
Este artículo se ha extraído del documento que sirvió para la intervención en las "VII Jornadas Literarias de ELD".
Engañosos y petulantes espejos rodean sin remedio nuestras vidas; desde las fulgentes pantallas y aplicaciones, a las plataformas de streaming y las redes sociales. Vitrales de hipnóticos colores que según el momento y la intención, nos devuelven una versión diferente de nosotros; cada vez más radiante, más rápida, más postiza y adornada. Un carrusel de imágenes que sacia el apetito de las estéticas más exigentes, y en el que olvidamos la parte más esencial: ¿Dónde queda el yo real? ¿Dónde, nuestra verdadera identidad?
En este encuentro, quiero reflexionar sobre cómo la inteligencia artificial, los hábitos digitales y el influjo de las redes, están modificando la forma de narrarnos y de consecuencia, la construcción del yo. Para adentrarme en este interesante debate, me gustaría centrarme en cuatro grandes ámbitos que, bien por nuestro grado de interacción, bien por la naturaleza y cometido de los mismos, afectan notablemente a la edificación y naturaleza del propio ser, y por ende, del pensamiento mismo.
En el mundo virtual, todo gira en torno al poder y seducción de la imagen. Un retrato que no siempre refleja quiénes somos en realidad, sino más bien, quiénes pensamos que deberíamos ser para atraer, para gustar, para encajar...
Hoy en día, los adolescentes acceden cada vez más jóvenes a este juego de luces y vitrinas donde posan, fingen, filtran y editan. A pesar de su fresca y lozana juventud, curiosamente se muestran con rostros suavizados (como si debieran esconder el paso de un tiempo que aún no ha llegado), cuerpos esculpidos, colores falseados... Todo es truco y todo es ficción. Una tierra de quimeras donde se construye un yo ficticio supeditado al juicio de la imagen pública, de los likes y reposteos, del número de clics y suscriptores, de sus amables o crueles comentarios; convertidos cada tanto, en violentos ataques. En definitiva, al dictamen y a la validación externa.
Este problema no es sólo estético, sino identitario. El yo verdadero queda oculto tras el fatuo y digital; y a veces, éste último, pesa tanto que sustituye al real. Si ese yo que mostramos es cada vez más engañoso y editado, menos puro y natural, ¿cómo aprender entonces a ser de verdad? Estamos ante un empobrecimiento no sólo de la imagen, sino también, de una herramienta decisiva como es el lenguaje. Aquí entramos en el segundo ámbito.
”El lenguaje es la casa del ser”; decía Heidegger. Allí habitamos y somos, crecemos y nos desarrollamos, vivimos y sentimos. Un lugar donde la esencia se expande en libertad, lejos del abuso lingüístico más condensado. Hoy, sin embargo, esa morada está menguando.
Esta última frase –expresada a modo de sentencia- nace de dos amargas realidades: La pérdida de conexión interpersonal (propia de esta sociedad contemporánea) y el tipo de comunicación entre nosotros, los humanos, cada vez más digital. Hablamos con frases cortas, usamos emoticonos en lugar de palabras, abreviamos emociones con códigos superficiales y reducidos. Es la era de la abreviatura y el minimalismo textual. Pero:
¿Qué ocurre cuando el lenguaje se acorta?
El pensamiento se estrecha y reduce.
Al perder palabras, perdemos la escala de grises y con ellos, nuestro juicio más crítico; quedando expuestos a la manipulación y al fanatismo. Sin matices, mermamos nuestro lenguaje y raciocinio a la mínima expresión.
Esta no es una cuestión menor; es la base de una corriente lingüística cada vez más simplificada, que nos debilita frente a la asimilación de determinados estereotipos impuestos por según qué modas; tendencia que inevitablemente conduce a la aceptación de discursos y falacias simplistas y que normaliza la presencia de radicalismos sociales y políticos. En suma, una vulnerabilidad que se nutre de la intolerancia y la polarización gracias a un olvido imperdonable, pues a través del lenguaje, se fomenta el respeto y la diversidad.
José Antonio Marina (gran filósofo, ensayista y pedagogo español) reflexiona acerca de cómo la tecnología digital influye en nuestra forma de pensar:
“Si nos comunicamos con mensajes de 140 caracteres, es probable que nuestro pensamiento también se vea afectado por esa brevedad” (Entre 2006 y 2017 la extensión permitida en Twitter era de 140 caracteres, posteriormente fue aumentada a 280).
