
“Más Allá del Escritor” por Begoña Curiel.
«Muchos de los que no conocen el servicio y toman contacto por primera vez, lo hacen pensando que les van a corregir tildes y alguna otra cosa y que será muy rápido». Laura Zavala resume muy bien la opinión generalizada y gratuita del desconocido universo de la corrección. Zavala lleva quince años realizando de forma exclusiva correcciones ortotipográficas y de estilo como autónoma.
Pocos pueden vivir de esta actividad laboral tan invisible como indispensable. Todo son hándicaps. El más grave, esa errónea idea que parece pulular en el ambiente de que, son interventores categóricos, incluso censores, cuando en realidad abarcan múltiples servicios que buscan redondear la obra, que esta ofrezca el máximo, exprimiendo lo mejor de sí misma.
Lo de que cuatro ojos ven más que dos, es así de literal. Eso lo primero. Por más veces que un autor repase sus párrafos, no lo duden: siempre, siempre –a los Dioses los dejamos con su infalibilidad– hay una letra colgando, una coma olvidada, una errata, un sujeto que no concuerda con su verbo, una expresión a la que dar una vuelta, incoherencias gramaticales, latiguillos repetidos...
La corrección persigue una mirada global, más allá de las letras, puntos y comas a lo largo y ancho del texto. Todo estilo, aunque el escritor maneje bien el oficio y cuente con sello propio, es susceptible de mejora. La mano del corrector quiere el brillo del conjunto, vigila la concordancia, la fluidez, el ritmo; debe ser una hormiguita persistente que transmita al autor el abanico de posibilidades de las piezas que componen el manuscrito.
Eso sí, su margen de maniobrabilidad dependerá del grado de comunicación que el escritor esté dispuesto a aceptar. Y es que no son pocos, los que chocan con autores que elevan un muro frente a ellos, ofendidos por las sugerencias que se les plantean. O, puede ser –estoy convencida–, que no deseen escuchar lo que nadie se atreve a decirles y se “revuelvan” contra la figura que precisamente, trata de mejorar el producto.
El corrector deberá justificar los por qués de sus propuestas. El corrector no censura, tacha, invalida o rechaza sin más. En el buen profesional vive un investigador, un rastreador de frases, párrafos y capítulos, en busca de las mejores alternativas.
Tati Jurado empezó a trabajar con textos en 2017; se desenvuelve en el campo divulgativo y en el literario. Este último, su favorito. «Como me gusta escribir, me fascinaba conocer los entresijos del lenguaje, además de por esa obsesión que Flaubert llamó le most juste». Coincide con sus compañeros: «se piensa erróneamente que nuestro campo de acción se limita a la ortografía, que, por cierto, no es un saber tan superficial, y que en el caso del corrector de estilo, su labor es modificar la manera en la que se expresa quien escribe. Es decir, por un lado se desconoce toda la formación y actualización constante que requiere este oficio y todo lo que abarca nuestra intervención. Y por otro, en el caso de algunos escritores, se desconfía de “esa persona que viene a cambiar mi forma de escribir”. Estas creencias, además de menoscabar nuestra labor, nos colocan la etiqueta de innecesarios, que suele terminar repercutiendo en nuestra visibilidad y nuestros honorarios».
Es difícil que quien no valora el mismo y el respeto a las letras, confíe en su labor. Forman legión los que desean publicar a la voz de ya, porque tienen «una historia». Pero “tenerla” no implica saber escribirla bien, y lógicamente, no todo el mundo es capaz de reconocerlo. De ahí, que por desgracia, no sólo no se estudie la posibilidad de contratar a un corrector, sino que se le rechaza o critica, sin haber probado nunca la experiencia.
«Es que es caro», aseguran los aspirantes a escritor convencidos de que con repasar..., ya está. La ignorancia es atrevida; la idea de que determinados trabajos no merecen su correspondiente tarifa, da cuenta de la falta de respeto por determinadas profesiones, como es el caso.
«La editoriales que añaden al corrector en los créditos legales de las obras son escasas. No sé a qué se debe. Quizás –señala Ismael López, corrector desde 2020 y también escritor– a que el termino corrección tiene una connotación negativa, pues supone que algo que estaba mal ha sido enmendado por alguien ajeno. Supongo que a nadie le gusta conocer sus errores, y menos los escritores, que por norma somos vanidosos».
