
Análisis de la obra de Annie Ernaux, por Pedro Blanco.
Muchas veces tuve la tentación de leer un libro de Ernaux. Nunca lo hice. Tenía la intuición de que no era posible contener alta literatura en esos libros tan finos, tan pequeños, de letras tan grandes. Esto es lo que se denomina un pre-juicio.
Viendo que le concedían el premio Nobel me propuse superar mi instintiva prevención y leí cuatro de sus libros: Una mujer, La ocupación, Pura pasión y El acontecimiento. Dos de ellos están publicados en Tusquets y los otros dos en una cuidada y hermosa edición de Cabaret Voltaire.
Con la experiencia de estas lecturas ahora me siento en condiciones de emitir un juicio fundado: mi intuición no me fallaba. Considero que la escritura de Ernaux es mediocre, básica, elemental. No existe trama ni construcción de personajes ni estilo literario ni arquitectura de composición.
Los libros de Ernaux que he leído ocupan entre las sesenta y las ciento diez páginas. No son novelas, son esquemas sin desarrollar, casi escaletas. La autora no estructura sus escritos, sencillamente se dedica a contar anécdotas, hechos, vivencias, experiencias. Sin más.
Sus libros relatan una pasión amorosa, una experiencia de celos, un aborto, la muerte de su madre. En sus libros hay mucho sexo. Hay esperma, eructos, pollas (uso sus palabras), mamadas. Hace el amor sin anticonceptivos, sin pensar en las consecuencias (siguen siendo sus palabras), se somete a pruebas de sida, a una interrupción clandestina del embarazo.
Lo que yo veo en sus libros es una mujer valiente y honesta que no repara en mostrar sus emociones y experiencias. Una mujer que vive con intensidad y coraje. También veo un ser humano sometido, que no controla su vida, que cae irreflexivamente en una pasión amorosa que no le conviene, que se ve dominado por los celos. Los libros de Ernaux son pura emocionalidad.
Sus textos tienen el mérito de la sencillez, sí. De la valentía, también. De la defensa del feminismo, sin duda: “Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo” (El acontecimiento).
Es de agradecer su intención de obtener lo universal mediante lo concreto: “Ya no es mi deseo, ya no son mis celos los que están presentes en estas páginas, es el deseo, son los celos y yo obro desde la invisibilidad” (La ocupación).
O como escribe en El acontecimiento: “Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros”.
Es por estas virtudes por las que obtuvo el premio Nobel. En palabras de la Academia: “por la valentía y la precisión clínica con las que desvela las raíces, el extrañamiento y las limitaciones colectivas de la memoria personal”.
Pero yo me pregunto si esto es suficiente para ser galardonada con el mayor premio literario que existe. Uno lee los librillos de Ernaux y los compara, por ejemplo, con las densas, hermosas, trabajadas, sofisticadas, sugerentes, inquietantes novelas de Javier Marías y no entiende las decisiones de la academia sueca.
La propia Ernaux lo reconoce en Una mujer: “Esto no es una biografía, ni una novela, naturalmente, quizá algo entre la literatura, la sociología y la historia”.
Pero ni siquiera literatura porque ella misma dice en ese libro: “Pero quiero permanecer, en cierta forma, por debajo de la literatura”.
Yo creo que lo consigue.