
Ficha técnica:
Autor: Rebeca Aracil Illan
ISBN: 978-84-19871-03-9
Páginas: 76
Año edición: 2023
Editorial: Loto Azul (Olé Libros)
Encuadernación: Rústica
Sinopsis:
El aullido de la piel es un retrato íntimo y social sobre aquello que nos daña sin ningún tipo de piedad.
Rebeca, a través de un estilo visceral y valiente, nos invita a reflexionar sobre la lucha diaria contra las adversidades que nos asaltan y propone una forma de asimilación estoica ante ellas. Injusticia, violencia, incultura, enfermedad o nostalgia son enemigos a los que hay que enfrentar con la verdad del herido y con la rabia del indignado; por ello, cada poema resulta ser un alarido desgarrador que simboliza al ser humano en su estado más vulnerable y, al mismo tiempo, en su rostro más resistente.
"Poetas y Poesías" por Ismael López Gálvez. Escritor y filólogo hispánico.
La laxitud conceptual de nuestros tiempos ha difuminado ciertas líneas que ofrecían, cual exquisita cartografía, orientación para los océanos de la lectura. Ahora se dice que todo es poesía y cualquiera poeta, que no hace falta conocer la tradición para seguir avanzando y que uno puede ser como Virgilio —o mejor— sin mucho esfuerzo y con un poco de suerte, pues las redes sociales nos han otorgado el don del de Mantua. Sin embargo, nada de esto es cierto: la poesía hay que trabajarla y, para ello, se debe conocer su materia prima, así como la téchnē que eleve lo natural a la categoría de arte. En ese sentido, Rebeca Aracil Illan (Alicante, 1973) es paradigma del alfarero de la palabra, del hacedor de versos. Y es que, cuando un escritor lee, se nota y mucho. Ya desde muy joven, Rebeca ganó tres años consecutivos el 1er premio Poesía del Día de la Paz y otros similares organizados por el C. P. Ricardo Leal y el Ayuntamiento de Monóvar. No sabemos lo que aquellas líneas estéticas nos ofrecían, pero sí en qué culminaron: en Caricias del levante (Amazon, 2021); y en su encomiable último poemario, El aullido de la piel (Loto Azul, 2023).
Su más reciente obra reúne treinta y un poemas organizados en tres partes: «Sombras tatuadas», «Otras sombras me hostigan» y «El refugio del alma». Con el primer conjunto, la aurora recibe a los poderes fácticos a porta gayola, sin miedo. Sus versos son claros pero afilados; su tono, una denuncia, una delación noble, mas no solo por ella, sino por los demás. Como Celaya, Rebeca pone la poesía al servicio de lo social, vuelve a la palabra comprometida y no le tiembla la voz si debe aullar ante injusticias como los abusos del sistema, el inconformismo borreguil del pueblo, la deshumanización burocrática, el caos de la modernidad o el dolor de la guerra, entre otras. Aun así, no se trata de una arenga de rey, sino de guerrero: Rebeca se calza las grebas y empuña la adarga como uno más, situándose al frente, en primer línea, tal y como hiciera Aquiles ante sus mirmidones.
Que truenen
poemas para los justos
y palien la masacre
que nos acecha.
Las conciencias
huecas no llenan las calles.
Dicen que cuando no quedan enemigos externos, los buscamos dentro de nosotros. Pues debe ser así, ya que, con «Otras sombras me hostigan», la poeta parece virar hacia el interior y recoger los restos. Si bien mantiene su cadencia sentenciosa y el ritmo taquigráfico de la primera parte, en este segundo conjunto los versos se tornan más íntimos, señalan las heridas que la menguan, pero que dan sentido a su piel:
Me encharcó la decepción. Todo
fue poco para ti. Esta trillada
media luna ha vuelto
a la tranquila rutina
de la soledad.
Pese a ello, no se trata de un canto lastimero, no. Tampoco de literatura de sutura. Es algo más valiente, mucho más: escribir la herida desde la madurez serena, con imperturbabilidad estoica. Porque, si bien «hay días que jamás deberían vivirse», no nos queda otra que «sentir cómo [el corazón] agoniza, pasando el duelo».
Como toda batalla, la destrucción da paso a la recogida de los restos, y ésta a la construcción de algo nuevo, mejor. De este modo se presenta «El refugio del alma», donde la palabra iza murallas y la Poesía —sí, en mayúscula— se postula como la única forma de sanar la vida, un abrigo ante la ventisca de la enfermedad, pero también como el único método de ser mejores y como la única posibilidad de vencer a los gigantes y no renegar del ansia de vivir. No extraña que la poeta se encierre en una jaula de letras y tire la llave para siempre.
Esta cabra se retira
al cerro.
Embestiré
contra todo lo que me impida
amarme.
Con todo, en El aullido de la piel habita un equilibrio interesante, casi paradójico, pues mientras sus versos observan y señalan al exterior nunca renuncia a la mirada íntima. Algo similar ocurre con su estilo: lo ofrece envuelto en una sutil dicción coloquial, pero aderezado con referencias culturalistas. Esto manifiesta dos cuestiones fundamentales para entender la poética de Rebeca Aracil Illan: por una lado, huye de la vanidad barroca del escritor novel de la que hablaba Borges; y por otro, impregna algunos poemas de aquellas lecturas que la han traído hasta aquí. Con especial interés por don Quijote de la Mancha, cuya sombra abre y cierra un poemario escrito con valiente aullar para infundir valor.