
Mi reloj indica que faltan diez minutos para las nueve. El tiempo justo para abrir ventanas de par en par, encender el ordenador, comprobar que hay gel hidroalcohólico, tiza en la pizarra y que el termómetro sigue dando señales de vida. Me bajo la mascarilla hasta la barbilla dándome una tregua para respirar.
Ayer me propuse ordenar mi mesa, pero no pudo ser. Siguen los botes llenos a rebosar de lápices perdidos, de rotuladores sin tapa y de colores que no son de nadie. También sigue la bandeja de Winnie the Pooh con gomas de borrar y ganchos del pelo que no sé de quien son, pero que vienen bien cuando a Mar se le pierden los suyos y el flequillo le tapa los ojos. De hoy no pasa que haga limpieza. Y entonces veo la pila de cuadernos. Quizá cuando acabe de corregirlos pueda mejorar el aspecto de mi mesa.
De pasada veo la fotografía de mis hijos sobre la estantería que está tras la mesa. Debería buscar una más actual, siempre me lo digo, pero me gusta recordarlos así de inocentes y dulces. Aprovecho para ordenar los libros que están tumbados al lado de la foto y dejo preparado el cuento de La Bruja Lola para leerlo después de la entrada.
Me pongo la bata que cuelga sobre el respaldo de mi silla y toco en los bolsillos los cromos que ayer le quité a Marc. Le diré que hoy si está tranquilo se los daré en el patio.
Miro al frente y veo la pizarra con las sumas, las oraciones de ayer y el corazón que dibujó Joel antes de irnos. Anda enamorado de Ariadna y no hay día que no lo deje bien claro. Qué raro que la señora de la limpieza no la haya limpiado. Ellas también andan más que atareadas; se le habrá pasado. Espero que sólo sea eso y esté bien… ahora que lo pienso ayer no la vi. Le paso el borrador aunque no la dejo tan limpia como ella.
Bueno, termómetro en mano y vamos a empezar.
Vuelvo a colocar la mascarilla sobre mi nariz y saludo por el vestíbulo a algunas compañeras que habrán hecho un recorrido similar al mío. Veo que Jorge está poniendo chinchetas a los murales de los corchos y voy a ayudarle. Con todo abierto corre tanto aire que todo lo que colgamos se suelta. Justo al recolocar la última chincheta, escuchamos la canción de Soraya que suena por los altavoces en el momento de la entrada como cada mañana: “Qué bonito amanecer cada mañana, qué bonitos tus ojitos de esperanza...”
Besito a los papás y carrera hacia adentro ¡Sin correr Izan, que te veo! ¡Bon dia! Oigo alguna respuesta en voz bajita y tímida. Repito el saludo con voz más alta. Esta vez contestan más animados.
Paso por la fila saludando al tiempo que se apartan el pelo de la frente para recibir el sensor del termómetro. Miro sus ojos brillantes y llenos de inocencia; algunos aún están dormidos, otros ya me dan pistas de su intensidad y, voy haciéndome a la idea de que José María hoy no tiene un buen día. Hay mascarillas para todos los gustos y le digo a Trini lo bonita que es la suya de mariposas, al tiempo que compruebo su temperatura. Todo correcto, nadie pasa de treinta y seis y medio.
Entramos al edificio, no sin antes pasar por la alfombra mojada que ha puesto Luis, como todas las mañanas, para desinfectarnos los zapatos. El pasillo marcado con flechas rojas en el suelo deja claro por dónde hemos de caminar. Saludamos a quienes pasan en el otro sentido de forma ordenada entre el ruido sordo que se forma a estas horas. El olor a desinfectante se mezcla con la colonia del peinado dando como resultado una confusa amalgama.
Llegamos a la puerta de la clase y algunos descuelgan las mantas que ayer quedaron colgadas en las perchas del pasillo. Vuelvo a saludar a cada uno al tiempo que les pongo gel hidroalcohólico en las manos cuando entran.
Pablo me dice que hace mucho frío señalando las ventanas abiertas mientras coloca la mochila en el respaldo de la silla y se ajusta el gorro de lana a las orejas. Su mesa, forma parte del grupo de los Iron man. Fue idea suya llamarlo así porque dice que si tuviera el cuerpo de hierro se caería muchas veces y no le pasaría nada.
Mientras mueve el gel en sus manos Othmane me pregunta qué hay hoy de comer y se dirige a su grupo de los Thor. Joel le dice a Ariadna lo bonita que es la mascarilla que lleva y ella levanta los ojos al cielo mostrando una mezcla de paciencia y de alago vergonzoso. Aprovecha una vez más para suplicarme estar en el mismo equipo que ella.
José María muestra su enfado por venir otro día al colegio y deja escapar un ayyyy al sentarse en la silla del grupo de Spiderman. Julen eligió ese nombre porque si tuviera sentido arácnido percibiría el virus a distancia y podría escapar de él.
Cuando ya han entrado todos me pongo gel y mientras lo hago desaparecer frotándolo en mis manos, veo que hay dos sillas sin bajar en el grupo de Superman. Ya sé que la madre de África está confinada y la niña no vendrá en quince días, pero no sé qué le ha pasado a Alba. Busco en la página web algún mensaje que me deje tranquila; no pasa nada, sólo tiene revisión en el pediatra.
La bruja Lola vivía en una casa encantada rodeada de sus amigos gatos...