
"Por hache o por be" por Mariángeles Salas.
El pasado lunes, en uno de los centros de salud de nuestra ciudad, una cola de pacientes aguardaba, frente al mostrador de información y cita previa, su turno. Subí hasta el primer piso y comprobé que la sala de espera estaba también abarrotada de gente y que no había ninguna silla libre. Pregunté a un señor si ya habían empezado a llamar a los pacientes de las 11:00, y me dijo que aún quedaban por entrar dos personas citadas a las 10:15. Así que, con paciencia y comprensión, esperé, apoyada en la pared, a que alguna de las sillas se quedara libre. Cuando me senté, saqué un libro del bolso y me puse a leer hasta que el doctor saliese por la puerta y dijera mi nombre.
Todo transcurría como otras veces. Unos hojeaban la prensa; otros releían los prospectos de las recetas que iban a pedir; los más abiertos comentaban, con todo lujo de detalles, sobre sus dolencias al compañero de asiento y otros, callados, observaban los carteles pegados en la pared mientras movían con nerviosismo los pies. Una señora cuando vio que iba a salir de allí a las tantas, no solo puso verde al lunes por considerarlo el peor día de la semana para ir al médico, sino al propio médico por dedicarles tantos minutos a los enfermos, y a los enfermos por enrollarse tanto con el médico. Total, que agarró su carro de la compra y salió de allí rebotada. “Una menos”, dijo el de al lado con ironía, mientras algunos sonreían.
Ya empezaban a entrar los pacientes de las 10:45, cuando dos mujeres que por lo visto no se habían visto desde que dejaron de hacer yoga, hacia un par de años, se daban un fuerte abrazo en el pasillo. A partir de este momento la espera ya no fue igual para ninguno de nosotros, ya que nos vimos casi forzados a escuchar lo que se contaban sobre sus vidas, sus dolencias y también sobre sus tratamientos. Esto último lo hicieron tan requetebién que aprendimos una lección magistral sobre la artrosis y el síndrome del túnel carpiano. La verdad es que hubo momentos divertidos en esa conversación y también emotivos. Ahí estaba el caso de la tía de una de ellas, una señora mayor con una enfermedad crónica, que solía ir a solicitar recetas a su centro de salud, como tantos otros pensionistas, sin saber que allí conocería al amor de su vida. Ella le regaló a él, su buena visión y él a ella, sus fuertes piernas.
Así que, ambos, agarrados de la mano como dos adolescentes, seguían yendo a por sus recetas al mismo sitio donde se enamoraron. Cuando aquellas dos mujeres se fueron nos dejaron un poco aturdidos. Y solo cuando el doctor pronunció mi nombre, me recordó que aquello era un centro de salud, no el capítulo 125 de una serie televisiva, y que yo estaba allí porque tenía un fuerte trancazo. ¡Atchús!
Como dice un psicólogo, amigo mío: “El amor mueve montañas, y mejora la salud mental”.