
El lejano volcán parecía flotar en el cielo, sobre una banda de nubes blancas que rivalizaban con las nevadas cumbres de su figura cónica. Más cerca, el campamento de científicos europeos agrupaba sus tiendas a la orilla de la laguna, a los pies de una colina de selva exuberante que los nativos llamaban “El Trono del Gran León”, origen de una leyenda, quizá historia verdadera, sobre un gran felino rey de la selva cazado en tiempos remotos por un jefe legendario de la tribu local, venido del lucero del alba en un carro de fuego robado a los dioses.
Acababan de comer carne de antílope cocinada por Simba, el viejo, negro y gordo cocinero, y después de un buen café y una buena conversación, se habían ido todos los blancos a dormir la siesta. Bueno, todos no. El doctor James Murdoc, no tenía ganas de dormir. Hacía horas que una extraña desazón lo mantenía inquieto, como si esperase una llamada telefónica imposible en aquel remoto lugar sin cobertura.
Algo le dijo que era el momento de celebrar una entrevista con alguien que solo conocía de extraños sueños que asaltaban sus noches últimamente. Procuró que no lo viera el centinela mientras se alejaba del campamento y ni siquiera había tomado la precaución de armarse con un rifle, o al menos con un revolver, porque de alguna manera intuía que alguien, o algo, lo protegía. Caminó un largo trecho camino del “Trono del Gran León”, y cuando llegó a la cima de la colina vio a su interlocutor de los sueños de las últimas noches, sentado sobre una roca rectangular como un antiguo monarca sobre su trono de piedra.
Llamar “hombrecito verde” a aquel extraño ser era muy aventurado. Con dos codos en cada brazo y dos rodillas en cada pierna, con los ojos facetados de insecto, sus antenas inquietas y sus manos de seis dedos, no era nada parecido a un ser humano. De talla pequeña, como de un niño terrícola de cuatro o cinco años, y una cabeza enorme cuyo cráneo alargado descansaba en parte sobre una recia espalda, su rostro verdoso y su cuerpo embutido en una especie de mono blanco no se parecía en casi nada a un homo sapiens. A su lado descansaba lo que parecía ser un sofisticado casco de astronauta.
—Vaya— retumbó en el interior del cráneo del terrícola -—. La dificultad que vamos a tener en nuestra conversación va a ser que mi cerebro pesa tres kilos, mientras el tuyo apenas pesa uno y medio. Hay conceptos en mi lenguaje que no tienen traducción al tuyo, ni significado para tu nivel de inteligencia.
—¿Por qué me hablas directamente en mi cerebro? — El doctor Murdoc se había armado de valor para hablar con el alienígena-. ¿No podrías hacerlo directamente, como lo hago yo contigo?
Y dentro de la cabeza del doctor surgió una imagen del extranjero luciendo una amplia sonrisa que en su rostro real no aparecía en absoluto. Siguieron sus palabras.
—Verás… Si te hablara en mi idioma, no me entenderías. Y yo no podría hablar mediante fonemas, como vosotros. Nuestra comunicación se hace con lo que llamarías “silbidos” que realizamos con unos órganos de nuestras agallas. No tenemos boca ni garganta, así que no podríamos conversar.
El terrícola permanecía callado con la boca abierta, sumido en el asombro.
—…Así que hace unos días introdujimos en tu cerebro un enlace electrónico mediante el que, con ayuda de nuestros ordenadores, traducimos y reproducimos tu lenguaje y también te podemos enviar imágenes. Lo hicimos cuando dormías, empleando micro robots.
—Por eso llevo varias noches soñando contigo — reaccionó el terrícola.
—Bien. Ahora debo explicarte la razón de nuestra cita. No es la primera vez que actuamos para salvaros de vuestros propios errores. Vuestro problema es que ya sabéis de vuestra caducidad personal, pero os habéis consolado inventando mundos espirituales y religiones que no os ayudan, precisamente, a mantener el empeño de conocer la auténtica verdad, y estáis llegando a un peligroso momento en vuestra evolución. Aún teméis a la muerte y ya habéis inventado la bomba nuclear. El futuro de este planeta depende de que a un humano loco no le dé por apretar un botón…
—Tenemos micro enlaces —prosiguió el hombrecito verde— instalados hace milenios en la Tierra, que nos muestran vuestra evolución y nos advierten de los peligros que os acechan. Varias veces hemos tenido que venir a advertiros. En otras épocas tomábamos la apariencia de un ángel, pero ahora es mejor que nos mostremos tal como somos, ¿No te parece?
