
Estoy cansado:
sé que una monja tiene vocación de sombrero
y un enano, problemas con la lluvia.
Sé que el mar no es un círculo
ni el cielo,
el contorno de una mujer vacía.
Sé bien que en los últimos años
nada conseguí,
acaso una inmensa fortuna.
Sé que usted, señorita,
alguna vez fue prostituta,
que no hace el amor a oscuras
y que va al supermercado
los días de oferta a comprar
sábanas y tumbas.
Sé que tiene hambre y debe pagar,
de alguna forma,
la hora de la siesta.
No se preocupe.
Para eso hay vacíos
̶ como yo ̶
que coleccionamos saliva
y pagamos sexo con mentira.
Y no somos felices.
Pero tampoco queremos
ni podemos
sujetarnos
ni desprendernos de nosotros
como jóvenes
o larvas
que se succionan a sí mismas.
Prefiero comprar, señorita, una hora de su siesta;
pedirle que me hable o me teja un suéter diminuto,
que cierre mis cortinas
como se cierra la jaula
de un animal sin colmillos,
sin garras
y sin nombre.
Sé bien que esta noche no veré a la noche,
que las estrellas apuñalarán mis ojos
y los cocodrilos masticarán mi sueño;
que nadie se detendrá a lamerme
o cocinarme.
Seré denunciado
ante autoridades inexistentes
porque mi silencio enferma el canto de los niños.
El interrogatorio será largo:
de ningún sitio emanará el olor a pan
que perciben los inocentes
cuando el mundo se ciñe sobre ellos.
No habrá olor a pan,
a la hora de mi llanto.
Y una vez exiliado en el país de la ausencia
podré diseccionar colibríes,
venderlos afuera de las cantinas y las iglesias.
sin nada de qué enorgullecerme:
mis familiares seguirán sin hablar de mí.
Ya lo dije: estoy cansado.
Y no hay verbo ni bien
que nadie pueda hacerme.
Sueño con mis padres
(en la vigía fueron devorados por un cocodrilo).
Me miran, desde el agua, me miran,
los escucho decir:
Descansa, hijo, descansa.
Pero de nada me sirven sus palabras
porque el cansancio es el mar,
el vacío
el cielo
o un enano
ahogándose en la lluvia.