
"Por hache o por be" por Mariángeles Salas.
Esperando turno en la ventanilla de caja de una entidad bancaria, escuché, lo mismo que las demás personas que esperaban en la cola, la conversación entre dos mujeres que estaban delante y que nos entretuvo durante aquellos minutos.
Por lo visto una de ellas echaba la culpa de su malestar al hombre del tiempo, que había pronosticado lluvias el último fin de semana. Razón por la que ella y su marido decidieron quedarse en casa y arreglar algunas cosas que, debido a sus trabajos, iban demorando. A él se le metió en la cabeza abrillantar el suelo e intentar arreglar el calentador de gas, y ella decidió sacar la ropa de temporada aunque el proyecto conllevase una pesada tarea.
Así que el viernes por la noche ya estaban en el recibidor, junto al paragüero, la pulidora, las madejas de aluminio, el cristalizador y los discos, además de la escalera con la que poder inspeccionar en los altillos de los armarios. Como el desayuno que hacían de lunes a viernes era bastante lastimoso y a veces tomado de pie por las prisas. El sábado y el domingo aprovechaban para hacerlo placentero y reconfortante. Y les vino muy bien el zumo de naranja recién exprimido, ese par de tostadas untadas con mantequilla y mermelada y el humeante café con leche para hacer frente a las tareas.
El ruido al correr los muebles, de un lado a otro, despertó al hijo adolescente de sus dulces sueños. Y solo cuando vio a su padre silbar como un canario, con aquella máquina entre las manos, y a su madre cantar a lo Shakira, mientras se probaba faldas de verano con cierta dificultad, lo tuvo claro. El piso medía más de noventa metros, era sábado, no tenía clase, su padre requeriría su colaboración y su madre le pediría subir aquellas cajas llenas de ropa hasta el altillo. Así que decidió marcharse a “estudiar” a casa de un amigo, donde también comería, para regresar al hogar familiar a la hora de la cena y salir luego a dar una vuelta con los colegas sin estar hecho polvo. Pero eso no amedrentó a la pareja que, con más moral que el alcoyano, iba aprovechando el fin de semana.
Bolsas repletas de ropa “me da pena” iban acumulándose en el pasillo. Ya estaba bien de almacenar prendas, año tras año, si en el fondo sabía que no se las volvería a poner. Percatándose, al rato, de que su marido ya no silbaba como los pájaros, fue a ver lo que pasaba. Lo encontró en el salón, más blanco que la cal, y repitiendo sin parar que por poco “la palma”. Una fuga de gas y su mechero habían estado a punto de convertirlo en hombre antorcha. Ante esto, daba igual que el suelo hubiese quedado peor de lo que estaba. Por eso, cuando el chico llegó a su casa no había nadie pese a que estaba diluviando. Tan solo una nota que decía:
“Nos hemos ido a cenar y luego al cine. En el congelador tienes una pizza. Y un consejo, hijo: no te metas nunca en camisa de once varas. Que te diviertas”. Papá.
Entretenido y entrañable. Lo extraordinario de lo cotidiano...