Y James asintió con un gesto, incapaz de pronunciar palabra.
—Te preguntarás por qué te hemos elegido a ti, precisamente. Bueno… Porque eres un científico y novelista muy conocido. Solo que en esta ocasión, en vez de escribir sobre las aventuras de un cazador del siglo pasado en la selva africana, lo harás sobre nuestra conversación cerca del Kilimanjaro. En vez de estudiar a los leones te entrevistarás con un hombrecito verde que habrá viajado por el espacio para advertiros del peligro que corréis y que debéis encontrar vuestra salvación en una radical evolución espiritual…
Aunque habían pasado más de tres años desde ese extraordinario acontecimiento, James mantenía intacta en su retina la imagen de aquel ser verdoso que jugaba con sus emociones e intelecto como un titiritero con sus marionetas.
Saltó de la cama en cuanto la alarma del móvil reprodujo Space Oddity de David Bowie. Aún somnoliento, y con los pies descalzos, se dirigió hacia el gran ventanal que abarcaba casi toda la pared de su dormitorio, ofreciendo una vista panorámica del jardín. Y fue al abrir las cortinas, cuando decidió por fin dejar de esconderse.
La cafetera empezó a bullir, y el aroma del café trepó por todos los rincones de la cocina. Hoy sería el día. Lo había pensado, quizá, demasiado tiempo. Tiempo que, por otra parte, había empleado en introducirse en las principales áreas del saber y arrojarse, sin miedo a caer, en el abismo existencial, adentrándose en los aspectos trascendentales de la vida, del universo y por supuesto del ser humano.
¿Por qué existimos?, ¿Somos libres o está todo determinado?, ¿Cuál es nuestro lugar en el cosmos?, ¿Qué sucede después de la muerte? ¿Existirán otros universos paralelos con diferentes leyes físicas o condiciones?
Preguntas y más preguntas que su cerebro almacenaba con celo, y cotejaba con las exhaustivas informaciones que el hombrecito verde le había transferido no solo en aquella colina esmeralda que los nativos llamaban “El Trono del Gran León”, sino también a lo largo de incontables noches en su Dinamarca natal.
Después de calzarse unas botas marrones, impermeables, y con suela antideslizante, James, extrajo del cajón, una bufanda de lana, un gorro con orejeras grandes y mullidas, y los guantes térmicos que más le gustaban, y cerró la puerta de su vivienda unifamiliar de ladrillo rojo, techo inclinado y grandes ventanas.
Accionó el GPS para llegar hasta la nueva casa que Daniel, amigo desde la facultad y médium de nacimiento, se había comprado en la región central de Jutlandia, concretamente en Silkeborg. Una preciosa localidad cuyo paisaje de lagos, colinas, bosques y ríos, le confería una belleza bucólica difícil de imaginar.
Nada más salir del coche, unos brazos musculosos lo estrecharon envolviéndolo en una mezcla de fuerza y cariño difícil de resistir.
—Dani, amigo mío, que me vas a descoyuntar hasta el corazón —gritó James mientras mostraba una dentadura tan blanca como la nieve que tapizaba la tierra.
—Entra en casa, James, que hace demasiado frío para que dos cerebros como los nuestros acaben congelados —y pasándole el brazo por los hombros entraron al calor de la chimenea.
Dani intuía que James tenía algún serio problema y que por eso había contactado con él. Y también sabía lo difícil que iba a ser que se explayara como cuando eran dos adolescentes en plena tormenta hormonal.
—Siéntate aquí, al lado del fuego, mientras te preparo un glogg, de esos que tanto te gustaban…, porque te siguen gustando, ¿no?
—¡Claro, Dani! Que el hecho de viajar tanto, no significa que haya olvidado mis tradiciones —dijo James sacando un cigarro de su pitillera, mientras pensaba en cómo abordar lo que le había llevado hasta allí.
