I
Por la noche
antes de dormir,
escuché llorar a mi hijo
y hoy
amanecí con las manos azules.
En el desayuno
él vino y tomó
una pieza de pan,
no se sentó a la mesa,
tenía prisa.
Me deseó y le deseé un buen día.
Antes de salir con él,
mi mujer
se detuvo en la puerta,
me miró
y me dijo:
Tus manos.
Yo murmuré
o repetí:
Nuestro hijo.
Ella se acercó a mí,
puso una mano en mi hombro,
la otra en mi pierna
y me miró
como las mujeres miran
el mar o las cajas vacías…
pero nada cambió
en mi esperanza,
mis remordimientos
y yo:
mi hijo,
la noche anterior
había llorado
y su infancia
había dejado de ser un juguete
para convertirse en el cuchillo
con el que un día
escribirá en los muros
de su pareja
o de su casa
una herida
roja e invisible.
II
Esa misma tarde le hablé a mis padres:
quería preguntarles de qué color
tenían ellos las manos.
Mas no hablamos de piel
ni de amaneceres o cuadernos,
sino de huesos
y de aquellas
palabras que les cuesta pronunciar
porque fueron escritas
para no escucharse.
Al colgar
me desearon un buen día
y yo les respondí:
Nos vemos
sabiendo que una parte
de esa frase
era una mentira.
Sentado en el comedor
entendí que
ellos no solo tenían
las manos
(y los corazones)
azules,
sino que sus voces
eran un libro de historia
sobre la III Guerra Azul
(tengo dos hermanos),
esa en la que no hubo
pérdidas mortales,
pero sí todas las demás heridas
que se ganan y se pierden
en familia.
III
Mi nieto no juega con juguetes.
Le he preguntado
si sabe lo que es uno.
No me ha respondido.
Ni me ha preguntado tampoco
qué es lo que son,
o para qué sirven,
o quién los construye
Tu padre jugaba con ellos,
le dije,
él continuó en silencio
y yo callé,
estúpidamente,
a su lado.
Al volver a mi casa
pasé frente al cementerio
̶ y mi mujer me miró
como las mujeres miran
los vasos que no están del todo limpios ̶
y me pregunté cuántos
de los juguetes ahí enterrados
tendrían como yo
las manos,
las rodillas,
las tardes
y el silencio
pintados de azul,
un azul tan fuerte
tan humo
y tan dormido
que no nos permite
escuchar el llanto
o las preguntas de nuestros hijos
ahora que son ellos los que
nos mienten
y que quisieran saber
cuándo las familias
y sus juguetes
se convierten
en el relato
de un amable libro
de guerra.