
Se llamaba Eduardo, aunque todos lo conocían como “El boticario” porque regentaba una farmacia en su barrio. Era un tipo cercano a los 70 años, bien parecido, y siempre dispuesto a ayudar a todo el que necesitase su consejo. En el vecindario, raro era la persona que no tuviese una palabra de afecto hacia él. Es más, hasta una gestora de fiestas tenía en mente proponer que, para el próximo año, uno de los ninots de las Hogueras de San Juan, lo representase en su distrito.
Eduardo salía de casa, todos los días, a las siete y media de la mañana, lloviese o luciese un sol resplandeciente. Desayunaba una tostada con aceite y un café con leche en el bar de Paco, cliente habitual y ya casi un buen amigo. Y cuando terminaba de dar los buenos días a los parroquianos, que a esa hora coincidían con él, encaminaba sus pasos hacia la farmacia que, años atrás, había heredado de su anciana madre.
Cuando giraba la llave y entraba en aquel mundo de ciencia y de secretos, Eduardo aspiraba el ambiente de limpieza, de orden, de cajas bien apiladas en las estanterías, de las bolsas nuevas recién recibidas, hasta incluso el del rastro tenue de lavanda de las cremas de mostrador. Pero, también inhalaba otros olores. Olores que, por desgracia, no podía hacer desaparecer con ninguna clase de ambientador porque estaban incrustados en las paredes, en el techo, en el suelo, hasta incluso sobre las estanterías de autoservicio donde los clientes podían coger productos como analgésicos de venta libre, suplementos naturales, tensiómetros o simplemente cualquier producto para bebés.
Y los hombros del boticario, entonces, empezaban a tensionarse, acumulándose, según creía él, los dramas, las tristezas, los miedos, los “quiero un milagro”, por favor, y tantas y tantas experiencias negativas, que pululaban sin ningún control, bailando de manera invisible, a ojos de cualquiera que pisase su farmacia, excepto para él.
Ya habían pasado más de 10 años desde que su esposa y único hijo muriesen en un accidente de aviación. Nunca podría olvidar ese día, un fatídico 24 de marzo de 2015. Un vuelo, que partió del aeropuerto de Barcelona-El Prat con destino a Düsseldorf, y se estrelló en los Alpes franceses, acabando con la vida de las 150 personas a bordo, entre ellos, sus dos únicas razones para vivir.
Eduardo tuvo que vencer muchos obstáculos para volver a ser, en parte, lo que sentía que se había hecho añicos para el resto de su vida, su esencia. Pero en medio de aquél caos, y del vacío que sentía, fue capaz de construir, entre lágrimas, un puente que lo mantuviera en pie, y esa fue su farmacia, que se convirtió en el paracaídas que desplegó justo a tiempo para no caer.
Aunque tenía buenos amigos, no solía frecuentarlos con la asiduidad que a ellos les hubiera gustado tener. De vez en cuando una cena, casi por compromiso, o algún evento inevitable como ir al hospital cuando alguno estuvo hospitalizado o bien asistir a alguna ceremonia de carácter familiar que no podía eludir de ninguna de las maneras.
De entre todos sus amigos, era a Roberto, al que más apreciaba. Ya fuese porque también estaba solo como él. Su mujer lo había abandonado marchándose con un compañero de trabajo con el que había tenido dos hijos, o quizá porque eran igual de curiosos, pese a que las discrepancias eran tan evidentes que, a veces, dejaban el tema aparcado para no terminar discutiendo.
Si Eduardo era hincha del Real Madrid, Roberto lo era del Barcelona. Si uno era de derechas, el otro de izquierdas, si uno seguía acudiendo a misa los domingos, el otro era ateo. Si uno creía en los alienígenas, el otro, completamente escéptico, sonreía… Y así una gran lista de diferencias que, curiosamente, en vez de separarlos, más los unía. Nunca pretendieron ser iguales, pero en esa diversidad encontraban el equilibrio a través del respeto que se profesaban.
Una tarde, cuando Eduardo daba por terminada la jornada en su farmacia, recibió un WhatsApp que le dejó pensando más de la cuenta. En él, Roberto, le invitaba a una especie de charla curativa, ofrecida por una mujer que, según le había dicho un vecino muy allegado, sanaba las heridas emocionales.