Esta cita, corrobora firmemente que el “yo” también se edifica con palabras; si empobrecemos el lenguaje, empobrecemos la esencia de nuestra identidad. Aquí es donde entra la lectura; tercer ámbito esencial.
La lectura, considerada por muchos, como un placentero y liviano pasatiempo, es ante todo, una fuente de cultura y una escuela identitaria. Sus letras nos abren puertas a otros mundos, nos permiten vivir vidas que no son las nuestras, y nos enseñan a entender al otro en su complejidad. Grandes e incontables beneficios, a los que yo sumaría uno más:
Su antídoto contra la vanidad
¿Quién no ha pensado alguna vez que somos la versión más evolucionada de nuestra especie?
¿Que los nuestros son los peores conflictos de la historia o que nuestros sufrimientos nunca antes fueron padecidos?
Altivas e ingenuas presunciones que los clásicos desmontan sin piedad. Basta leer cualquiera de sus textos para comprender que tales disputas, tales dudas, tales miedos y preguntas… siempre estuvieron allí; tejiendo nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro; atravesando a esta humanidad desde el inicio de su existencia hasta el último día vivido en la Tierra y, quién sabe, si algún día… también fuera de ella. Tan sólo somos la generación de una calenda efímera y perecedera como lo fueron todas las demás. Un ciclo de vida que borrará el olvido, cuando ya nadie pronuncie nuestros nombres.
Sin embargo y a pesar del notable y demostrado provecho que reporta tal actividad, cada vez leemos menos. La dopamina del scroll, los vídeos en segundos, el impacto inmediato o el premio instantáneo, robaron sin esfuerzo: voluntad y atención. Gran parte de los jóvenes consumen lecturas en formato “snack”; término con el que se ha definido a los micro textos que, cual sabroso aperitivo, se consumen y digieren al momento, sin asimilar siquiera los nutrientes: TikToks, Reels, memes, hilos de Twitter, posts de Instagram...
El uso de estas aplicaciones -diseñadas para secuestrar la atención inmediata en detrimento de la profundidad de pensamiento- conlleva irremediablemente a la pérdida progresiva de nuestra capacidad crítica y reflexiva, y por tanto, a nuestra fragilidad y desprotección ante determinados determinismos y manipulaciones.
En este punto, me gustaría traer la voz del profesor Nuccio Ordine (pensador, pedagogo y defensor infatigable de la educación) quién, en su libro: “La utilidad de lo inútil: Manifiesto” (2013), afirma:
“Lo que parece inútil —leer por placer, leer sin prisa, leer sin utilidad práctica inmediata— es lo que más necesitamos para seguir siendo humanos y empáticos; porque leer abre mundos, amplía la mirada y rompe estereotipos.”
Esta poderosa reflexión, nos recuerda que la lectura nos enseña a habitar mundos, a pensar con matices y a descubrir la riqueza de las palabras. Por esta razón, no podemos olvidar que la escuela, es el espacio donde este aprendizaje se hace colectivo y social. Aquí entra el cuarto ámbito.
Hablar de lectura profunda, nos lleva ineludiblemente a hablar de cómo y dónde se forman las mentes capaces de elaborar un pensamiento autónomo y con juicio propio. Ese lugar, es sin duda la escuela; un puente entre el yo que lee, el yo que vive y el yo que actúa en sociedad. En esta etapa educativa, los niños y jóvenes deberían aprender a dialogar, a cuestionar, a construir un yo más crítico y más libre, capaz de relacionarse en armonía con los demás.
