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"El manitas"

"Por hache o por be" por Mariángeles Salas.

El otro día vi una nota que, pegada a un árbol, decía lo siguiente: “Se ofrece manitas a domicilio. Precios económicos”. Y lo primero que me vino a la cabeza, quizá porque tenía hambre, fue un plato de “arrós amb fesols i naps” con su manita de cerdo, sus trocitos de nabo, las habichuelas y un par de blanquets y morcillas negras. Pero el ruido de un claxon, hizo que de repente volviese a la realidad y pensara en cuántas personas estirarían de uno de los papelitos, que mostraban el número de móvil de un tal Ildefonso.

El motivo de estos anuncios que cada vez proliferan más por los troncos leñosos, es ofrecer unos servicios que a veces no encontramos en nuestro entorno más próximo. Bien, por falta de maña o porque nunca se encuentra el momento oportuno para ponerse “manos a la obra”.

Porque esa es otra. Cuántas veces hemos oído decir a nuestro querido compañero de vida: –Que sí, mujer, no te preocupes. En cuanto termine el partido te desatasco el fregadero y  en un pis pas te arreglo las cuerdas del tendedero que, dicho sea de paso, una está despedazada y las demás llegan a rozar casi el toldo de la vecina.

Solo después de oírle gritar como un poseso la palabra ¡Goooool!, escuchas: –Tú, tranquila, cariño, que enseguida voy. Pero el partido termina, luego tiene hambre y cena, después se amodorra en el sofá, quizá concienciándose de la dura faena que le espera..., hasta que de repente  se oye un ruido bronco y desnivelado en el salón, que hace pensar que nuestro hombre se ha dormido y además ronca como una locomotora. Así que piensas con tranquilidad qué hacer. ¿Despertarle y pedirle que sea un “manitas” como Dios manda o intentar hacerlo tú misma?

Si nos decidimos por la segunda opción, ¡ojo! porque si los brazos no nos llegan a los extremos del tendedero o nuestro cuerpo se inclina demasiado, se puede tener un pinzamiento en la costilla y un agarrotamiento de brazos, hombros y cuello. Por lo que se aconseja, más que nada por si las moscas, tender la ropa sobre los muebles de casa y que se sequen al calor del hogar.

Luego está lo de intentar arreglar la pila que, aunque es menos estresante, también implica esfuerzo. Primero, porque los movimientos con el desatascador de goma se tienen que hacer con ritmo y frenesí. Y segundo, porque si no se desatranca, la postura que en yoga sería de relajación en posición sentada, en realidad se llamaría “cuerpo a tierra”. Ya que tendríamos que desenroscar el sifón, meter los dedos y escarbar con un alambre por la tubería, para que los “ocupas” fuesen cayendo a la palangana. Recuperándose de esa manera, un mogollón de horquillas oxidadas, tres gomas para el pelo y un trozo de tortuga ninja que tu nieto diseccionó en el fregadero tiempo atrás.

Entonces, piensas, que los años no pasan en balde, que “eso” no se desatasca ni a tiros y que en el salón la locomotora sigue echando humo. Solo queda una solución. Bajar a la calle y buscar por los árboles al “manitas”.

¡Ildefonsooo...!

Publicado el 10 de mayo de 2024
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