Dani puso una olla sobre la estufa y vertió dentro: el vino tinto junto con una ramita de canela, un par de clavos de olor, unas pequeñas vainas verdes de cardamomo, la cáscara de una naranja, y un poco de azúcar mientras lo calentaba lentamente.
—Y bien, James, ¿vuelves a entrevistarte con el hombrecito verde...?
—No sé para qué me estoy preparando ningún esquema, si mi querido amigo Daniel Larsen ya lo sabe todo —señaló James mientras avivaba las brasas.
Daniel le acercó una pequeña taza de loza con corazones escandinavos rojos y blancos, que su última novia había comprado en un mercado navideño, y echó en su interior, el vino caliente y especiado.
—Empieza a contarme —dijo Dani— mientras se cubría las piernas de forma desordenada con una manta de lana gris ceniza.
—Verás, estoy viajando con ese ser interestelar al que tú llamas “hombrecito verde”, a lugares que, difícilmente, sabría explicarte. Además me está mostrando las diferentes energías que, a veces con paso lastimoso, vagan por esta tierra, Dani y, créeme, preferiría que no los vieses nunca.
—¿Es que tú crees que yo no veo esas y otras cosas, James? —preguntó su amigo visiblemente molesto— Una cosa es que no lo diga abiertamente porque hay gente muy sensible a la que podría asustar, y otra muy distinta es que no reconozca que, según la energía que lleves, así te gobernaras en esta vida. Conozco al ser humano más de lo que puedas imaginarte.
—Pero como no “despertemos” nuestro planeta sucumbirá, Daniel.
—Lo sé, amigo mío, lo sé.
En ese momento, en el cielo, retumbaron, como el galope de cientos de caballos, unos truenos lejanos.
Mientras sacaba su ordenador portátil de la bolsa de viaje, James giró la cabeza, con cierta tensión. No le gustaban las tormentas desde que un rayo, siendo él un niño, partió el árbol frente a su casa y casi lo mata de un susto.
—¡Cada vez son más fuertes los estruendos!— dijo mientras ponía en marcha el equipo portátil.
—Bueno...— contestó Daniel—la borrasca aún tardará algún tiempo en llegar hasta aquí. Pero el cielo está tan negro como las alas de un cuervo.
En ese preciso momento la pantalla se encendió y James marcó una contraseña en el teclado, tras la que apareció la extraña figura del extraterrestre.
—Ahora está en su nave, indetectable a nuestros radares, en órbita alrededor de nuestro planeta...— aclaró James, ante la atónita mirada de Dani.
El sistema de sonido del ordenador dio paso a una voz impersonal que al principio de la aventura africana retumbaba directamente en el cerebro de James.
—Hola, James, de nuevo estoy contigo. ¿No me digas que ese que está a tu lado es Daniel, el psicólogo/médium del que me has hablado tanto? ¿Sí? Pues... ¡Hola Daniel!
Y Daniel, totalmente alucinado, devolvió el saludo con un estremecimiento que le salía de muy adentro.
—¡Por Dios, James, qué ser más inquietante!— balbuceó en voz baja.
Y aquella criatura insólita se apresuró a contestar evidenciando que lo había oído todo.
—Bueno... Para nosotros también vosotros los humanos sois unos... seres muy extraños.
Después adoptó una actitud solemne.
—En fin, si os parece vamos a iniciar la sesión.
Y los dos amigos se pusieron ante la pantalla con un gesto de aplomo, cuando la lluvia ya galopaba sobre el tejado.
—Vamos a ver, James, ¿Quieres repetir ante tu amigo y ante mí la opinión que tienes sobre la realidad? —preguntó el alienígena.
—Claro— respondió James, mirando de reojo a Daniel, evidenciando con su gesto que sabía muy bien que no iba a coincidir en nada con él.
Y comenzó a explicar sus conclusiones.
—Bien... Digamos que, en primer lugar, a diferencia de lo que cree mi amigo Dani, mis ideas son mucho más...modestas y prudentes que las suyas. Vamos a ver. Yo rechazo enérgicamente la idea de los dos Universos, el natural y el sobrenatural. Pienso que no hay más que una realidad, y que lo sobrenatural es un invento del ser humano antiguo, que no pudiendo resistir la idea de la propia caducidad, o sea la muerte individual como un hecho definitivo, se inventó el Más allá, como destino de una supuesta alma espiritual y eterna. Y durante siglos los sacerdotes profesionales defendieron a capa y espada esta versión que les daba poder, administrando el supuesto cielo y el también supuesto infierno para los creyentes, según fuera su obediente o rebelde conducta.