De camino a casa fue reflexionando sobre aquella propuesta. Sus heridas—pensó— las llevaría toda la vida por más charlas que escuchara. Es más, incluso, cuando se tomaba algún relajante muscular para esos espasmos que, cada vez le daban con más frecuencia en la cama, sentía profundamente que esa noche no volvería a revivir, junto a su mujer y su hijo, todas esas aventuras que, a través de los sueños, se hacían casi realidad.
Después de cenar frugalmente, Eduardo cerró las cortinas de su habitación y, como hacía siempre, se sentó con calma en la butaca, justo frente al espejo ovalado de marco dorado que su mujer había elegido con tanto cariño cuando se mudaron por primera vez a aquel magnífico piso.
Pensó de nuevo en Roberto. Seguramente aquella mujer sería una oportunista que vivía con el dolor ajeno, sin importarle el daño que podría causar. Iría, ya lo creo. No soportaba a los embaucadores que se lucraban con las desgracias ajenas. Y, es más, llegado el momento, la desenmascararía en presencia de todos.
Cuando las manecillas del reloj se fueron acercando a la medianoche, y él ya había entrado dentro de su mundo interior a través de la meditación. Una suave neblina, la misma de todas las noches, empezó a formarse sobre el cristal del espejo, hasta que apareció la mano pequeña de un niño invitándole a entrar a esa otra dimensión. Ese era un secreto que guardaba en lo más profundo de su ser, un misterio que solo él conocía, y que nunca revelaría porque dirían que había perdido la razón.
Al día siguiente, los dos amigos se dirigieron a casa de la supuesta vidente, y al llegar, fueron conducidos por una especie de secretaria hasta una amplia sala de espera decorada con retratos de famosos astrólogos y adivinos. Acto seguido les tomó nota de sus nombres, y les dijo señalando a una pareja que esperaba en la estancia:
—Los señores de García están delante de ustedes. Y en cuanto salgan del despacho de Madame Colibrí, pueden pasar.
La sonrisa de Eduardo se hizo más manifiesta, despertando una intranquila curiosidad en Roberto.
—Luego… luego te contaré —le dijo en voz baja, mientras saludaba cordialmente a la pareja, que le devolvía un gesto amable.
Pronto se entabló la conversación entre los cuatro. Por lo visto, la señora acompañaba a su marido que sufría de insomnio y pesadillas desde hacía un tiempo, aclarando que la tal madame Colibrí hasta le había curado de su ciática un par de meses atrás. Roberto, entonces, intervino haciendo un repaso completo de sus achaques y sus obsesiones. Y al final de la conversación, y para no ser menos, Eduardo se puso a relatar sus supuestas cuitas. No nombró para nada su verdadera desgracia, desde hacía 10 años, y se puso a relatar, ante el estupor de su amigo, un extraño malestar que le impedía mover el hombro derecho por exceso de contractura en los trapecios.
Cuando la secretaria llamó a los señores de García y estos se dirigieron al despacho de la curandera, Roberto le expresó su extrañeza.
—No les has dicho nada de la muerte de tu mujer y tu hijo y les has contado que tu dolencia es un dolor en el hombro…
Y Eduardo sonrió enigmáticamente.
—Bueno… No me gusta hablar de mis problemas con extraños.
Después de un rato, salió la pareja muy sonriente y ellos procedieron a entrar en el despacho de la señora Colibrí. Se trataba de una estancia en semipenumbra, solo iluminada por un candelabro sobre la mesa de despacho donde una bola de cristal reclamaba todo el protagonismo. Madame Colibrí era una señora gorda muy enjoyada y muy parecida a una vidente que salía en una película de Steven Spielberg. Les pidió silencio para concentrarse y estuvo un rato mirando la bola de cristal y pasando sus manos gordezuelas sobre su superficie…
—Ya… ya… ya lo veo, señor Eduardo Mínguez, y veo un dolor muy molesto en el hombro derecho.
Eduardo se puso en pie, ante la mirada sorprendida de su amigo Roberto y se quedó sin palabras cuando le oyó vociferar como una verdulera en el mercado.
—¡Te pillé, pajarraca! ¡Te pille!... Los señores de García son tus chivatos. ¿No es así? Lo de mi dolor de hombro era una puta mentira, un señuelo para cazarte, ¡maldita timadora, que te aprovechas de la buena fe de la gente!
