
"Por hache o por be" por Mariángeles Salas.
Si a través de una composición lírica en estrofas alguien tuviera que ensalzar ese electrodoméstico pequeño que quita las arrugas de la ropa, dicen, en un santiamén, ¿cómo lo describiría?... ¿Que es “dominadora” y “afectuosa” depende del tejido que roce, o que su calor es como la “pasión” que arde en nuestros corazones? Difícil veo yo este cometido, vamos, que antes se le hacen unos versos a un bocata de chistorra que a una plancha por mucho vapor que tenga.
Dicen que fueron los griegos los que en el siglo IV a.C., utilizaban una barra cilíndrica de hierro sobre las prendas, tras haber sido calentada; luego llegaron los chinos con sus sartenes de metal rellenas de carbón y los vikingos, que en el siglo X, además de no dejar títere con cabeza, eran la mar de cuidadosos con los pliegues de sus vestimentas.
Mucho más tarde vinieron las planchas de hierro que se calentaban al fuego y que hoy se venden como elemento decorativo; hasta que un neoyorkino llamado Seeley inventó, en 1882, la plancha eléctrica con resistencia. Y ahí se estableció una relación amor-odio entre ella y todos los que plancharon, planchan y plancharán.
Eso que da gusto verlas en la tienda, tan ligeras, elegantes..., con depósito de agua para generar vapor, con un precioso termostato que asegura el mantenimiento constante de la temperatura, y algunas hasta con control anti-quemado y de ahorro de energía, por no hablar de las vaporetas que sirven tanto para limpiar como para quitar arrugas de la ropa.
Pero, visto lo visto, creo que ni con esas; que planchar no mola, ¡ea!.. y menos, cuando son muchos de familia y el trabajo se puede convertir en la labor de nunca acabar; y si encima hay tejidos difíciles, para qué hablar. Pero, como para gustos, los colores, hay gente que se relaja en compañía de nuestra “amiga” y más en los días fríos, grises y melancólicos, y lo planchan todo, hasta los trapos de cocina y los calcetines.
El otro día una amiga, un poco bruta, la verdad, me contaba que había tenido que ir al médico para que le mandase algo porque le dolía mucho la espalda, aunque ella ya sabía el motivo. La culpa de su dolor la tenía la pobre plancha. Nada de pensar que podría tener algún problema en la columna, algún pinzamiento, alguna infección o tal vez fuese su sobrepeso.
El caso es que el pobre médico, en vista de que no se bajaba del burro, y erre que erre con que era la puñetera plancha, le recomendó que no centrifugara tanto la ropa, que no usara agua caliente y que, por supuesto, no llenara a tope el tambor de la lavadora; luego añadió que la tabla de planchar debía de llegarle a la altura del ombligo, y que era recomendable mantener un pie en alto y apoyado sobre un reposapiés, alternando con el otro. Finalmente le recetó una caja de aspirinas y le deseó un buen día.
Hoy me la volví a encontrar, más chula que un ocho, y me contó que se había comprado un “armario secadora”, que han lanzado al mercado, y que elimina todo tipo de arrugas con tan solo colgar la ropa en unas perchas. Y que, por supuesto, le desaparecieron los dolores de espalda.
Eso sí, que, por falta de espacio, ha tenido que poner al maravilloso ropero secador en el salón, al lado del televisor, y de la colchoneta de su perro Pupy. Nos ha invitado a todas las amigas a tomar café en su casa para que veamos el artilugio. Y dice que, a partir de ahora, es como un miembro más de la familia.
Al final, no sé por qué me da, que aumentaremos las familias. Y si no, tiempo al tiempo…