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"El fin del verano" - Cristina Marqués

El socorrista cambió la bandera verde por la amarilla. La mar jugaba traviesa con los bañistas desde hacía un rato.

El sol de la tarde cada día era más benévolo y el verano empezaba a mostrar gestos de cansancio. Marta contemplaba absorta cómo se movía el mundo desde su atalaya bajo la sombrilla, mientras escuchaba a Colplay a través de los auriculares. Tres niños se afanaban por hacer un castillo de arena en la orilla, yendo y viniendo a llenar sus pequeños cubos de agua.

A su lado, tumbado en la hamaca, Pedro leía a través de sus dos gafas; las de sol eran necesarias para no cegarle, las de presbicia para apreciar las letras que se empeñaban en emborronarse. Por más que le insistió Marta, eso del aplique de lente de color para la gafa no era lo suyo. Decía que si lo miraba la gente por eso, al menos lo miraban por algo. Pedro andaba un tiempo un tanto melancólico. Quizá la madurez estaba haciendo mella.

Marta percibió que  su marido demandaba atención. La convivencia de quince años aligeraba la comunicación y no hacia falta hablar. Cualquier sutileza en el gesto, en la mirada, era fácil de interpretar. Esperó que terminara la canción y se retiró los auriculares. Mientras los guardaba en su funda, lo miró levantando una ceja, a lo que él respondió recolocándose en la hamaca.

—Marta, ¿tú eres feliz conmigo? —soltó a bocajarro.

Marta dejó caer la boca y sus ojos se hicieron redondos. Tomó el libro que estaba en su regazo y leyó el título en voz alta:

—“Ser valiente es mirar hacia adentro”. Sabes, creo que leer tanto libro de auto ayuda no te hace bien—dijo mientras retornaba el libro a su sitio, asiéndolo como si fuera venenoso.

Se miraron largo rato, o eso le pareció a ella, hasta que desvió la mirada.

—Puede ser—replicó Pedro al fin—pero no has contestado a mi pregunta.

—Qué cosas tienes, de verdad. Supongo que sí...ahora soy feliz, estamos en la playa, tranquilos, relajados, en paz. Se trata de eso, ¿no?

—No, no digo ahora en este momento. Hablo en general, ya me entiendes—dijo levantando las manos.

—No, no te entiendo Pedro. A estas alturas, sabes que la felicidad son momentos, no es en general—dijo matizando la palabra “general” poniendo comillas en el aire—. En general uno puede estar tranquilo, sereno...lo demás son momentos. Hasta ahora estaba feliz, en un par de horas puede que no—sentenció un tanto incómoda.

Hubo un largo momento de silencio y Marta contemplaba cómo los niños en la orilla avanzaban en su obra. El castillo ya tenia cuatro almenas y la muralla casi lo había cerrado. Un fuerte olor a crema del sol le llegó de la familia que terminaba de colocar la sombrilla al lado.

—Marta, tengo la sensación de que nuestra vida se ha detenido. No avanzamos. Todo es apacible, sereno...pero no caminamos. Estamos parados—expresó casi en un susurro.

Marta sintió que su corazón latía fuerte y se frenaba en seco. Nunca había oído a su marido hablar así. Desde que abandonaron la idea de ser padres tras muchos intentos fallidos, su vida se hizo blanca; nada turbaba la armonía de su mundo. Su trabajo en el hospital, alguna cena esporádica con el estrecho circulo de amistades, dos viajes al año, ir a bailar los jueves...llenaban su existencia y en ese espacio se sentía bien ¿Para qué más?

—¿Y qué propones? ¿Nos volvemos una pareja con relación abierta? ¿Eso te daría más incentivo en la vida?—propuso Marta en tono burlón.

—Nena, no recurras a la ironía, sabes que me irrita. Y quiero hablar en serio y sin alterarme—contestó serio Pedro.

—Bien, pues hablemos en serio—dijo mientras ponía la silla de playa frente a su marido—. Lo que pasa es que no sé dónde quieres llegar. Propón algo que te haga sentir mejor, porque por lo que veo no lo llevas bien.

—Sabes, es como si estuviera buscando salida en una rotonda. Una tiene una valla por obras, otra es un camino rural sin salida y la otra es por donde vengo. Y estoy dando vueltas y más vueltas porque no quiero tomar ninguna—explicó poniendo las manos en la frente.

—¿Y llevas mucho tiempo dando vueltas?

—Bastante—respondió con gesto tímido.

Marta miró largo tiempo al infinito azul del mar mientras un silencio estridente sonaba entre los dos. Excavando con sus palas de colores, los niños habían rodeado al castillo de un foso por el que entraba el agua acariciando la muralla.

Su mente analítica resumió la situación. Su vida era una rutina anodina, vacía de vivencias. Todo estaba establecido, controlado. Y tras esa aparente tranquilidad su marido se estaba hundiendo en la tristeza, en el tedio.

—No sé si tu problema es que estás triste o que eres infeliz—susurró sabiendo que Pedro la escuchaba con atención—. Quizá es lo mismo, ¿verdad?

—Dicen que la felicidad está dentro de nosotros y que no se puede buscar fuera. No te sientas responsable pues. Soy yo el que falla—objetó tras darse cuenta de que su mujer estaba cargando con la culpa.

Fue en ese momento cuando Marta se percató del tiempo que hacía que no se reían juntos, que no se tendían en la cama mirándose a los ojos, y ni se acordaba del último momento de intimidad. Pedro era su amigo, su seguridad. Pero no era su amante. Quizá no era necesario...¿O sí?

Una espumosa ola sacudió el castillo que los niños hacían en la orilla, entrando por el foso y destruyendo la muralla. Uno de ellos lanzó con rabia el rastrillo de plástico amarillo a la arena, mientras otro protegía delicadamente entre sus manos la colmena que quedó en pie. Cuando se retiró la ola hacia adentro los tres observaron expectantes el daño causado.

Publicado el 8 de octubre de 2025
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