Al escuchar el escándalo, la secretaria mandó a dos fornidos muchachos que irrumpieron en el interior del despacho. Pero antes de que la vidente se esfumara tras unas pesadas cortinas de terciopelo y la bola de cristal rodase por el suelo hasta estrellarse y romperse en mil pedazos. Incluso antes de que Eduardo y Roberto casi se liasen a puñetazos contra aquellos dos individuos, Madame Colibrí, riéndose como una hiena con labios pintados de rojo cereza, exclamó:
—¡Volverás, hermano de la noche, porque, solo yo, sé tu secreto!
Poco después, los dos amigos marchaban sin mediar palabra por el estrecho callejón hasta llegar a la avenida.
Al ir a coger el coche, Roberto no pudo contenerse y le preguntó qué había querido decir Madame Colibrí con eso de su “secreto”.
—Ni secretos ni hostias —exclamó Eduardo golpeando el capó con el puño—. Estoy harto de jugar a los misterios. Gentuza, eso es lo que son todos estos bastardos que se dedican a sacar el dinero a la gente crédula a la que engañan diciéndoles que ven lo que otros no pueden ver. Tendrían que estar todos en la cárcel —añadió mientras se introducía en el interior del automóvil.
Roberto no quiso insistir más porque intuía que “algo” le había descolocado aunque se esforzara en mantener el gesto firme. Lo dejó en el mismo portal de su casa y con un gesto de decepción y casi de tristeza le dijo “Lo siento, Eduardo, si llego a saber todo esto…”
—No te preocupes, amigo. Tú lo has hecho de buena fe, pero hay situaciones que simplemente no tolero —. Buenas, noches, Roberto.
Y saliendo del coche lo vio partir. En ese momento Eduardo pensó en tomarse una copa en algún bar próximo, pero intuyó que acabaría con la botella. Por eso, y mirando el reloj, decidió abrir la puerta de su edificio y pensar detenidamente en aquellas palabras que aún le seguían retumbando en la cabeza.
Abrió el frigorífico y sacó una cerveza. Descorrió las cortinas de su habitación y abrió la ventana intentando respirar, pero el aire fresco no logró despejar el peso que sentía en el pecho. Qué estratagema estaría urdiendo aquella mujer para hacerle sentir inquieto. No podía quitarse la sensación de que cada palabra que dijo iba con una intencionalidad oculta. Aquella noche no se sentó en la butaca de madera para meditar, porque aunque intuyese que todo estaba orquestado, y que se lo diría a más de uno, un ligero escalofrío le recorrió la espalda. Era como si el silencio de la habitación le hiciera un guiño para no volver a abrir la puerta a lo desconocido hasta que no desentrañara aquel misterio.
Volvió a recordar las palabras de aquella mujer, que resonaban en su mente con la fuerza de un conjuro: “¡Volverás, hermano de la noche, porque solo yo sé tu secreto!”. No era una acusación abierta, pero contenía una certeza fría y cortante que le helaba la sangre. ¿Qué sabía ella?
Apenas había transcurrido un mes desde aquel hecho que le había conmocionado hasta el extremo de cambiar su concepción del mundo. Las clientas le animaban a que cambiase su forma de alimentarse porque le veían más delgado y taciturno.
Los comentarios iban desde si volvía a estar enamorado hasta si alguna preocupación le estaba carcomiendo por dentro. El caso es que no era el mismo Eduardo, alma de la farmacia más concurrida del barrio. Y él notaba esa zozobra desde que se levantaba hasta que se metía en la cama y se tapaba la cabeza con la almohada para intentar ahuyentar sus miedos.
Hasta que, por fin, aquel 10 de noviembre, obtuvo una cita para encontrarse a solas con Madame Colibrí, y que esta le contase el secreto que él guardaba para sí, desde hacía años. Y si era capaz de decirle que, a través de la meditación, él lograba conectar con sus seres queridos, que seguían existiendo en algún lugar más allá de esta dimensión—, le pediría perdón por no haber creído en ella.
Madame Colibrí lo recibió en su despacho, iluminado esta vez y con los dos guardaespaldas tras ella, con cara de feroz desconfianza.
—Usted perdone —le dijo la vidente con gesto adusto—, pero dada la violenta forma de terminar nuestra anterior reunión, he considerado que debería tomar precauciones.
Y Eduardo se limitó a expresar su conformidad asistiendo silenciosamente con la cabeza.