En ese momento Daniel hizo un gesto de disconformidad, que el hombrecito verde contuvo con una corta frase.
—Tranquilo, amigo Daniel, que después tendrás tiempo para responder.
Y James, tranquilizado por el gesto de aceptación de su amigo, prosiguió su exposición.
—En la actualidad, y eso es evidente, la ciencia ha adquirido el predominio social, y las religiones ya no pueden imponer sus dogmas. La Inquisición es solo un recuerdo vergonzante. Y aunque con un retraso lamentable, debido a los siglos de predominio religioso, la ciencia se ocupa de la pretendida alma humana y la entiende como una función biológica del órgano cerebral... Aunque eso nos deja indefensos ante el ancestral miedo a la muerte, mientras perdure la ignorancia de cuál es el destino del yo de cada pensador, todavía lejos de la certeza científica.
James hizo una pausa para respirar hondo y proseguir.
—Y eso constituye un gran riesgo para la Humanidad. Hemos empezado a comprender la realidad, pero aún ignoramos demasiadas cosas, mientras en nuestras manos enloquecidas ya tenemos la clave de la propia destrucción...
Miró a sus dos contertulios, y siguió hablando.
—El suicidio nuclear... Bueno, esa creo que es la razón de la conexión con nuestro amigo de piel verde y ojos facetados. ¿O me equivoco?
Y aunque no era un gesto habitual en los seres de su especie, el hombrecito verde de la pantalla asintió con un enérgico movimiento de cabeza.
—Esto, que os pasa hoy en vuestro mundo, ya ha pasado en algunos planetas —comentó con su inexpresiva voz.
—El caso es que mientras las ideas trascendentes se limitan, salvo honrosas y solitarias excepciones—prosiguió James—, a lo que todavía se entiende como sobrenatural al estilo de las viejas religiones, cada vez más desacreditadas por un ateísmo disolvente, la otra alternativa permanece inédita y sin ninguna influencia. Y eso, creo yo que, también, es lo que ha venido a corregir nuestro amigo extraterrestre. Y él, estoy convencido de ello, me eligió a mí por ser uno de los raros terrestres que indaga esa verdad.
El ser verde permaneció impasible, lo que no le resultaba difícil, por carecer de boca y ojos delatores, como un terrícola.
—Bueno—continuó James Murdoc—, y ahora os expondré mi teoría.
Yo creo firmemente que solo hay un mundo, el natural, y que todo lo que llamamos "sobrenatural" está aquí, en el mundo de los átomos y las moléculas. Creo que los átomos de nuestro cerebro, que forman nuestras neuronas (unas cien mil millones) son el asiento de nuestra entidad. A la muerte desaparecerá, seguramente, nuestro YO, pero ninguno de los átomos que lo formaban se esfumará en la Nada. Se dispersarán en la atmósfera, tras la descomposición inevitable y, tarde o temprano, formarán parte de otros seres vivos. Volveremos a ser alguien, como hemos debido ser miles, millones de veces en tiempos pasados y lo seguiremos siendo en el futuro, hasta el final de la Evolución de la vida, cuando el Ser creador, final y principio del Universo, se manifieste a la materia viva e inteligente de cada mundo.
—Eso, o parecido, ya pasó en mi planeta - pensó en silencio el hombre verde -. ¿Quién creéis que me mandó a visitaros?
—Solo una circunstancia puede interrumpir esta cadena maravillosa: El que algún loco poderoso despierte a la bestia nuclear y apriete el botón del Fin del Mundo... y habríamos de empezar de nuevo —añadió James.
Una columna sinuosa de humo impregnó la sala. Dani seguía recordando lo escuchado e intentaba ordenar sus pensamientos mientras una nube de ceniza caía sobre la alfombra de lana tejida a mano.
