un tiempo, antes de volver al estante, y tengo necesidad de hablar de él, de recomendarlo, de regalarlo: es una manera de unirse a esta corriente en la que unos y otros incesantemente nos contamos cosas.

En diferentes momentos de mi vida me han ido entusiasmando novelas descomunales. Las podría nombrar, y sería una lista larga de títulos más bien conocidos. Prefiero por eso citar algunos menos célebres: por ejemplo, “La luz difícil”, de Tomás González, “El sentido de un final”, de Julian Barnes, o “Desgracia” de Coetzee.

–¿Cuál le recomendaría a un adolescente que aún no se ha picado con esto de la lectura?

Ningún “clásico”. Recuerdo que mi padre decía que El Quijote era un libro “no apto para menores”, porque los grandes libros requieren haber crecido, sufrido y vivido para ser aprovechados. Lo que sí tengo claro es que valen poco las recomendaciones: lo mejor es aficionar al adolescente a elegir sus libros. Nada mejor que llevarlos a una librería y regalarle el que él elija.

–¿Qué libro inolvidable le hubiese gustado escribir?

Uno que lograra “decir” a los demás eso que me gustaría decirles y de lo que aún no soy consciente. De los publicados, hay muchos libros que han sido importantes en mi vida, que me han hecho mejor; pero no he sentido por ellos “envidia de escritor”: más bien me he sentido afortunado de poder admirarlos.

–¿Alguno que haya aborrecido o que le decepcionara pese a las buenas críticas?

Entré con muchas ganas en “Los detectives salvajes”, de Bolaño. Algunos capítulos o escenas me entusiasmaron, pero fue un suplicio atravesar otros que parecían estar ahí para disuadirte. Llegué al final sólo por acabar de entender el título. No lo aborrecí, pero no se lo recomendaría a un buen amigo. También me decepcionó enormemente “El perfume”, un libro que le gustó a todo el mundo: seguramente no supe leerlo.

La pregunta de rigor. ¿Y después de Aunque todo se acabe, qué viene?

Toca estar atento. Hay por ahí infinitas historias que están agazapadas, esperando a que alguien crea que se las está inventando; infinitos personajes que están esperando que alguien los cree. La verdadera inspiración es estar atento a lo que llama la atención sin saber por qué, y dejarte llevar por la provocación. No tengo prisa: ¿qué sentido tendría tenerla?

Publicado el 29 de abril de 2022
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