
Reseña realizada por Begoña Curiel.
Entretenida aunque esperaba más. El comienzo es de infarto pero la trama, un tanto enmarañada, va perdiendo fuerza. Tampoco ayuda que se barrunte demasiado pronto el desenlace.
El suicidio de diez personas de forma simultánea desde un hotel de Madrid es un arranque brutal. A priori las muertes y los fallecidos no tienen relación entre sí. Lógicamente, no será así. Una pequeña pista se convertirá en el hilo del que estira el forense Santi Munárriz.
Es un personaje muy atractivo que promete. En mi opinión, se sobredimensiona tanto su potencial que se eclipsa a sí mismo. Algo parecido ocurre con el otro personaje principal: Berta Gigliani, la periodista con la que se reencuentra después de haber desaparecido hace años sin dar ninguna explicación. Los sucesos eran su trabajo y, al regresar –mejor no adelantar más–, sigue rodeada de ellos.
El ramo de secundarios, (otra periodista, un pirata informático, la hermana de Santi, el hermano de Berta...) se suma a la enorme marabunta que teje Delito con personalidades extremadamente llamativas. Es lógico que la escritora cree perfiles interesantes para dar intensidad a la trama, pero que todos, todos, –cada uno a su manera y por diferentes motivos– sean tan sorprendentes... no resulta verosímil. Ya sé que con personajes planos no se va a ningún sitio, pero adaptarlos tanto, tanto a tus necesidades narrativas, termina por no ser demasiado sutil.
De la misma manera intenta llevar a su terreno, hechos, circunstancias y diálogos, pero no siempre encajan sin que chirríen. Especialmente, los relacionados con la profesión de Santi. Soy consciente de que los fraudes y chanchullos existirán y no sólo en su oficio, pero que casi no falte ni uno –por así decirlo– no me convence, la verdad.
Delito es excesiva en muchos sentidos, también en cantidad. Sobran páginas que no aportan al nudo principal y a las subtramas, que no son pocas. Y a pesar de todo, hay que reconocer que la novela procura buenos ratos de entretenimiento. También que hay mucho trabajo detrás para elevar un edificio de la dimensión de Delito, por el que pululan mafias que revuelven las vísceras.
Es la segunda novela que leo de Carme Chaparro, pero No soy un monstruo, sin duda, me dejó mucho mejor sabor de boca.