De entrada, su sorpresa había sido mayúscula porque nunca pudo imaginar que James le tuviera preparada una encerrona de tal calibre, aunque conociéndole, seguramente ni habría pensado en el impacto que esa extraña criatura podía causarle.
“¿Cómo podrían establecer comunicación a través de una computadora?” “¿A qué santo le había hablado de él a ese extraterrestre?” y, sobre todo, ¿por qué sabiendo que para él la parte espiritual del ser, y no desde una mirada religiosa ni mística, sino como la parte trascendental de la esencia de cada individuo, o lo que otros muchos llamaban “la chispa divina”, la que vive en uno mismo y no se apaga ni después de la muerte, era su credo y su bandera, y había sido negada por parte de James desde el principio?”
James parecía impaciente ante su silencio, y el hombrecillo verde mostraba, o a Daniel se lo parecía que, a través de las ondas electromagnéticas del ordenador, esbozaba un gesto de calma inquietante. Una boca curvada hacia arriba, fría, quizá reptiliana, y vacía de emoción.
Quería preguntarle al hombrecillo verde quién lo había mandado como expedicionario a esta Tierra hostil donde la sangre derramada se unía, desde la aparición del hombre, a la savia, ese líquido vital que circula dentro de árboles y plantas, manifestando que, el pasado de nuestro planeta se sustentaba de dolor y sacrificios. Ese dolor que en muchas personas se manifestaba a través de fobias, sueños proféticos o recurrentes, experiencias traumáticas pasadas, etc… Y que la Tierra, como organismo vivo, también experimentaba sus sufrimientos en forma de fenómenos naturales pasando en sus 4.5 mil millones de años por infinidad de catástrofes que transformaron su superficie y la vida en ella. Pero decidió, de momento no hacerle esa pregunta y, sí, contarle brevemente su idea de la realidad.
—Mi realidad es completamente opuesta a la de James —afirmó Dani, echándose el cabello hacia atrás — Desde mi experiencia como psicólogo en un centro hospitalario de Copenhague, y como médium y, añado, la larga lista de personas que han visitado mi consulta para hacerse regresiones a vidas pasadas a lo largo de estos años, y que han sido varios cientos de seres infelices con la realidad que vivían, puedo decir que, efectivamente, existe un mundo sobrenatural que nadie sospechaba —afirmó con total rotundidad.
— Además, numerosos médicos han narrado haber tenido ECM (experiencias cercanas a la muerte) o haber estudiado a pacientes que las experimentaron, llegando a concluir que la conciencia puede existir de manera separada al cerebro físico. Solo hay que darse una vuelta por las bibliotecas y reconocer en esos libros que relatan doctores tan reconocidos mundialmente, como: el Dr. Eben Alexander (neurocirujano, Harvard, EE. UU.), el Dr. Jeffrey Long (oncólogo, director de NDE Research Foundation), el Dr. Michael Sabom (cardiólogo, investigador de ECM), el Dr. Pim van Lommel (cardiólogo, Países Bajos), el Dr. Manuel Sans Segarra (cirujano, Barcelona), el Dr. Rajiv Parti (anestesiólogo) o Brian Weiss (jefe de psiquiatría en el Mount Sinai Medical Center (Miami, EE. UU.), entre muchos otros. Y todos coinciden en que hay vida después de la muerte. La muerte para muchos ha dejado de ser un tema tabú. Ese tema evitado, silenciado o negado en la sociedad, y algo mucho mejor, a raíz de todas estas experiencias, para mucha más gente, ya no existe el miedo. Ese miedo que nos metieron por vía intravenosa nada más salir del vientre materno.
—Por cierto, amigos —dijo Daniel—. Ha habido varios pacientes, a lo largo de este tiempo, que en alguna de sus regresiones a vidas pasadas han tenido esta desconcertante visión —. ¿Puedo brevemente exponer la síntesis de todas o ya estáis cansados de mi exposición?
—No, Dani —contestó el hombrecito verde—. Estoy deseando que nos la cuentes.
James miró la pantalla con cierto enfado por el especial interés del alienígena hacia su amigo.