Marina, lleva décadas recordándonos que la educación, es una fábrica de humanidad:
“La educación es el sistema nervioso de la sociedad”
“Si falla, fallará todo lo demás”
El filósofo señala que el gran reto educativo de nuestro tiempo, no es sólo enseñar a leer o a calcular, a memorizar textos y acumular información, sino formar ciudadanos libres, críticos y responsables a través de tres pilares fundamentales: la honestidad, el sentido crítico y la libertad interior. Dicho de otro modo y en palabras del profesor N. Ordine:
“Las escuelas y las universidades no pueden manejarse como empresas. La esencia de la cultura se funda exclusivamente en la gratuidad: la gran tradición de las academias europeas y de antiguas instituciones como el Collège de France nos recuerda que el estudio es, en primer lugar, adquisición de conocimientos que, sin vínculo utilitarista alguno, nos hacen crecer y nos vuelven más autónomos”
Actualmente y en contraposición a tan importantes valores, las instituciones educativas deben lidiar con la presión de la inmediatez y las pantallas. Los alumnos llegan al aula con la atención fragmentada, más habituados al impacto visual que al esfuerzo de la concentración y para mayor inri, en un entorno social que además de sobrevalorar la imagen y la rapidez, a menudo desprecia lo que requiere tiempo y disciplina. En definitiva, hoy menos es más; de ahí que para el docente, conseguir que un alumno piense por sí mismo es casi una batalla heroica. En este sentido, José A. Marina es claro:
“Sin una educación que fomente la capacidad de juicio, la sociedad se convierte en terreno abonado para la manipulación, para la mentira y para la posverdad. Necesitamos jóvenes que sepan distinguir entre lo cierto y lo falso, entre lo que merece la pena y lo que solo brilla unos segundos en la pantalla”
Esta afirmación conecta con lo mencionado anteriormente sobre la lectura y el lenguaje:
Si no entrenamos el pensamiento crítico, si no ampliamos el vocabulario y no aprendemos a leer en profundidad, la identidad del individuo se vuelve frágil, dependiente de la opinión ajena y fácilmente manipulable.
Acciones de calado interpersonal que deben reforzarse en un marco de convivencia, pues el yo no sólo se construye en soledad, se construye también en relación, y esas relaciones marcadas por las pantallas y los estímulos digitales, terminan por filtrarse en todos los espacios y contextos. Aquí es donde entramos de lleno en la familia y en las relaciones sociales.
Al igual que en la escuela y de forma más temprana, es en la familia donde el yo comienza a encontrar su forma más incipiente y genuina. Si en este entorno ofrecemos tan sólo distracciones, celeridad y ausencia, tendremos un yo debilitado y superficial. En cambio, si generamos un espacio predispuesto al diálogo, al silencio y a la escucha, a la presencia y la empatía, construiremos un yo más fuerte, más sano y más libre en su relación consigo y su comunidad. Pequeños momentos que parecen vacíos e insignificantes, son en realidad los ladrillos que edifican nuestro “yo”. Si éstos se pierden, la identidad se levanta sobre arena.
Cuántas veces habremos visto en un parque, en un café o en un hotel vacacional, a familias enteras inconexas, interactuando cada cual con su pantalla, aislados del otro y del mundo terrenal. Encuentros que antes eran de conversación y juego compartido, ahora se diluyen en infinitos scrolls. Una pérdida de emociones y vivencias que también afecta a las relaciones personales. Cada vez más aislados pero hiperconectados a la red. Cada vez más populares pero extraños entre sí. Inundados en notificaciones pero secos en comunicación.
A este respecto, me gustaría contar algo que leí recientemente y que ejemplifica el tipo de relaciones humanas al que vamos abocados. En Japón, existe un fenómeno social conocido como "alquiler de amigos" o "rent a friend"; de gran popularidad y consumo en los últimos años, tras su creación en 2009 por parte de Yuichi Ishii. Este servicio permite contratar acompañantes para utilizar en diversas actividades, como ir al cine, asistir a eventos sociales o simplemente transcurrir un tiempo juntos. De hecho, la empresa “Family Romance” (nombre actual de este negocio), ofrece un amplio abanico de actores y actrices (actualmente 1200 en plantilla) para interpretar -a demanda-, el papel de íntimos amigos, de familiares o parejas, o simplemente de invitados de relleno. Desconocidos todos, que de cara a la galería, garantizan la existencia de una vida social activa y exitosa, pero que en realidad, sólo muestran lo que se intenta suplir: la falta de conexiones humanas y la soledad que esto produce.
Estamos dejando que el yo se construya en superficies, en fragmentos, en ficciones… y al hacerlo, perdemos la oportunidad de conocernos de verdad. La identidad no se construye en soledad. Se construye en compañía y en diálogo con los demás, en la familia, en la escuela, en sociedad.
