Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

Los hematófagos

"Por hache o por be" por Mariángeles Salas.

Con este nombre se designa a uno de los muchos “enemigos” que vive a nuestro alrededor, que invade nuestras casas y en cuanto puede nos sorbe la sangre. No se trata de ningún conde con castillo en Transilvania, ni tampoco de ningún vampiro común, que los hay, y además muerde a mamíferos de gran tamaño con sus veinticuatro  dientes y grandes colmillos, sino a otro muy pequeño que pertenece a la familia de los insectos y que se llama: “mosquito”.

Este bicho puede desestabilizar a más de uno, emocionalmente, cuando escucha a su lado un zumbido agudo y constante en el silencio de la noche. Si además la víctima nota en su piel que alguna hembra con mala leche, porque son las que atacan, le ha perforado la epidermis y succionado la sangre; razón de más para que se arme de valor, deje de taparse con la sábana hasta las cejas y salga de la cama dispuesto a empezar la lidia.

Lo primero que debe hacer es no renegar de su ciudad, pensando en irse durante los meses de verano a una base de investigación científica en la Antártida porque ahí no hay mosquitos. Ni tampoco reservar una habitación, allí mismo, para el año que viene, con la excusa de estudiar al pingüino emperador. ¡No señor! Hay que  echarle un par e ir a por todas.

Porque tiene guasa que un bicharraco tan asqueroso, enano y grisáceo, primo hermano de otras especies que sí son transmisoras de enfermedades, como la malaria, la fiebre amarilla o el dengue, nos vacile. Hasta ahí podíamos llegar. Y como ya se ha tomado “un chupito” de nuestro plasma y fijo que va a ir a por más porque le ha gustado; pues a  dejar de dar manotazos al aire y a plantarle cara como los valientes. Porque el alado es listo y por más que uno se esconda, tarde o temprano, nos localizará. Eso seguro.

Y si por desgracia no encontráramos en casa ninguna loción protectora antimosquitos, ni un aparato de esos que funcionan por ultrasonidos, ni tan siquiera un spray de cucarachas y pulgones. Solo queda sacar el pañuelo de la mesilla de noche o un trapo bien hermoso y liarse a golpes contra la pared, cada vez que el “jodido” esté a tiro.

Aunque lo más normal es que el “desgraciao” se apalanque en lo alto de las cortinas de la habitación, y nos mire con cara de guasa, pensando en la cantidad de picaduras que nos va a “arrear” en cuanto se apague la luz y nos acostemos. ¡Manda narices! ¿Cómo una cosa tan pequeña puede intimidar tanto y armar ese escándalo? ¡Ni que fuera una abeja! Es entonces cuando el mosquito confiado y prepotente, creyendo que lleva la sartén por el mango, se acerca, se posa en nuestro brazo para ponerse morado y ¡zas! cae fulminado por la fuerza, esta vez, de una zapatilla. Del brazo mejor ni hablar. Pero por fin se terminaron los zumbidos. ¡Ufffff...qué cruz!

Publicado el 10 de noviembre de 2024
Entrada relacionada con

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

crossmenuchevron-down