—Veréis —comenzó a decir Dani —. Todos ellos en regresión, me comunicaron que vivían en un planeta árido con muchas dunas, donde había ciudades construidas, diferentes a las de aquí, con una jerarquía muy organizada. Ellos se veían físicamente con el cuerpo cubierto de escamas de color verde y muy duras. Y según el terreno desértico que pisaran cambiaban de color. Sus cabezas eran alargadas, con una cresta ósea que recorría desde la frente hasta la nuca. Tenían ojos grandes y pupilas verticales. No podían comunicarse con sonidos, igual que usted, hombrecillo verde, sino que usaban una especie de telepatía que transmitía su pensamiento al compañero. La percepción del tiempo para ellos no era lineal como para nosotros—prosiguió Daniel —. El pasado, presente y futuro coexistían, y sus experiencias se entrelazaban en una realidad multidimensional que superaba la comprensión humana común.
— ¡Venga, ya, Dani, no nos cuentes una batallita interestelar! —admitió James completamente enfadado.
— ¡No! —dijo la criatura verdosa —. No le interrumpas, prosigue…
—Mis consultantes pertenecían a una raza antigua, mucho más longeva que la de los humanos, y habían desarrollado tecnologías que combinaban la ciencia más avanzada con el conocimiento espiritual. Y, lo más importante, es que habían llegado a la Tierra con una única misión: observar y, en algunas ocasiones, influenciar a los seres humanos para evitar el fin de la Tierra y, sobre todo, conseguir entre la gente el ansiado despertar espiritual.
James permaneció un rato en actitud reflexiva.
— ¡Vamos, vamos, James! —le dijo el hombrecito verde—. Debes continuar y mostrarnos tus conclusiones. Dinos qué te parece la intervención de tu amigo Daniel.
—Bueno…—empezó James al fin —. La exposición de Dani, como siempre, me ha parecido muy completa, aunque yo no esté de acuerdo con lo que ha dicho… Su planteamiento espiritualista me parece un intento de actualizar los viejos dogmas religiosos. Y la lista de autoridades que cita no me convence del todo. El poso ideológico religioso permanece en nuestra conciencia como un residuo difícil de limpiar. Yo también podría adjuntar una lista de obras en apoyo de mis tesis, pero creo que sería un trabajo inútil… En fin, creo que ya he expuesto mi idea, que, por desgracia, permanece bastante inédita entre mis congéneres.
—Creo que ha llegado el momento, amigo visitante — interrumpió Daniel, impaciente —, dinos cuál de las dos versiones es la más acertada… Vamos…
Y los dos terrícolas permanecieron expectantes.
El extraterrestre miró a los dos y carraspeó, sin duda para dar solemnidad a sus palabras.
—Veréis… Lo siento mucho, pero no estoy autorizado para deciros quién tiene la razón de los dos. Puede que ninguno o puede que los dos a un tiempo o parte de lo de uno y parte de lo del otro. Pero mi misión no es decíroslo. Yo debo moveros para que aprovechéis vuestro reconocido prestigio y escribáis y publiquéis, cada uno su alegato, que ya nos ocuparemos nosotros de que tenga la suficiente difusión y ayude a que vuestros congéneres alcancen el interés necesario que evite el holocausto nuclear y puedan proseguir la imprescindible evolución hacia el futuro deseado por nuestro Rector infinito.
Los dos amigos se miraron significativamente, mientras el hombrecito verde se despedía de ellos.
—Bueno, yo ya he terminado mi misión aquí —dijo con su voz inexpresiva —. Regresaré a mi mundo y daré cuenta a mi Señor del éxito de la misión.
La tarde declinaba hacia el ocaso, mientras tras los cristales de la ventana del salón comenzó a lucir un extenso y bello arco iris, atravesado por una luminosa estela blanca que, al parecer, era el rastro de una nave que se dirigía a alguna estrella lejana.
—¿Qué te parecería, amigo mío? —dijo James con tono reflexivo—si escribiésemos juntos la historia que debemos publicar. Y ya que no nos pondremos de acuerdo, mostremos nuestras dos hipótesis juntas, y que sean ellos, nuestros lectores, los que elijan.
Y recibiendo una mirada llena de afecto y complicidad por parte de Dani, James se colocó delante del ordenador y comenzó a escribir su parte:
“El lejano volcán parecía flotar en el cielo, sobre una banda de nubes blancas que rivalizaban con…”