
Reseña realizada por Begoña Curiel.
Es un guantazo desolador. Confirma lo que duele saber que existe: la corrupción que convierte a los medios de comunicación en vasallos de la política y la economía. Los conflictos bélicos que durante casi dos décadas cubrió David Jiménez se quedaron cortos de angustia comparados con su año de oficina como director El mundo.
No hay literatura ni ficción aunque se sirva de apodos para nombrar la flagrante perversión del periodismo a manos de las denominadas cloacas del Estado. Cloacas: poco nombre para el hedor entrenado en el manejo de marionetas. Poner el foco en esta podredumbre requiere de una valentía de proporciones descomunales, porque ni mil Jiménez conseguirían derribar un vertedero tan bien montado. Con resistirse tuvo suficiente: a mí me vale.
Le tenía ganas a El director. Imaginaba lo que iba a encontrar, pero el espanto desborda estómago y estado de ánimo. En su momento, algunos lo tacharon de “libro de cotilleos”. Pero con que fuese verdad la mitad del relato, es para espeluznar a cualquiera. Bueno, a cualquiera con una mínima conciencia y portador de ese denostado concepto de la ética. De la independencia en periodismo, esa suerte de ciencia-ficción, mejor ni hablamos.
Desfilan por el texto –entre otros “artistas invitados”– ministros y políticos varios, las propias empresas propietarias y accionistas de El mundo del momento en que David Jiménez “cayó” en el despacho, y por supuesto, periodistas. Las risas que se echarían las grandes esferas con su pretensión de ¡hacer periodismo sin ataduras ni pedir permiso y explicaciones a nadie! A quién se le ocurre...
Sorprendente fue su nombramiento –tan alejado David Jiménez de redacciones y reuniones de alto standing a puerta cerrada–; su cese fulminante, no. Cuando terminas El director piensas, «demasiado duró» aunque un año suene a suspiro.
Saber que las prácticas mafiosas conectan política y medios de comunicación corta el cuerpo, es una idea demasiado insoportable. Conocer pelos y señales de situaciones concretas, nombres y apellidos más o menos camuflados, retuerce las vísceras. Que alguien tenga la descabellada idea de contar esta verdad en un libro, resulta im-pre-sio-nan-te.
En su etapa al frente de El mundo, Jiménez quiso revolucionar el diario, conducirlo al universo tecnológico que hoy ya no es novedad y a mitad de camino, ¡zasca!:Goliath ganó a David. La crónica de su muerte anunciada estaba escrita antes de entrar en terreno pantanoso.
Lo desesperante es que este universo apestoso se interna y convive en multitud de despachos y redacciones. Sé que meter en el mismo saco a todo el conjunto sería injusto. Quiero pensar que los tentáculos de gerifaltes de las cloacas no llegan a todas partes y que algunas conciencias no descansan sobre determinadas almohadas.
Es difícil que esta reseña pueda centrarse en la escritura u otros factores que habitualmente comento con obras literarias. Pero es que, siendo una lectura sencilla y con ritmo, no deja de apabullar su contenido y la maravillosa osadía que representa.
Pese a que el final era previsible, no veo la salida de David Jiménez como un fracaso. Para nada. Cada uno pelea en la medida de sus posibilidades y con las dimensiones del rival que presenta este periodista, el alarde resulta épico. Sólo el hecho de que no quedarse de brazos cruzados, chillar de esta manera con vena gruesa en el cuello, me parece una auténtica hazaña.
Que el periodismo sufre una campaña de descrédito –merecida según qué medio– no es una opinión. Ojalá esta realidad no lo fuera. Y sin embargo, porque el desaliento no puede ni DEBE triunfar, estos pequeños, y a la vez, enormes granitos de arena denunciando a la secta de despreciables y patéticos palmeros de la comunicación, simbolizan una cruzada que no sólo se agradece, sino que es absolutamente necesaria. Son faros a los que asirse para no perder la esperanza y evitar el hundimiento del oficio frente a las botas de acero que pisan y compran voluntades.
Así cierra la sinopsis: «La prensa prometió contarte la verdad. David Jiménez te cuenta la verdad sobre la prensa». Ojalá, David, pudieras mentir y decirme que no es verdad, que El director es sólo una ficción...