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El año de la sal - María Jesús Peregrín

Reseña realizada por Begoña Curiel.

De cómo el odio y una situación extrema pueden convertirnos en algo que no somos. Lo demuestra con acierto El año de la sal, de narrativa contundente y cuidada. Se respira amargura y se sufre junto al protagonista la evolución en los recovecos de su mente. El relato en primera persona refuerza la intensidad de la trama.

1945 en Pulpí, Almería. La hambruna y las desgracias de la posguerra pesan como una losa. El joven Ginés, sustituye a su padre enfermo recogiendo tápena (alcaparra) en un cortijo donde el mandamás no sabe el significado de la palabra piedad. Con ninguno de sus jornaleros en general. En particular, con el chaval, que no parece tener demasiada habilidad para el campo.

Sea o no así, presiona el patrón con sus quejas hasta la humillación. A Ginés le hierve la sangre. Sobre su espalda, la enorme responsabilidad de conservar el trabajo. No quiere imaginar que su padre pueda ser obligado a regresar de nuevo al tajo. El chaval piensa en dejarlo todo para marcharse a Las Salinas, donde ese oro blanco, la sal, podría ser una salida. Pero una cosa en querer y otra, poder.

Superado por las circunstancias y prácticamente sin apoyos –la supervivencia manda sobre la solidaridad–, en el alma de Ginés se atrinchera la impotencia y el rencor aunque no sea la salida más inteligente. Lo mejor sería bajar la cabeza y aguantar, pero la juventud de la sangre corre soberbia por sus venas.

La narración de María Jesús Peregrín pincha y duele cuando desnuda la angustia y el odio enconado del adolescente. Sabemos que algo va a ocurrir, y esa certeza incrementa la tensión en este thriller psicológico, donde el ritmo lento –necesario para centrarse en el pensamiento y emociones de Ginés–, se me fue clavando según se acercaba el desenlace.

Parece que todo está muy claro; la escritora da a entender lo que va a suceder, pero los requiebros de la narración, aceleran la respiración del lector. Peregrín nos sumerge de manera efectiva en la ansiedad, la espera tornándose eterna aunque parezca que todo ocurrirá de inmediato. Acercándose el desenlace, en mi cabeza parecía sonar una banda sonora tenebrosa anunciando la desgracia de una u otra manera. Qué bien lo ha hecho transmitiéndonos ese miedo e ira a partes iguales de Ginés, como si de una bomba de relojería se tratase.

Pero dejo ya a un lado, lo relativo al final, que ya de por sí, merece la lectura de El año de la sal. Me gustaría destacar otros aspectos de la novela, como es la ambientación de esa dureza en el campo. Se siente la desesperación de aquellos amargos años. Que la vida era dura es decir poco. El ordeno y mando del terrateniente escalofría. No hace falta siquiera que esté de cuerpo presente.

Sus recaderos y el temor del resto de los campesinos sobrevuela en la plantación. No hay momento para el descanso, y no me refiero tanto al físico sino a la carga que aporta el aura opresiva y hostil del lugar que Peregrín describe de forma excelente. Aunque Ginés cuente con un aliado en la desesperanza –su amigo Matías– al final, tendrá que enfrentarse solo con los agotadores tropiezos de cada jornada.

Hay otro componente que me ha resultado muy interesante. El lenguaje, la forma de hablar, localismos, expresiones y palabras de aquellos años –aunque algunas siguen valiendo en la actualidad – que enfatiza la letra cursiva. Pareces estar escuchando a la gente que habla en la novela. Tanto en la ambientación como en este último apartado, se nota el buen trabajo de documentación realizado por la autora.

El año de la sal deja huella y sobre todo, empatía hacia el sometido, y el que no conoce la justicia, ni entiende por qué siempre son los mismos quienes sufren la herida, esos que la tierra pareció colocar en el escalón inferior esperando el golpe. Empatía con esas vidas que explotan por presión acumulada, incapaces de cruzarse de brazos por más que “las cosas sean así”. Este texto me sugiere un canto a la rebeldía más furiosa.  Lo disfrutarán.

Publicado el 6 de mayo de 2024
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