
Reseña realizada por Begoña Curiel.
Una casa como la vida misma. Perecedera. Jesús Carrasco exprime esta bella metáfora con las manos contribuyendo a mantenerla en pie, sin apegos, sabiendo que, todo principio tiene un final. No hay resignación, sino asunción de la realidad y disfrute del ahora. Esta novela es un canto a lo artesanal, al valor de lo manual como fuente de placer. Igual de placentero que navegar por la preciosa narrativa de Jesús Carrasco, que aun siendo prosa se siente, a tramos, como poesía.
Un proyecto residencial de futuro que se alarga en el tiempo permite que una familia haga de una casa prácticamente en ruinas, su parada rural de fin de semana. Pero va mucho más allá de ese “parar” y “estar”. Cada pared y rincón están abocados al derribo, pero la consciencia de ese desenlace no ensombrece las ganas de habitarla con todo el cariño del que es capaz de aportar un espacio físico.
Los arreglos continúan –los años pasan y sigue el interrogante: no hay fecha exacta para abandonar la vivienda– y en cada acción ejecutada, Carrasco erige un monumento a la capacidad creadora de las manos, para poder observar después con satisfacción cómo lo restaurado y reconstruido se convierte en algo especial y único.
No busquen vértigo en Elogio de las manos salvo el que procura la sensibilidad con la que está escrita, homenajeando a los dedos y su perseverancia. Jesús Carrasco rinde tributo a los oficios, capaces de empoderar y dignificar a quienes los desarrollan.
La novela ofrece una mirada profunda y pausada a lo doméstico, a la capacidad de los moradores de amoldarse a la situación, a la gente corriente que hace cosas corrientes, que sin embargo aportan un plus de valor a lo que suele catalogarse de invisible, porque en apariencia son arreglos y apaños varios de poca monta.
Puede que, por mi falta de habilidad manual, no haya disfrutado de numerosos pasajes en los que el autor describe con detenimiento los procesos de reparación en la casa; sin embargo ha sido sencillo y gratificante dejarme llevar por el enamoramiento que subyace en el relato de cada paso del proceso y el verdadero significado del trabajo hecho a mano.
La suma de cada obra y mejora –ese arreglo en la parra, por ejemplo, donde se cobijan los encuentros con amigos de la familia–, les devuelve el bienestar de haber puesto un granito de arena con “poca cosa”. Ya que esta historia va a terminar –parece decir la novela– vamos a disfrutarla.
Ese es el encanto de Elogio de las manos: la reivindicación del poder de los sentidos en su máxima expresión, como vehículos terapéuticos puestos al servicio de algo parecido a la curación, aunque las hormigas se empeñen en levantar losas, mientras persisten los destrozos en el patio y jardín, y los desconchones siguen haciendo de las suyas por las paredes.
La fatalidad del final pierde la partida frente a la voluntad de los moradores de gozar del tiempo de vida que pueda quedarle a la casa. Esa casa, que como tantas, se convierten en hogar y refugios que vibran y hasta parecen respirar, mientras el destino se decide a actuar. La casa es más personaje que los propios humanos pululando bajo su techo, que terminan por rendirse al vínculo creado con el lugar. Sin mirar atrás, ni hacia adelante.
Estará cansado Jesús Carrasco de que, los que quedamos maravillados con su gran Intemperie, tengamos de nuevo la tentación de compararla con el resto de sus obras. Lo hice, –sin ningún tipo de acritud– con La tierra que pisamos, porque no me dejó embelesada. Mi compañera Teresa Argilés también reseñó otra de sus novelas, Llévame a casa. Pero no habrá comparaciones ahora.
Elogio de las manos merece espacio propio porque cuenta claramente con la “marca Carrasco” en sus entrañas, capaz de encumbrar con su buena narrativa la belleza de lo pequeño y olvidado, como la certeza de que los desenlaces que llegarán, queramos o no, son perfectamente compatibles con el gozo del momento presente. Así es la vida.