—Mire, señora —le respondió al fin—, el caso es que usted me increpó mencionando un supuesto secreto mío.
Y Madame Colibrí sonrió enigmática.
—Eduardo, ¿le dicen algo las siglas “3I/ATLAS”?
—Pues si no recuerdo mal es un cometa fuera del Sistema Solar que va a acercarse a nosotros por estas fechas, según afirman algunas revistas científicas.
—Exactamente. Veo que le interesa la ciencia. 3I/ATLAS es un presunto cometa extrasolar que fue descubierto el 1 de julio de este mismo año por el telescopio Atlas de Chile y, dicen sus descubridores que es un cuerpo rocoso alargado de unos 20 a 40 kilómetros, y que es el tercero descubierto de estas características en años anteriores. De hecho, algunos ufólogos han especulado sobre si ese cuerpo no será una nave espacial alienígena destinada a invadir y conquistar la Tierra… Y yo sé la verdad, afirmó Madame Colibrí.
Eduardo soltó una carcajada incrédula.
—¡Siiiii…? ¿Y cómo lo sabe? —le preguntó burlón.
—Porque ¡Yo soy uno de ellos!
Y ante el estupor de Eduardo, prosiguió:
—Hace algo más de un año, una cápsula auxiliar de mi nave, se adelantó acelerando su marcha hasta llegar a la Tierra. Dentro iba yo. Mi aspecto es muy diferente al de vosotros, los terrícolas. Somos más pequeños de estatura aunque nuestro cerebro tiene unas dimensiones y unas facultades superiores a las vuestras. Mis hermanos tuvieron que hacer un gran trabajo para darme la apariencia de esta señora que ahora aparento ser. La nave me dejó en la Tierra y yo adopté una profesión que me permitiera contactar con mucha gente. Y ahora estoy aquí y soy Madame Colibrí, una vidente enjoyada que les espía antes de nuestra inminente invasión.
—¿Y por qué me lo cuenta a mí? —preguntó Eduardo, todavía escéptico.
—Porque si lo divulga, nadie lo va a creer. Pero si pregona que no soy una verdadera vidente, entorpecería mi labor. Y eso no lo podría permitir. Tendría que eliminarlo…y no me gustaría, se lo aseguro.
—Pero si vienen a invadirnos, ¿qué importa eso?
—Sí, pero no para hacerles ningún mal. Venimos a salvarlos de ustedes mismos. Venimos a impedir que cualquier gobernante loco apriete el botón del apocalipsis. Venimos también a impedir que este planeta inteligente se suicide en una guerra nuclear, como ya ha ocurrido en otros mundos. Y cuando veamos que el peligro ha pasado definitivamente, nos marcharemos en paz, y no volveremos a molestarlos.
Cuando Eduardo salió de casa de Madame Colibrí, iba sumido en un mar de confusiones.
Por un lado si la presunta adivina era realmente una farsante, su comedia de espía extraterrestre quedaría en evidencia, y para eso faltaban unos días. Y si fuera verdad que venían a salvar a la Humanidad de su locura, pues bienvenidos fueran. Pero… ¿Y si venían a conquistarnos o a exterminarnos?
Y decidió callar por el momento.
Alzó la vista al cielo. Seguramente, pensó, 3I/ATLAS, fuera lo que fuese, cometa, nave o Dios sabe qué, ya estaría a la vista de un modesto aparato de aficionado. Así que se hizo el propósito de sacar del trastero su viejo telescopio reflector de 20 milímetros, montarlo, y después de consultar en el ordenador la posición del objeto, observarlo desde la terraza de su casa y convertirse en espectador de primera fila de una presunta invasión de la Tierra.
Pero a Eduardo solo le faltaba una cosa, estar antes con su familia. Daba igual si lo que tenía eran alucinaciones, encuentros espirituales, o contacto con otras dimensiones. El caso es que verlos en el Más Allá le daba fuerza para seguir adelante con la vida.
Así que poniéndose la bata de franela y las zapatillas afelpadas, se dirigió hacia la butaca, frente al espejo, a esperar que a través de su respiración pausada y su concentración, apareciese su hijo o su mujer. Hoy, tendría que contarles que “algo de dimensiones extraordinarias” venía hacia la Tierra, y, cómo no, hablarles de que Madame Colibrí, por muy extraterrestre que fuese, nunca sabría su maravilloso “secreto”.