
“Por hache o por be” por Mariángeles Salas.
Es curioso saber que este fruto de superficie lisa y brillante, de color rojo, y que se llama tomate, ya se cultivaba 700 a. C. en México y en Perú. Fueron los españoles quienes lo descubrieron e introdujeron en Europa. Al principio, por lo visto, su aceptación fue nula, ya que lo relacionaban con algunas especies de plantas venenosas. Pero a partir del siglo XVIII su consumo fue espectacular, y en la actualidad sería difícil imaginar nuestra gastronomía sin su presencia.
Existen casi cien variedades y un ranking, donde el tomate más pesado del mundo, hasta el momento, es uno de 3,51 Kg que se cultivó en una granja de Oklahoma en 1986. Vamos, que con una pieza así, come toda la familia y hasta incluso sobra para la cena.
Para algunas personas, este fruto de la tomatera, es el símbolo del verano. Mientras que para otras, como el tomate está, “de toma pan y moja”, estarían dispuestas a pasar, toda la estación veraniega, comiendo a base de pan, aceite, tomate y una pizca de sal. Aunque si, además, añadimos a la dieta, un jamón serrano de Teruel, de esos como Dios manda, cortadito en finas lonchas, puede ser que hasta me apunte yo.
Dicen, que otra de las muchas cualidades que tiene el tomate, es que sirve para tener una nariz libre de puntos negros. Que solo hay que partirlo por la mitad y frotarlo sobre, esos poros de la piel, que acumulan grasa y suciedad. Por no hablar, también, de todas las propiedades nutritivas que nos aporta, como fibra, minerales y un montón de vitaminas. Y lo mismo que en el mundo de la música, cuando llega el verano, se busca la canción estrella que dé más juego. En el arte culinario, uno de los platos españoles que ocuparía, sin duda alguna, cualquiera de los tres primeros puestos en popularidad, sería, nuestro rico gazpacho andaluz.
Por lo visto fueron los campesinos andaluces que trabajaban, de sol a sol, los que reponían sus fuerzas con esta bebida, a la que añadieron tomate y pimiento tras el descubrimiento de América. Gracias a esta mezcla de vegetales, que se consume como sopa fría, y a su fresco y natural sabor, podemos, en algunas circunstancias, tocar el cielo con la punta de los dedos. Como por ejemplo, al llegar a casa, después de haber pasado unas horas en la playa, con restos, todavía, de arena, salitre y crema bronceadora en el cuerpo y con la sensación de llevar un desierto en la faringe. Y saber, porque lo preparaste anoche, que dentro del frigorífico nos espera un caldo encarnao, que, aderezado con una miajilla de aceite y vinagre, nos dice: ¡bébeme, bébeme!
Existen muchas fórmulas para hacer un buen gazpacho, pero de esta manera, como lo hacía mi abuela, está de rechupete. Así que, lápiz y papel. Para cuatro personas se necesitan: 4 tomates maduros, 1 pimiento rojo, 1 pepino, 1 diente de ajo, miga de pan, un huevo, sal, aceite, vinagre y para dar más color una pizca de tomate sofrito. A la batidora, litro y medio de agua, y ya está.
Bon profit, amigos.