
"Historias del abuelo Miguel" por Miguel Ángel Pérez Oca.
(Es uno de los capítulos de mi próximo libro: “En busca de mí mismo”)
Si vais a Roma, no dejéis de visitar Campo de’Fiori. Yo estuve allí el 17 de febrero del año 2000, honrando a alguien que había muerto en esa misma plaza hacía 400 años y que es el personaje histórico que más ha influido en mi visión del Cosmos.
Campo de’Fiori es una plaza popular enclavada en la zona más típica de la vieja Roma, a dos pasos de cualquier lugar memorable. Está presidida en su centro por la figura oscura y recogida de aquel fraile heroico, apóstol de la libertad de pensamiento y precursor de la Ciencia, que se llamó Giordano Bruno.
Murió allí, donde hoy está su estatua, abrasado por el fuego de la Inquisición; como había vivido abrasado por el fuego de sus pasiones: la libertad, la verdad y la razón de un Mundo eterno, tan enorme como su Dios inmanente. Bruno, injustamente relegado de entre los sabios, fue el primero que vio el Universo tal como ahora lo vemos todos nosotros: inmenso y con estrellas que son soles rodeados de planetas, quizá habitados.
Bruno multiplicó a Copérnico por infinito, y eso era demasiado para los inquisidores de un pequeño Dios, creador del pobre juguete de las esferitas de cristal de Ptolomeo y Aristóteles, centrado en una Tierra llena de infelices pecadores. No podían soportar la gigantesca grandeza de su idea y lo quemaron por panteísta, en las fiestas del Año Santo de 1600, con un bozal de hierro provisto de un clavo que le atravesaba la lengua, para que no pudiera desvelar el secreto de su Cosmos sin principio ni fin, sin centro ni bordes, a los fieles ignorantes.
Cerca de ese lugar de martirio, reposa para siempre el verdugo de Bruno, cardenal Roberto Belarmino, inquisidor canonizado y proclamado Doctor de la Iglesia ¡en 1930!, cuando ya sabían todos que Bruno tenía razón. Y es que la Iglesia es especialista en emprender huidas hacia delante, en ponerse en evidencia por su soberbia tan alejada de su propio Cristo. Belarmino reposa sobre el quicio de la sacristía de la iglesia madre de los jesuitas, el Gesú, a la vera de su primer General, Iñigo de Loyola.
Muy cerca también, casi llegando al Panteón, se alza, gótica y hermosísima por dentro, Santa María Sopra Minerva, el templo donde Galileo fue forzado a renegar de sus descubrimientos, si quería seguir vivo. Después calló, nunca dijo “Eppur si muove”.
El vecino Panteón de Agripa, casa de todos los dioses y hoy tumba de italianos ilustres, sobrevive a veinte siglos de Historia, con su cúpula de hormigón que todavía estará en pie cuando todos nuestros rascacielos hayan mordido el polvo.
Y, también muy cerca, hay una calle curva que sigue la figura de las antiguas gradas del Teatro de Pompeyo, sede provisional del Senado en tiempos de Julio César, debido a que el edificio titular estaba en obras. Allí fue asesinado el político que creó el Imperio y enterró a la República. Cayó a los pies de la estatua de su viejo y querido enemigo y, antes de morir, se tapó, pudoroso, el rostro con su túnica ensangrentada. Y nosotros - fijaos bien -, hemos andado a unos pocos metros de ese lugar y hemos pisado, quizá, las mismas piedras que pisaron Bruto, Casio, Marco Antonio, Cleopatra, Graco…
En Campo de’Fiori, rodeando a un pintoresco mercadillo que se extiende a la sombra de Bruno, hay varios restaurantes. El más famoso es “Carbonara”, que dicen que fue el sitio donde se inventó el plato de espaguetis de ese nombre. Quizá allí, en el año 1500, un siglo antes de la muerte de fray Giordano, ya almorzaban pasta dos jóvenes estudiantes polacos, llamados Nicolás Copérnico y su hermano Andreas.
Yo también degusté allí “trippa” y “polpette”, platos típicos de callos y de una especie de gran albóndiga de carne, ambos con salsa de tomate. Estaba en la terraza, frente a Bruno, con gente italiana a la que envidié su habilidad para llevarse a la boca los espaguetis, airosamente, como yo nunca me atrevería a hacer en público. Y mientras comía en la Roma más antigua, me sentí tan abrumado por la Historia que me sacudió el mal de Stendhal y tuve que disimular mis lágrimas, enjugándolas con la servilleta.
¡Oh, Roma, Roma, cómo te amo!