
“Por hache o por be” por Mariángeles Salas.
Sabemos que existen personas que tienen verdadero pánico cuando tienen que hablar en público, y que, incluso, algunas se apuntan a clases para combatir ese miedo, sobre todo si de ello depende su vida profesional. No quieren tener sudores ni temblores y mucho menos quedarse en blanco a causa de los nervios.
Gracias al habla nos podemos relacionar con los demás, aunque, a veces, en esa relación, nos encontremos con gente que nos “martiriza” en la esquina de alguna calle, contándonos, de pe a pa, todos los pormenores de su vida o de la vida de los demás. Esa verborrea incontenida, ese hablar por los codos, consigue que el sujeto que escucha “casi siempre a la fuerza” termine consumidito y sin energía, mientras piensa que el hablante en cuestión, es un “paliza, un plomo y hasta un plasta.”
Los médicos dicen que esa ansiedad que demuestran al hablar es un trastorno de la personalidad que hay que tratar para evitar males mayores. Si tuviéramos que elegir, para expresarnos con los demás, entre el lenguaje oral o el lenguaje escrito, seguramente preferiríamos el primero; ya que “darle a la sin hueso” es un acto espontáneo, descuidado y visceral, donde uno se puede saltar a la torera todas las reglas habidas y por haber, y no pasa nada. Porque la palabra, una vez hablada, vuela y no torna; en cambio, las escritas, siempre quedan.
En esta vida también existen circunstancias personales que hacen que algunas personas tengan la necesidad de contar lo que les preocupa, aunque te acaben de conocer. Eso fue lo que me ocurrió, la semana pasada, en una pastelería de Oviedo. Fue entrar, decir: “buenas tardes” y sentirme “presa” de una situación con la que no contaba. No sé si la buena mujer me ofreció una riquísima “marañuela” para amenizar el rato o fue en señal de gratitud por la escucha. El caso es que me soltó, como si tal cosa, que se iba a separar de su marido porque era el vivo retrato de Vicente, el vecino que siempre está cansado, en la serie “La que se avecina”. Casi me atraganto con el dulce, pero ella siguió a lo suyo. “Sí, mujer, es el prejubilado, ese, que siempre está en chándal y tirado en el sofá viendo la tele”. Pues son igualitos. Pero claro, yo no tengo tanto aguante, y ya le he dicho que o cambia o c´est fini, como dicen los franceses.
Como esperaba que al final de su monólogo yo interviniera, pues le recomendé que dejara por unos días las brumas asturianas, y viajara con su marido hasta nuestro alegre y soleado Alacant, a ver si con el cambio mejoraban sus relaciones. Fue al despedirme y desearle buena suerte, cuando me acordé de una frase que decía el canciller Adenauer: “Todos los órganos humanos se cansan alguna vez, salvo la lengua.” Qué razón tenía…