
El pelotón de su compañía quedó atrás. Las bombas lograron apagar las vidas de sus camaradas y tras todo lo vivido, también amigos. Al cobijo de una encina dejó a Alfonso, ese chico esmirriado de Jaén que pensaba casarse con su novia de toda la vida en cuanto este horror terminara. En medio de la maleza Adrián lloraba sujetándose el estómago con ambas manos, asomando entre los dedos lo que parecían tripas, de color rojo violáceo. La voz honda de Paco se apagó para siempre y la soleá que los acompañaba en las noches quedaría para siempre grabada en el cerebro de Pedro. En el corazón, las seguiriyas gaditanas que cantaba rompiéndose la voz, recordando a su mujer y sus hijos, cuando la desesperación inundaba su ánimo.
Pedro, Pedrito para los de casa, caminaba sin rumbo con la mirada fija en el suelo. Por perder había perdido hasta el miedo y ya no aguzaba el oído para advertir la llegada de los aviones. Conseguía distinguir el ruido del motor de los aviones alemanes que ayudaban a su bando. Esa habilidad le había granjeado la simpatía de su capitán, Juan Soto. Juan se quedó en medio de un descampado, con la parte de abajo de sus piernas dos metros a distancia del cuerpo. Cuando se vio despedazado lanzó un grito desgarrador tras el cual lloró un buen rato hasta que dejó de escucharse, bien entrada la noche. Entonces fue cuando Pedro se decidió a levantarse del flanco de la roca donde quedó horas pasmado sin poder moverse.
Pedro, antes Pedrito, salió de un pueblo de Sevilla después de una discusión larga, ruidosa y definitiva con su padre. Éste no alcanzaba a entender lo que decía su hijo, nunca había entendido nada de política, ni de bandos. Sólo entendía de las cosas importantes, las que de verdad dejan vivir. Sabía cuándo se limpiaban los campos, cuando era el momento de plantar las habas, si llovería al día siguiente, si era mejor retrasar la cosecha, si la herida del mulo era para preocuparse o se curaba poniendo empastes de aceite y hierbas… —Si te vas de casa habré perdido un hijo y no se te ocurra volver nunca—. Fueron las últimas palabras que Pedrito escuchó de aquel hombre rudo. Tomó su macuto y se marchó, mascullando improperios que por el respeto que le quedaba hacia su padre, no profería en voz alta. A partir de ese momento dejó de ser Pedrito y pasó a llamarse Pedro.
Atrás quedó su casa, su padre, su madre, sus hermanas, el río en el que se bañaba en verano, el valle en el que trabajaba la tierra, el pan recién horneado en la cocina, las ollas de garbanzos que se cocían durante todo el día en el fuego del hogar y, que calentaban las tripas cuando volvía helado y cansado de cosechar la oliva. También la pasta de aceite con la que su madre le untaba las manos cortadas del frio y cubiertas de sabañones. Todo quedó atrás, lejos, muy lejos. Recordaba las veces que había maldecido su destino; nacer en aquel ridículo pueblo donde nada se podía hacer más que casarse, tener hijos y perpetrar la vida que había tenido su padre y, antes su abuelo y antes el padre de su abuelo. Sin embargo, el destino en Jaén tras la huida de casa, no le aportó el goce que imaginaba. Más bien le hizo recordar el color verdoso de los paisajes, el sabor de los melocotones recién cogidos y, sobre todo, la huella del afecto no demostrado. Esa que le dejaban sus padres cada día, como las abruptas tierras que pese a todo regalaban estación tras estación sus mejores bienes.
Ahora, avanzaba sorteando matorrales bajos y esquivando alguna encina, sin rumbo fijo. Sospechaba que si avanzaba hacia el este llegaría a Baeza. Allí, si nada había cambiado, encontraría refugio en el bando Nacional. En su escuálido vientre, las tripas rugían con fuerza arañando sus entrañas y, en su mente se mezclaban imágenes que nunca podría borrar. La mezcla de ambas cosas le provocaba mareo y angustia.
A doscientos metros divisó un hombre con chaqueta de color impreciso calentándose en una frugal hoguera. Un enemigo. Andaban escasos de uniformes y se decía que estaban peor alimentados. Un hombre solo en medio de la nada. Ahora eran dos. Pedro no pensó en huir, ni las piernas ni su ánimo podrían soportarlo. Avanzó hacia él, que no se percató de su presencia, hasta que empezó a sentir el calor de la hoguera. Era un muchacho. En medio del mugre de la cara, se distinguían facciones casi pueriles. No pasaba de los 20 años. El chico se puso en pie con el fusil temblando en la mano y sus miradas se cruzaron en unos eternos segundos. Ninguno de los dos quería ni podía empezar el duelo. Los ojos del muchacho se hicieron agua y con un gesto de rompedora desesperanza soltó el arma, dando paso a un llanto silencioso. El sollozo pasó a una sucesión incontrolables de hipidos. La mano de Pedro se derritió y dejó caer el fusil a sus pies. Los dos hombres se encontraron frente a frente y se fundieron en un abrazo. Pedro lloraba en silencio mientras el cuerpo de aquel joven le aportaba la calidez que tanto necesitaba.
Y entonces ocurrió. Un olor metálico inconfundible supuraba de la ropa de aquel muchacho. Era sangre. Ese tufo le trajo a su mente el recuerdo de las muertes de sus camaradas de forma mucho más vívida si era posible. Y vio a Adrián sujetándose las tripas, a Paco con la boca abierta y callada, a Juan gritando en un charco de sangre, a Alfonso y a tantos otros. Vio con total nitidez la vereda del rio de su pueblo, la novia que nunca tendría, la vida robada… El miedo y la rabia turbaron su mente y sintió un fuego encenderse en sus tripas que se avivaba e inundaba todas las partes de su ser. Las manos que abrazaban el cuerpo del muchacho subieron hasta la garganta y la apretaron hundiendo los dedos con una fuerza que salía de adentro, de muy adentro. Se puso frente a la cara del joven que lo miraba con ojos incrédulos y vidriosos y siguió apretando hasta que la mirada quedó vacía, muda. Pedro colocó con mucho cuidado el cuerpo sin vida de aquel desgraciado en el suelo húmedo.
A lo lejos se oían aviones que se acercaban y las bombas comenzaron a caer a discreción.
He decidido dejar a Pedro sordo. No va a escuchar nada, todo va a quedar en silencio. Es lo último que esta narradora quiere concederle.

