
En la residencia todos hablaban de la habitación número siete. No porque fuera lujosa ni nueva, sino porque allí sucedían cosas mágicas.
La señora Carmen, de ochenta y cinco años, vivía en esa habitación. Tenía un andar lento, el pelo blanco como la luna, y unos ojos tan chispeantes que parecían guardar secretos de otros mundos.
—¿Qué tiene de mágico tu cuarto? —le preguntó, un día, Pilar, recién llegada a la residencia.
Carmen sonrió y le dijo al oído:
—Por las noches, si cierras los ojos y te quedas en silencio… puedes escuchar tus mejores recuerdos hablándote bajito. Y si los escuchas con el corazón, se hacen tan reales que hasta puedes bailar con ellos.
Esa noche, Pilar compartió habitación con Carmen, y lo intentó. Se tapó con la manta hasta la nariz y cerró los ojos. De pronto, escuchó la risa de su madre cocinando, sintió el abrazo de su primer amor, vio los pies de su hijo cuando dio sus primeros pasos. Y todo se volvió tan claro, como si estuviera allí.
Desde entonces, todos querían dormir una noche en esa habitación. Pero Carmen les decía:
—La magia no está en mi cuarto, está dentro de cada uno de vosotros. Solo tenéis que recordarlo, con amor y sin miedo, cuando os acostéis.
Y así, poco a poco, la residencia se llenó de sueños compartidos, de canciones antiguas que salían de las habitaciones, de abrazos espontáneos y risas que sonaban como campanitas. Y se convirtió también en un lugar lleno de memorias vivas, de historias nuevas y antiguas y, sobre todo, de un compañerismo que te arropaba como una manta en los días fríos. Podías volver a ser un niño, un adolescente, revivir el primer beso de amor, y convertir los días tristes en jornadas luminosas y llenas de flores teñidas de color esperanza.
Y todo, gracias a Carmen, la residente de la habitación número siete, que les mostró cómo las emociones y los sentimientos, que viven dentro de cada uno de nosotros, no saben de edad ni tienen distancia en el tiempo.