Esta necesidad de construirnos con el otro, evoca en mi mente un pasaje inolvidable del gran Exupéry, “El Principito”; concretamente la parte en la que el zorro le pide al protagonista de este cuento, que lo “domestique” mientras le explica:
“Sólo se conocen las cosas que se domestican. Si me domesticas, nos necesitaremos mutuamente. Para mí, tú serás único en el mundo. Y yo seré único para ti”
Que poderoso mensaje para nuestro tiempo. Con tan sólo una palabra “domesticar”, el autor nos revela su auténtico significado; pues lejos de su acepción más inmediata: “poseer”, este verbo nos habla de la capacidad de dedicar tiempo al otro, de tejer vínculos con paciencia, de ganar confianza, de amor y de entrega. El zorro nos recuerda que sólo a través de la mirada, del tacto, de la vida compartida cara a cara, de la voz que es escuchada, se estrechan nuestros lazos hasta hacerlos sinceros e inquebrantables. Es por ello, que debemos defender el valor de lo aparentemente inútil: leer con calma, conversar sin prisa, mirar a los ojos, tocar una mano, devolver una sonrisa... Porque cada uno de estos gestos y experiencias -imperceptibles para el mercado-, nos hacen más humanos.
A lo largo de estos cinco puntos, hemos visto al yo frente el espejo de las redes, al yo que se construye en el lenguaje, en la lectura y en la escuela, en la familia y en comunidad; pero… ¿qué sucede con el yo más olvidado y quizá más esencial? ¿Ese que nace con nosotros y al que despediremos en último lugar? A él reservo el sexto y último de los ámbitos.
6: La consciencia del yo.
Antes de abordar este último apartado, permitan que lea unas palabras y luego identifique a su autor. Él lo expresa con una madurez y claridad que desarman:
“Nos hemos habituado a identificarnos con lo que no somos: con nuestras máscaras, con nuestros papeles, con nuestros objetos. Pero lo esencial, lo que de verdad somos, permanece oculto bajo todo eso”.
Seguramente habrán reconocido la voz del Maestro: Ramiro Calle. Un experto en las disciplinas y misticismos de Oriente, que desde la década de los sesenta, ha consagrado su vida a la práctica y pedagogía del yoga y a la búsqueda de su camino espiritual. En esta breve pero honda reflexión, nos muestra con crudeza y rotundidad, como la sociedad de nuestro tiempo vive volcada en la apariencia y no en el ser, en la gota y no en el mar, en producir y no en sentir, en ver y no en mirar...
Automatismos sociales que alejaron nuestra mente de la región más valiosa y desconocida: nuestro mapa interior. Un territorio nacido de la pausa donde anida la escucha emocional del corazón.
Ramiro insiste en la necesidad de reaprender a vivir despacio, a escuchar sin juicio, a caminar pausado, a percibir el silencio, a respirar con consciencia de alimento, a descubrir lo insignificante y lo pequeño. Sólo a través de la calma, aparece lo que nunca aflora entre el caos y la velocidad:
La consciencia del ser
Lejos de cuanto podamos pensar, ese viaje interior no es sinónimo de evasión, sino del camino más verdadero. Una peregrinación que nos enfrenta a la fragilidad y a la nostalgia, al dolor y a la pérdida, al miedo y a la soledad; pero también, al coraje que nos habita y nos impulsa desde dentro. Iniciarnos en tan íntimo periplo, conlleva la posibilidad de alcanzar la más hermosa y fructuosa de las metas: nuestro yo más consciente; ese, que fecundará con sabiduría y respeto nuestra existencia en el mundo, en la vida y con los demás.
Aceptemos pues la invitación del Maestro y concedamos un respiro a nuestro tiempo en pro del postergado retiro, de la meditación y el pensamiento, de la lectura reposada, de la levedad de una agenda sin citas programadas.
Si no aprendemos a leer, a discurrir y a opinar, a mirar hacia dentro…, seremos un espejo sin reflejo, una imagen sin palabras, una vida simulada. Sólo cuando integremos lenguaje, lectura, educación, tolerancia y autoconocimiento, seremos capaces de gestar un yo verdadero, más libre y más humano.
Como cierre de esta intervención y con el propósito de estimular un nutrido y sustancioso debate, permitan que impela sus conciencias… formulando dos interrogantes:
¿Cómo será el humano del mañana?
¿Un yo consciente y conocedor de sí mismo, o un yo diluido en el flujo de un enjambre virtual?