Ay, la vanidad..., qué excesiva y sin fundamento a veces. «Nuestra labor es muy invisible. Y creo que es porque a los autores les gusta pensar que el libro sigue siendo suyo en un cien por cien. Hay que dejar el ego a un lado, me refiero a los autores, y reconocer que su libro ha mejorado mucho al pasar por las manos de un buen profesional que les ayude con su trabajo», afirma Daniel Heredia de este pecado que confirma el narcisismo sobrante de algunas plumas que, aunque no se den cuenta, ningunean al lector que sí aprecia calidad y seriedad, el que sabe diferenciar entre un buen texto, normal, mediocre y desastroso.
Daniel Heredia puso en marcha una asesoría literaria en 2017. Realiza correcciones de estilo y ortotipográficas, informes de lectura, asesoramiento sobre editoriales. Está aumentando su cartera de clientes ejerciendo de coach literario. Su trabajo como asesor literario, señala, se parece muchísimo al que han hecho los editores a lo largo de la historia: corrige, sugiere, propone cambios y marca las pautas para mejorar un manuscrito desde el punto de vista literario y comercial.
«Puedes tener una excelente historia, pero no tienes nada si luego no sabes trasladar esa historia que tienes en la cabeza, al papel. Y para eso hay que saber escribir. Y no todos los escritores noveles saben escribir», asegura Daniel Heredia.
El arte de la escritura exige disciplina y tesón, mucho pico y pala; no es sumar hojas y hojas hasta gritar «eureka» con el esperado final. «Hay que corregir y pulir hasta la extenuación para conseguir darle cuerpo a lo escrito. Ese es mi trabajo», apunta Daniel, que como el resto, incide en la injusticia que supone escuchar a diario eso de «lo caras que son las correcciones».
Creo que la cuestión reside en el punto de partida: la invisibilidad y el tremendo desconocimiento de sus funciones, además, de que deben vérselas con la competencia desleal de correctores ocasionales que les obliga a dejar caer en picado sus tarifas.
«Son demasiado bajas debido al intrusismo –asegura Ismael López– Cualquiera con nociones básicas de ortografía puede “corregir” una obra. A esto hay que sumarle que las cuotas de autónomo son demasiado altas en este país. Tanto, que son muy pocos los que se aseguran una cartera de clientes lo suficientemente amplia como para empezar y darse de alta».
No suelen ponerse a pensar esos clientes dudosos, en las horas, días y meses (doy fe de ello) que supone un buen trabajo de corrección: las repetidas lecturas del mismo texto, la composición de la frase que mejor se adapta al contexto, la reorganización de palabras hasta dar con la expresión más adecuada en el sentido que marca la obra, la formación constante del corrector, que revisan y analizan sus libros de consulta una y otra vez. Decenas de diccionarios, de la RAE, de María Moliner, los de Martínez de Sousa, de Manuel Seco, de Ignacio Bosque y un largo etcétera.
Sólo he mencionado, como ejemplo, los oráculos de Tati Jurado. «Consulto muchísimo. Soy bastante insistente, sobre todo porque no me gusta quedarme con dudas, además me gusta investigar; pero por supuesto, con el teléfono cerca. Muchas dudas no parten de lo normativo y como no dispongo de todo el saber enciclopédico, soy de consultar con compañeras. De hecho, disfruto mucho de ese intercambio».
Estos trabajadores tienen también su Día Mundial, el 27 de octubre. Probablemente no les sobren motivos para celebrar fiestas. La fecha suele convertirse en plataforma de reivindicaciones ante la incomprensión que sufren y la falta de reconocimiento del oficio dentro de la cadena editorial.
Se les acusa en infinidad de ocasiones de ser sombras “molestas” cuando en realidad están ahí para proteger el manuscrito. Presentes y sin embargo, sin hacerse notar para que su huella no interfiera en la esencia del manuscrito y los deseos de su autor. Tiene mucho mérito. Qué trabajo tan delicado y complejo y sin embargo, mágico, como ese guardaespaldas omnipresente que no debe hacerse visible.
Vaya mi aplauso para este colectivo enamorado de las letras, que aún con su Día y todo, debe seguir al pie del cañón, pese a los ojos que no les miran y los dardos que esquivan.
Me ha encantado "Más Allá del Escritor", muy completo y bien expuesto; una necesaria y justa reivindicación del complicado oficio de la corrección ortotipográfica y de estilo. Enhorabuena, compañeros