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"Luna llena" - Mariángeles Salas

Una calurosa tarde de agosto, cuando el mar parecía una balsa de aceite y la mayoría de los barcos regresaban al puerto cargados de pescado, yo tenía que pasear a León, el tío de mi mujer, un viejo yanqui recién venido de Nueva York, que hacía casi veinte años no pisaba España. La verdad es que hice verdaderos esfuerzos para no llevármelo a pescar, aunque todos resultaron infructuosos, y no me quedó más remedio que hacerme a la idea de que, aquella preciosa tarde, la pasaría carnando sus anzuelos y seguramente socorriéndole de algún que otro mareo.

El tío León era un viejo militar jubilado que tenía una minusvalía en la pierna derecha, producida por una herida en la guerra de Vietnam. Se movía por el barco con gran facilidad, algo que me alegró profundamente, ya que si por casualidad tenía la suerte de clavar alguna pieza gorda, me podría alcanzar el salabre sin ningún problema.

Partimos cuando caía la tarde y mi amigo Felipe, alias el Macallan, entraba por la bocana del puerto con un buen rancho de jureles. El tío chilló como si fuera un niño levantando el puño en señal de confraternización con mi colega. Luego, me dijo con cara de complicidad:

—Nosotros, a pescar lo mismo, ¿eh…?

—Eso está hecho —le contesté, dándole unas palmaditas en el hombro.

“Por lo menos es optimista” –pensé-, mientras ponía rumbo a los Picachos.

Durante la travesía y sentado en el asiento de la dinette, el tío León empezó a contarme algunos episodios de su etapa como militar en Saigón, llegando a crear tal ambiente bélico en el barco, que me pareció estar viendo a Marlon Brando en la película de Apocalypse Now.

Para cambiar de tema y sentirme ante sus ojos como un Rambo de alta mar, le conté cómo una noche, en compañía de unos amigos, pescamos un precioso pez espada de casi veinte kilos, que subimos a bordo con la ayuda de dos ganchos, después de un intenso y largo combate. Añadí también al relato, la sensación de temor que se experimenta cuando notas que la pieza va sacando hilo y tú no quieres que vacíe el carrete ni que rompa la línea.

De repente, y sin venir a cuento, me preguntó si aquella noche del pez espada había luna llena. Me chocó la pregunta y, aunque habían pasado varios años, recordé que efectivamente así fue.  Por eso creí que a continuación me soltaría algún rollo de la influencia de la luna en los horóscopos o algo parecido.  Pero no iban por ahí los tiros; el buen hombre me relató cómo los indios americanos que vivían en el norte y este de los Estados Unidos, cuando querían pescar mucho, lo hacían en noches de luna llena bajo el amparo de su luz.

Salí a popa y señalando el cielo grité:

— ¡Leónnn, esta noche… también nosotros pescaremos como los indios!

Después de echar el ancla en el lugar que marcaba la sonda, a unos cincuenta metros de profundidad, me dispuse a enseñar a mi pariente americano cómo se carnaba un anzuelo. Al cabo de un rato, lo hacía con soltura, la misma que me demostró cuando clavó una hermosa pieza en su caña. Había que oírle gritar de alegría mientras soltaba un montón de palabras en el idioma de Shakespeare.

—¡León, ahora tranquilo, no vayas a perderlo! ¡Levanta la caña! ¡Eso es!... ¡Muy bien! Ahora mantenla así para bajarla cuando tire por sorpresa.

—¡Tiraaaaa…! ¡ tiraaa! —gritó al momento mi pariente preso de alegría.

— ¡Pues bájala, León! ¡Eso es! ¡Bájala y abre el freno! ¡Sí, ese, y procura que no rompa la línea!

Afortunadamente no lo hizo y, ayudados con el salabre, sacamos un hermoso pagre de aproximadamente cuatro kilos. Enseguida, León volvió a carnar el anzuelo y a lanzar el sedal. No habían transcurrido ni diez minutos cuando divisamos un banco de sardinillas y detrás de ellas todas las jurelas del mundo. Era tirar y sacar, tirar y sacar…, además, casi todas pasaban del medio kilo. Perdías una, recogías, y se volvía a enganchar otra. Tan eufóricos y entretenidos estábamos que hasta se nos olvidó que, dentro de una bolsa de plástico, nos esperaban dos bocatas de tortilla de patata, un par de tomates maduros, unas cebolletas en vinagre y unos hermosos melocotones.

—¡Good for youuuu! ¡Good for youuu! —canturreaba el nuevo lobo de mar al ver tanto pescado encima de la bañera.

—¡Campeones, campeones… oé, oé oé…! —tarareé yo, señalándole con el dedo la luna llena.

—¡Yes, yes! —respondió el yanqui, mientras le daba un mordisco al bocadillo.

Observé que, según transcurría el tiempo, se iba levantando más viento. Así que, antes de que fuera a más, decidí poner fin a la pesquera y regresar a casa con tranquilidad. León se portó como un jabato y me ayudó a levantar el ancla. Pero me hizo prometerle que saldríamos al día siguiente a probar una caña para el curricán que yo quería montar, esta vez, con un purito volador naranja fosforito y dos o tres puritos más pequeños detrás.

No habían transcurrido ni diez minutos de travesía, cuando el tío de mi mujer me dijo con nerviosismo que parase el barco. Me asustó porque su cara estaba blanca como la cal. Pensé que tenía angustia o que la cosa era más seria, y deseé con todas mis fuerzas que tan solo se tratara de un mareo, porque aunque llevaba todo lo necesario en el botiquín de primeros auxilios para atenderle, aún nos quedaban bastantes millas para llegar al puerto. Afortunadamente, no era ni lo uno ni lo otro, sino…

—¡Oh my God…! ¡Unidentified flving object! ¡Unidentified flving object!  ¡Unidentified flving object! ¡Unidentified flving object! …

—¿Qué dices…? ¿Qué te pasa, León? —le pregunté alarmado.

—¡El cielo! ¡El cielo! ¡Mira el cielo…! ¿Ves eso? ¡Sí, eso! Ese triángulo de luces rojas. ¡Pues es un objeto volante…!

— ¿Un ovni…? —dije de repente contemplando primero al tío y luego el firmamento. Miré a la derecha, a la izquierda, la luna y las estrellas, y con mucha diplomacia para no desencantarle de lo que él creía un encuentro en la tercera fase, le comenté que a lo mejor se trataba de alguna maniobra militar.

—¡No, no…! —acertó a contestar León con nerviosismo.

En ese momento, una potentísima luz roja invadió desde el espacio toda la eslora del barco. Sin lugar a dudas, aquel objeto colgando del cielo, como decía el tío de mi mujer, era volante y no identificado. Por lo que deduje, desde el miedo repentino y paralizante que se instaló en mi cuerpo, que al momento saldrían unos hombrecillos verdes con antenas, nos subirían a la nave, y nos absorberían como si fuéramos dos boquerones.

Me sentía tan impotente que si por lo menos me hubiese acordado del Credo, y el americano de toda la letra de su himno nacional, los adioses a la Tierra habrían sido si cabe más honrosos de lo que estaban siendo, ya que las ansiedades y el pánico de dos machotes acababan de fluir por la entrepierna sin ninguna solemnidad. Cuando estábamos despidiéndonos del mundo, del mar y de sus peces, la nave espacial se elevó y desapareció, dejándonos llorosos, orinados y muertos de miedo. Miré a León con cara de acojonado, y decidí que cambiaría de deporte durante una larga temporada.

Publicado el 27 de noviembre de 2025
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