
“Por hache o por be” por Mariángeles Salas.
A mí eso de tío político, tía abuela, primo tercero o sobrino nieto..., como que me descuajaringa un poco. Porque, vamos a ver, uno sabe que existen grupos de personas emparentadas entre sí por unos lazos consanguíneos, a los que aceptamos como integrantes de nuestra propia familia. Luego, en caso de tener pareja, cada uno de nosotros contrae unos vínculos con los parientes consanguíneos del otro y a eso le llamamos familia política.
Pero es que también existen otros clanes, como los denominados “hermanos de sangre”, con los que uno comparte el mismo grupo sanguíneo y que, en caso de desgracia, serán ellos quienes te ayuden a seguir viviendo. Además, están los “hermanos de leche”, unidos desde su más tierna infancia, a una misma nodriza que los amamantó. Y si encima incluimos como “de la familia” por el cariño que nos tenemos, a los padrinos, a los compadres, a los consuegros, también a los amigos con los que te irías a una isla desierta, y a todos aquellos con los que estamos unidos por lazos espirituales o ideológicos, “casi ná”. ¡Ufff!...Como que alquilas un autobús para irte con todos ellos a pasar un fin de semana a Alpedrete, porque te ha tocado un pellizquito en “la Primitiva,” y aún faltan plazas.
Sin duda, a la familia te la imponen desde que naces, luego cuando te emparejas y, casi siempre, suelen estar a nuestro lado durante toda la vida. Por eso hay que tener con ella, la suficiente habilidad para saber nadar y guardar la ropa. Y si nos “cae” un sobrino plasta, una suegra marimandona, un hermano malabarista que intenta imitarte en todo, o un Albert Einstein y encima repipi, como cuñado, pues nada, a llevarlo lo mejor posible y aquí paz y después gloria, porque en el fondo, aunque haya casos en que ese fondo esté demasiado al fondo, la familia es, sin lugar a dudas, una fuente de afecto y apoyo emocional.
No hay ningún manual de instrucciones, salvo la experiencia que da la vida, que nos diga cómo sostenerla unida y más en los tiempos que vivimos, pero hay que intentarlo. Porque sin los parientes, ¿qué serían de esos entrañables bautizos; de esas bodas en las que siempre te encuentras a alguno, que a no ser que le digas “tío”, ya ni te reconoce; de esas fiestas navideñas tocando la pandereta y recordando a los abuelos, y también, que todo hay que decirlo, de esos fieles acompañantes en los sepelios?
Hay momentos en los que ser un familiar es todo un oficio. Además, eso de que te parezcas a la bisabuela por parte de padre, de que tu hijo tenga el mismo color de ojos que el tío Agustín, que tu cuñada, con la que te llevas a partir un piñón, te haya prestado un vestido de fiesta para una celebración, o que uno haya tenido la gran suerte de conocer a la madrastra de su abuela, es todo un lujo. Sí, señor. Por eso, ¡Viva la familia!