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"Rosas rojas" - Eva Lill

A las nueve de la mañana, hace un mes, un mensajero me trajo un gran ramo de rosas rojas. Contenía una tarjeta con un mensaje escrito con una letra pulcra y diminuta: «Para Rosa, la más bella y fresca de las flores». No llevaba firma. Era el día de mi vigésimo primer cumpleaños.

Por la noche fui con mi novio a un restaurante muy coqueto para celebrar mi aniversario. Después de varios brindis, cuando ya estaba algo entonada, le dije que había recibido unas flores, un ramo de rosas rojas, por la mañana. «No habrás sido tú, ¿verdad?». Él me miró atónito y respondió que no, que consideraba que el brazalete de oro que me había regalado bastaba y sobraba como regalo de cumpleaños. Encontré su comentario de muy mal gusto, claro, pero preferí quedarme callada para no enturbiar una atmósfera que se pretendía festiva.

Permanecimos unos minutos en silencio. Él no alzó ni una sola vez la vista de su plato de pescado. Parecía muy concentrado en la comida, pero yo sabía que fingía.

Por fin habló, y sus palabras retumbaron en mis oídos como ladridos.

—¿O sea que no sabes de quién son las rosas rojas que has recibido esta mañana?

—No, claro que no. La tarjeta no llevaba firma.

—¿¡Una tarjeta?! ¡Primera noticia! Me lo has ocultado hasta ahora.

Le miré como se mira a un completo desconocido, como si nunca lo hubiera visto en mi vida.

Balbuceé unas palabras.

—Pedro…, no le había dado importancia… —dije sabiendo que mi subconsciente había querido protegerme no proporcionando ese dato a Pedro. En todo caso, no había sido un acto premeditado.

—Ya, ya… —sonrió cínicamente—. Bien, ¿y qué ponía en esa tarjeta?

—Pues…, a ver qué ponía…—la voz me temblaba—. «Para Rosa, la más bella y fresca de las flores»

—«A ver qué ponía…» —repitió con un retintín muy desagradable—. Yo creo que un mensaje así no es fácil de olvidar. ¿No es así, Rosa?

—Quizás, dejemos el tema, por favor —imploré.

—¡Quién iba a decir que tienes un admirador secreto! ¡Vaya, vaya…! ¡Increíble!

—¡Y quién iba a decir que eres tan insoportable y absurdamente celoso!

Me levanté con brusquedad y la copa de vino cayó al suelo haciéndose añicos. Sentí que algo también se rompía, dolorosamente, en mi interior. Salí con premura del restaurante.

Mientras me dirigía a mi domicilio, el móvil no paró de sonar. No atendí ninguna de las llamadas. No quería oír la voz de ese impresentable nunca más. Y, por supuesto, tampoco verlo, ¡ni en pintura!

Al atravesar, ¡por fin!, el portal de casa, me crucé con mi vecino Pablo.

—¿Te han gustado las flores?

—¡Oh, sí!, muchísimo. ¡Unas rosas magníficas! —exclamé llena de agradecimiento con los ojos empañados.

—No te pongas triste, Rosa. Cuando sea mayor me casaré contigo. Ahora solo tengo diez años, ¡pero el tiempo pasa volando!

Publicado el 11 de junio de 2022
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